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Entrevistas

Hugo Chávez Frías: Soy sencillamente un revolucionario

Hugo Chávez Frías: Soy sencillamente un revolucionario Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez
2004-12-12




En el avión presidencial, Chávez lee un capítulo del libro de los autores cubanos en noviembre de este año.

Nos esperaba en Miraflores, a las diez de la noche. Poco antes, nos habíamos encontrado con el candidato a la gobernación del Estado de Miranda, Diosdado Cabello, que salía de una reunión y estaba enterado de que nos entrevistaríamos con el Presidente venezolano Hugo Chávez Frías: “Prepárense, que seguramente será para largo.” Fueron seis horas de conversación que volaron debajo de un techo de palmas, en el patiecito que queda a un costado de la oficina presidencial, sin más testigos que el frío que en la madrugada envuelve al valle caraqueño.

Sin embargo, con Chávez el tiempo de conversación nunca es demasiado. La mayoría de los temas que llevábamos en nuestra agenda se quedaron sin tocar, mientras otros aparecieron de forma inesperada y matizaron de emoción un diálogo que pretendía seguir las pistas de algunas historias truncas que compañeros, vecinos de la infancia y familiares del Presidente nos revelaron en una peregrinación por Caracas y por los Estados de Lara, Táchira y Barinas.

Queríamos rastrear los detalles que no aparecían en las numerosas –y casi siempre extensas– entrevistas publicadas desde los días de la rebelión militar del 4 de febrero de 1992. Más que reflexiones sobre la historia convulsa de la Venezuela de las últimas décadas, sobre la cual existe otra abundante bibliografía, nos interesaban los rasgos vitales de una personalidad fuera de lo común, turbulenta y sensible. Nos habíamos propuesto descubrir otras muchas facetas de este jefe de Estado que rompe todas las convenciones: suele cantar a mitad de los discursos, y a quien los venezolanos más humildes sienten tan franco y familiar.

Sabíamos que, aun cuando se prolongara durante horas, esta sería una entrevista incompleta con un ser humano que ha vivido muchísimo más de lo que cabría esperar en alguien que acaba de cumplir 50 años de edad. Con él no sentimos esa distancia protocolar, a veces fría, que supone el encuentro con un jefe de Estado. Hugo Chávez nos recibió despejado y animoso, vestido con camisa roja y jeans azul, y nos esperó al pie del elevador, sonriente, con el bate que Sammy Sosa utilizó el 25 de febrero de 1999 en un juego de exhibición en la Ciudad Universitaria de Caracas. Ese día el Presidente ponchó al pelotero dominicano y Sammy le respondió con seis jonrones. “Este no es cualquier bate –dijo con picardía–. Con este les voy a conectar un jonrón a los gringos el día del referendo. Ya lo verán.”

Así fue.

El bate de Sammy Sosa

Van a creer que es mentira, pero yo ponché a Sammy Sosa. La culpa la tuvo él. No durmió esa noche, mientras que yo me acosté temprano. El negro parece que se fue a parrandear y llegó como a las cinco de la mañana... Lo despertaron a las diez. No se quería levantar. Con el estadio repleto, el anuncio de “Chávez contra Sammy Sosa”, y toda una porfía en los medios. Finalmente, el compadre se levantó, se dio un baño, y en eso me dijeron que había ido a un médico, porque estaba muy débil –en realidad no había dormido en dos noches. Se tomó algo así como un estimulante. Me decían: “Usted está loco, Presidente, cómo le va a pitchear a ese hombre, que pega unos batazos a no sé cuántos kilómetros por hora.”

Llegó el negro allá y le tiré una recta afuera. La dejó pasar. Detrás me dio un foul y luego, vino una curvita. ¡Ah, ponchado! Luego me propinó 6 jonrones seguidos. Todavía andan buscando las pelotas por La Guaira. Miren como quedaron marcados los pelotazos. ¡Claro, si bateó con este bate! Él me lo regaló y yo le mandé a poner un barniz para preservar la mancha de los pelotazos. Que se preparen, porque con este bate voy a conectar un jonrón, como ese que voy a dar el 15 de agosto, en el referendo. ¿Cómo fue que le dije a Fidel?: “Agáchate, Fidel, que la pelota va a pasar por arriba de La Habana, hasta la Casa Blanca. Y si ves que no llego, dame un impulsito.”

Pero con este bate de Sammy Sosa, ahí sí que el batazo no para hasta Washington…

Jugando con Gabi y Rosinés

Anoche estuve jugando con Rosinés y les voy a mostrar lo que ella y mi nieta Gabi pintaron. Primero, hicieron un dibujo entre las dos, porque estoy enseñándoles a colorear un óleo. En un descuido mío se embadurnaron las manos con óleo rojo y las pegaron en la pared. ¡Una embarradera...! Tuve que buscar alcohol para limpiarles las manos. Estaban como poseídas por el “¡uh! ¡ah!”. Fíjate lo que dice aquí: “¡Uh, ah! Chávez NO se va.”

Las dos se aman, se ven y es una locura. ¡Una locura!, y si se reúnen conmigo, locura al cuadrado, o al cubo. Ellas se dividen siempre el espacio: Gabi pinta de un lado y Rosinés del otro. Aquí Gabi pintó una ola –parece una roca, pero es una ola–, y Rosinés dibujó otra por aquí. Gabi puso el barco de rojo, y Rosinés también les dio ese color a su barco y al chinchorro que está en la costa. “¿Por qué todo rojo?”, les pregunté. “Porque estamos en tiempos de rojo”, contestaron.

Después, entre ellas estaban hablando de Florentino, mientras Rosinés pintaba la bandera. “¿Y esa bandera?”, le pregunté. Dijo la niña: “Bueno, ¡porque yo soy bolivariana y revolucionaria!” Y Gabi: “Yo también soy bolivariana y revolucionaria.”

Mamá y papá

Cuando mi papá conoció a mi madre, él andaba en un burro negro, vendiendo carne. Esos cuentos yo los oí de niño, pero mi mamá siempre me dice: “Este Huguito sí que inventa. Eso no era así.” “¿Y bueno, cómo era, pues?”, porque ese es el cuento que me contaba la abuela.

Papá era un negro buen mozo, alto, esbelto, y la conoció a ella, catira. Papá tenía 21 años... Cuando Adán nació, en 1953, mi mamá tenía apenas 18. Era una muchachita… Toda la vida juntos, y ¡cómo han pasado cosas esos viejos!

Mi mamá cuenta que el 4 de febrero de 1992, apenas salió la noticia de la rebelión, dijo: “Ahí está Hugo.” En cambio, mi papá, que ese día estaba en una finquita ocupándose de unos cochinos, se enteró por alguien que pasaba en bicicleta: “Hugo, hay un alzamiento militar.” Dicen que mi papá se quedó tranquilo. La persona le preguntó: “¿Y usted cree que fue su hijo…?” “No, él no se mete en eso.” Pero mamá, inmediatamente, se puso las chancletas y salió a buscar a Cecilia: “¡Ay, Cecilia! ¡Ay, Cecilia, es que hay un alzamiento y el Huguito debe de estar en eso.” ¡Qué cosas!

Recuerdos de Sabaneta

Se me aguan los ojos cuando leo lo que ustedes han escrito de Sabaneta. Por ejemplo, eso que les dijo Flor Figueredo.

María nos dijo que cada vez que usted pasa por allá, ella lo busca para llevarle un dulce.

¡Ah!, y María Chávez, allá en Santa Rita. ¿Fueron a Santa Rita?

Sí.

Nosotros íbamos hasta en bicicleta. Está enferma del corazón la María.

Nos contó que padece de una “broma” en el corazón y que por eso ya no le puede traer dulces a Miraflores.

Ella me lleva los dulces a dondequiera y se mete entre los soldados: “Déjeme pasar, que yo soy la tía abuela.”

Y Joaquina Frías recordó que su abuela Rosa Inés lloró desconsolada porque usted no tenía zapatos para ir a la escuela.

Ah, las alpargatas viejitas que hicieron llorar a mi abuela… ¿Rosa Figueredo está viejita, verdad? Ella era muy amiga de mi abuela. Abuela vivía en una esquina y Rosa Figueredo en la otra, a una cuadra, y eran más o menos de la misma edad. Mi abuela murió muy joven.

Qué sentimiento tan bonito recibí cuando leí lo que dijo Flor Figueredo. Ella era muy bella. Fue novia de un español, un canario, y yo la celaba. Flor se la pasaba en nuestra casa, porque era amiga de mi mamá. Recuerdo que un día me tocó dar un discurso en honor del primer obispo que nombraron en Barinas, monseñor Rafael Ángel González Ramírez. El obispo visitó Sabaneta. Yo estaba en sexto grado y me designaron para decir unas palabras a través de un microfonito. Flor Figueredo, tan linda, me dio un beso. Me sentí en las nubes. No se me olvida que me dijo: “A Huguito le va a gustar dar discursos, mira qué bien lo hace.”

Las fotos

Mi abuela era una mezcla de negro con indio. Mi mamá, catira y coqueta, coqueta. La recuerdo cuando íbamos a los toros coleados, durante las fiestas patronales de octubre en honor a la Virgen del Rosario, que es la patrona de Barinas. Mamá se ponía lindísima esa noche y yo la celaba de cualquiera que se le acercaba. Me ponía siempre pegadito a ella. Era y sigue siendo muy linda; sí, muy linda. Mi papá noble, muy noble.

Mi mamá tuvo puras hermanas: Edilia, Edith, Rosario, Elvira… El nombre de casi todas empieza por “E”. Son las hijas de mi abuela Benita, que en paz descanse… ¿Consiguieron hablar con Silva?

Sí, y con Egilda Crespo, la maestra suya de cuarto grado...

Silva me daba sexto grado y lo cambiaron. Recuerdo el día en que se despidió en el aula. Yo me puse a llorar y él me llamó: “Huguito, venga, no llore.” Me llevó para el pasillo y me abrazó.

Yo rivalizaba con Juan, un hermano de él que tenía la edad de Adán. No nos soportábamos, porque nos enamoramos de la misma muchacha, de la Coromoto Colmenares, una de las dos que me comieron los dulces de lechosa –“arañas”– de mi abuela. Les voy a contar un secreto: ellas no me comieron los dulces de lechosa; yo dejé que se los comieran. Claro, los adultos no se enteraban muy bien de esas cosas. La Coromoto me gustaba; era linda la Coromoto, y mayor que yo...

Silva tenía un gran espíritu de superación. Lo único malo que le veía era que llegaba en los recreos y se la pasaba conversando mucho, de manera sospechosa para mí, con Egilda, la maestra. Eso fue en cuarto grado, pero luego fue mi maestro en el sexto, y le tomé mucho cariño y le tuve un gran respeto...

Egilda era suplente, porque la titular de cuarto grado salió embarazada. Se llamaba Lucía Venero. Le dieron permiso y trajeron a esta muchacha de Santa Rosa. Las hermanas Crespo son bellísimas. Jamás me olvidé de Egilda.

Cuando estaba preso en Yare, me pidieron que escribiera el prólogo de un libro de Zamora, sobre la Batalla de Santa Inés. Al hacerlo, rememoré los tiempos de la escuela Julián Pino, y hablé de la maestra. Alguien le avisó a ella, porque ese prólogo salió en un suplemento dominical que publicaba Nelson Luis Martínez. Egilda me mandó una carta a la cárcel y luego fue a visitarme con mamá al Hospital Militar, donde me habían operado. A la maestra la conocí enseguida, por esos preciosos ojos azules que me fascinaron cuando era un niño.

Luis Reyes Reyes

De cadetes nos veíamos en Barinas durante las vacaciones, y en el abrazo de Año Nuevo. Él pasaba por mi casa y yo por la suya, a saludar a los viejos, a sus hermanos y en particular a la negra Virginia, su hermana, con quien a veces salíamos a las discotecas.

A Luis lo quiero mucho. Recuerdo cuando éramos muchachos en Barinas y jugábamos béisbol. Él no era malo como jugador, pero su equipo... Solo ganaron un juego y los muy pícaros lo aprovecharon muy bien. El dueño del Almacén “Todo” –así se llama el equipo donde jugaba Luis– era un árabe que financiaba la franelita, la gorra, los guantes... El árabe no sabía nada de béisbol.

El equipo con que yo jugaba, el Transporte, era bueno y casi nunca perdía los campeonatos. Yo era pitcher de relevo. Uno de esos días en que nos enfrentamos, invitaron al árabe y tuvieron tan buena suerte que ganaron. Creo que fue la única vez en la historia de Barinas que nos ganaron en el béisbol. Todo por un error: un batazo entre dos. El árabe botó la casa por la ventana. Hasta mandó a matar una vaca. Él estaba convencido de que eran los campeones, a pesar de que Luis y su gente estaban en el último lugar.

Ana Domínguez de Lombano

Hay anécdotas que se cruzan con el tiempo y se pueden confundir. Pero estoy seguro de que conocí a Ana, la hija de Maisanta, en 1979, y fui solo a su casa la primera vez. A los pocos días regresé con mi mujer y mis hijos. En ese tiempo me pasaba la vida en los cuarteles hablando de Maisanta y declamando el poema de Andrés Eloy Blanco, que habla de ese “guerrillero”. Se convirtió en un arma de batalla, en una arenga revolucionaria con arpa, cuatro y maracas. Imagínate tú, 200 soldados y yo ahí parado con un micrófono: “En fila india, por la oscura sabana,/ meciendo el frío en chinchorros de canta/ va la guerrilla revolucionaria.” Ahí le ponía el énfasis, en lo de la guerrilla.

Estábamos ese año en unas maniobras con el Batallón de Tanques. Antonio Hernández, un compañero de mi promoción –hoy cónsul nuestro en Miami– no fue a la maniobra. Se quedó en Maracay. Cuando regresé, él había leído por casualidad en el diario El Siglo un artículo escrito por Oldman Botello, “Maisanta, el general de guerrilla”. “Mira, Chávez, lo que conseguí.” Agradecí muchísimo que hubiera reparado en este texto, porque yo andaba empeñado en escribir el libro –que nunca he escrito, pero no pierdo las esperanzas de hacerlo algún día.

Ya estaba investigando. Había venido incluso a este mismo Palacio de Miraflores, a la sala del Archivo Histórico y una vez hasta me prestaron un documento, que vaya usted a saber dónde está, porque lo perdí en los allanamientos que siguieron al 4 de febrero.

Tenía unas cajas llenas de materiales: documentos, apuntes, casetes…. Lo que más me llamó la atención de aquel artículo fue la revelación de que en Villa de Cura vivía una hija de Pedro Pérez Delgado. Había una foto del autor del artículo y salí para Maracay a buscar al hombre. Recuerdo que llegué a una ferretería que queda en la esquina de la plaza Bolívar, y empecé a mostrar la foto y a preguntar por él. Un señor me dijo: “¡Ah!, ese es el diputado.” “¿Dónde lo consigo?” “Ahí, en la Asamblea Legislativa.” Botello era diputado regional del Estado de Aragua, del Movimiento al Socialismo (MAS). Esperé como dos horas en la Asamblea y cuando iba saliendo, su secretaria le indicó que un oficial lo estaba buscando.

Me explicó y me graficó en un papelito cómo llegar a la casa de la hija de Maisanta, y nunca se me olvidó: buscar la Plaza Bolívar, a la izquierda tres cuadras, y en la Avenida Sucre dos cuadras más allá, hasta Villa Las Palmas. Fui a ver a Ana sin permiso de mis jefes, porque no podía esperar ni un solo día. Villa de Cura es un pueblo pequeño, que queda como a media hora de Maracay.

Cuando toqué la puerta, efectivamente, abrió su hijo Gilberto Lombano. Traía en sus brazos a una niña, la nieta de Ana. Después salió. De inmediato tuve una gran empatía con Ana, que tiene una gran personalidad.

Ella cuenta que cuando usted le dijo que era bisnieto de Maisanta, le respondió: “No me lo tienes que decir.”

Eso dijo, y que me parecía mucho a su hijo Rafael. Y, bueno, aquella casa se convirtió también en la mía. Desde entonces iba para allá casi todos los fines de semana que tenía libre, con Nancy y con los niños. Rosa estaba chiquitica y María, recién nacida. Tienen una de esas casas coloniales grande, con un patio más bien pequeño, donde jugábamos a la bola criolla. Y hay un árbol en el medio, me acuerdo. Con uno de sus hijos, que es tremendo boxeador, bebíamos cerveza, cantábamos, salíamos al pueblo. Me encanta Villa de Cura.

A Ana le extravié algunas reliquias. El papá de Maisanta fue coronel de Zamora. Se llamaba Pedro Pérez Pérez y era indio. Su foto la perdí. Ese es un dolor que cargo con esa vieja: las fotos se me perdieron. El 4 de febrero de 1992 tenía entre mis cosas las fotografías originales que ella me había prestado unos días antes, para que les sacara unas copias. Estaban en el maletín donde guardaba buena parte de mi investigación sobre Maisanta. Ojalá algún día aparezcan.

Vi cuando se conocieron y lloraron juntas nuestras familias. Le conté a Ana: “Mira, tú tienes dos hermanos allá. Uno, que ya murió y que era mi abuelo –Rafael Infante–, y otro que aún vive, Pedro.” Comencé a relatarle de dónde venía yo. Le llevé fotos de mi mamá, de mis hermanos. Un día le dije a Ana: “Vámonos para Barinas a unas vacaciones.” La llevé también a Ospino, a la casa donde nació su papá y que solo conservaba el patio.

Fuimos también a Guanare, a una urbanización en la que cada calle tiene el nombre de un poema de Andrés Eloy Blanco. La calle Maisanta es corta, de gente de clase media. Pero hay otro lugar en Guanare que fue para ella la cumbre de ese viaje: el sitio donde logré ubicar a mi tío abuelo Pedro, el otro hijo de Maisanta.

No recuerdo haber visto alguna vez a mi abuelo Rafael. Mis abuelos nunca fueron esposos, pero Rafael Infante sí se casó después. Antes de su matrimonio, tuvo dos hijas con Benita Frías: Edilia y Elena, y luego se fue para Barquisimeto. Allá tuvo otra familia y luego murió.

Un día pasé por Guanare para hablar con mi tía Edilia, con la que siempre me gustó conversar. “Edilia, me he enterado de que tu tío Pedro está vivo.” Ustedes saben que esos casos de familia son muy delicados. Ella decía: “Mi papá me dejó y se fue”, y no quería saber de los Infante. Pero me llevó a conocer a Pedro, aunque no quiso entrar a saludarlo: “Él no me conoce, porque esa familia nunca nos visitó.” De todas formas, ella fue muy noble y me acompañó hasta la entrada de la casa del tío.

La casita estaba cerca de una pequeña plaza. Toqué a la puerta y salió un niño –siempre salen los niños a la puerta de las casas de los pueblitos–, y llamó: “Abuelo, abuelo.” Te juro, se apareció Pedro Infante y le dije: “Maisanta, carajo.”

Era un hombre de unos 80 años, altísimo, con casi dos metros de estatura, un poco dobladito por la edad. Catire, como Pedro Pérez Delgado. De tanto leer sobre mi bisabuelo y de mirar su foto, me salió del alma: “¡Maisanta!” El viejo se quedó paralizado. Me le presenté y le pedí: “Su bendición.” “¿Bendición por qué?” “Porque usted es tío de mi mamá, y por tanto, mi tío.” “Ah, muchacho, siéntese. ¿Usted es hijo de quién?” “De Elena.” “¡Ay, Elena, sí. La hija de Benita, con quien vivió mi hermano Rafael. Yo sí la quise. ¿Dónde está ella?” “En Barinas, está viva todavía” –murió poco después, bastante joven de un infarto–. “Era muy linda Benita Frías. Y a esa carajita Elena, claro que la conocí chiquitica, y le decían ‘la Americana’, porque era catira como nosotros.”

Ahí empezamos a contarnos cosas, y yo a preguntarle. Me confió que apenas recordaba a su papá, que probablemente nunca lo vio. Cuando Pedro Pérez Delgado salió hacia la guerra en Apure, estos niños tendrían 4 ó 5 años. Pedro era mayor que Rafael. Maisanta se llamaba Pedro Rafael, y por eso a sus primeros hijos les puso su propio nombre.

Pedro murió muy anciano, después de sufrir la muerte de su hijo. La última vez que lo vi, estaba deshecho por la pérdida. Al muchacho lo conocí, un catire que quería ser militar, pero falleció tras accidentarse en una moto. Eso terminó de matar al viejo Pedro.

Hice todo lo posible para que Ana y Pedro se encontraran. Me dije: “No puedo dejar de ver el encuentro de los hermanos.” Ya yo era correo entre ellos. “Tienes una hermana allá, se llama Ana”–le dije a él. Fui en mi carrito con Nancy, los muchachos y Ana. Cuando Ana vio a Pedro, se puso a llorar. “¡Ah!, mi papá otra vez.” Se sentaron a hablar ahí, no sé cuántas horas. Los dejé solos y me fui a dar una vuelta con Nancy. Luego seguimos a Barinas, para que Ana conociera al resto de la familia.

Pasamos unos días todos juntos, y Ana conoció a mi abuelita Rosa Inés, que murió en 1982, dos años después de aquel encuentro.

La infancia feliz

No recuerdo exactamente si Adán y yo dormíamos de pequeñitos en el mismo cuarto con nuestra abuela. Si los amigos del pueblo lo dicen, seguro que fue así, porque esa mujer nos tenía mimados… como toñecos. Vivíamos en una casa de palma y cuando llovía caía mucha agua dentro. Había que poner perolitas, porque el piso era de tierra y se volvía barro. Tenía un pretil afuera, frente a una calle también de tierra. Con la lluvia, se armaba una laguna donde nos metíamos a jugar con el agua a la rodilla. A Adán una vez le dieron una bicicleta. Se montaba en ella y atravesaba por la mitad de la laguna. Yo le decía: “Oye, tienes una bicicleta acuática.” Hacíamos una especie de competencia que consistía en cruzar la calle en bicicleta, para ver quién llegaba a la otra orilla sin mojarse demasiado. Claro, como a todo niño, a Adán no le gustaba prestar la bicicleta. Me la prestaba solo a mí.

Fuimos unos niños muy pobres, pero muy felices. Daría cualquier cosa por regresar a esa infancia, aunque fuera por un minuto…No, sería muy poco: digamos que por un día.

La casa era bonita, con una cocina muy amplia, donde la abuela siempre estaba trabajando. Tenía un patio grande que para mí era el mundo, todo el mundo. Allí lo tenía todo, y aprendí a caminar, a conocer la naturaleza, los árboles; cómo salían las flores y después las frutas. Aprendí a comer naranjas, piñas, semerucas, una fruta redondita y roja como una cereza que abunda en el Oriente. Ahí conocí el ciruelo, el mango. Había aguacates grandotes, y también mandarinas y toronjas. Sembré maíz y supe cómo se cosechaba y se cuidada durante el invierno, y cómo se hacía la cachapa.

El nuestro era un patio de ensueños. Todo un universo. Había almácigos y Rosa Inés, además, sembraba cebollino, cebolla, tomaticos pequeños y otras cosas para aliñar. Desde pequeños, tanto Adán como yo, nos acostumbramos a trabajar a su lado. Bueno, Adán un poquito menos…

A mi hermano mayor no le gustaba mucho vender, al punto de que muchas veces yo lo ayudaba. A mí sí me gustaba. Hay cosas que uno no puede explicar por qué le gustan… Ah, claro, era la oportunidad para hablar con la gente y sobre todo para recorrer el pueblo. Me iba, por ejemplo, a un local en el que se jugaba a los bolos, una especie de bowling, pero que utilizaba una pelota de madera. Colocaban tres varitas y había que tumbarlas. Allí vendía las “arañas” y tabletas cuadraditas de coco. También pasaba por la plaza, por el cine…

La venta era una excusa para estar en la calle. Durante las fiestas patronales, gozaba. Mi abuela, además, era muy generosa. Ella me decía: “Tú vendes ocho arañas” –que ya eso era un bolívar–, “y te quedas con una locha.” Nunca me faltaba una locha en el bolsillo. Me iba al bolo, y hasta tenía un cochinito. Así aprendí a trabajar.

Mi abuela me enseñó a leer y a escribir antes de entrar a primer grado. Utilizaba las revistas, en particular una que se llama Tricolor –por los colores de la bandera– y que todavía publica el Ministerio de Educación. Como papá era maestro de escuela llevaba las revistas a la casa. Mi abuela me enseñó a hacer las letras. Ella escribía bonito, con la letra redondita: “todas las letras se parecen” –me decía.

Nos sentábamos en la noche, muy juntos. Ella en su sillita y yo a su lado. Los dos, espantando los jejenes. Nunca la llamamos abuela, sino “Mamá Rosa”. Un día, en medio de sus lecciones, le comenté: “Mamá Rosa, aquí dice rolo.” “¿Qué dice ahí?” Ella miraba y veía solo el título de la revista Tricolor. “Aquí dice rolo”–le repetí. Puso una expresión que era muy común en ella, como para decir: estás equivocado, o no me embromes. Chasqueaba la lengua y torcía la boca en una mueca: “Ahí no dice rolo” “¿Cómo que no dice rolo ahí? R-O-L-O”, y le indiqué las últimas cuatro letras de TRICOLOR, pero de atrás para alante. “Muchacho, ¿y cómo tú vas a leer al revés? No es así, sino de izquierda a derecha.” Cada vez que recordaba esa ocurrencia, ella se reía. Se la contó a mis padres y a todo el mundo. “Mira, Huguito ya sabe leer, pero al revés.”

Adoro a mis padres, pero tengo que reconocer que la educación de Rosa Inés fue muy importante para mí. La vida a su lado fue de forja y de espíritu. Mi abuela era un ser humano puro como Luis Reyes Reyes. Ella era puro amor, pura bondad. No recuerdo haber visto alguna vez a Rosa Inés Chávez furiosa. Era una criatura con una extraordinaria estabilidad emocional y un sentido del humor muy especial. Cuando la casa se quedaba sola y ella llegaba, le preguntaba al viento: “¿Cómo estás, María Soledad?”

Ella fue la primera persona que nos habló de la guerra federal y de un general a quien le decían “Cara de Cuchillo”
–así llamaban a Ezequiel Zamora también–, contaba como detrás de Zamora se fueron los hombres del pueblo y hasta un Chávez, que jamás volvió. Ella señalaba con la mano: “Se fueron para allá, Huguito, hacia la montaña.” En Sabaneta, en las tardes claras, se logra ver el Pico Bolívar. “Para allá, donde están los cerros, por ahí se fueron.” Y en verdad fue por ahí, por el camino de Barinas.

Su mamá le habló del paso de los caballos, del sonido de las cornetas, del polvo que levantaba la caballería y de cómo mandaban a matar las gallinas para comer. También de la tropa acampada junto al camoruco, un árbol muy antiguo que todavía existe en Sabaneta y tiene por lo menos 200 años.

Hablaba de la “oscurana”, que así llamaban al eclipse. A nosotros nos daba hasta miedo: “Si hubieran visto, Huguito y Adán: llegó la oscurana y se fue el sol.” Ese eclipse ocurrió en 1910. Después precisé la fecha cuando revisé los libros de geografía e historia. Ella decía que a no sé quién se le ocurrió gritar que el mundo se iba a acabar, algunos quemaron hasta el maizal, y por tontos, se quedaron sin cosecha. Otro quemó la casa, y muchos corrieron para la iglesia: “El mundo se va a acabar…” “El mundo no se acabó, Huguito, porque al rato salió el sol.”

¿Y su abuelo, el compañero de Rosa Inés, del que casi nadie habla?

Es verdad, casi nadie habla de él. Si supiera que hace poco vino papá y mientras almorzábamos, hablamos de mi abuelo. “Papá, ¿quién era mi abuelo?” Por primera vez en casi 50 años mi padre me contó: “Mi papá era un coleador, negro, está enterrado por Guanarito.” Eso queda cerca de Sabaneta, pero en el Estado de Portuguesa, pasando el río Boconó. Me dijo que se llamaba José Rafael Saavedra.

Él se fue del pueblo y se dejó de la abuela. Poseía tierra y ganado, y cuando mi papá tenía casi 10 años, este abuelo se puso muy enfermo y mandó a decir que quería conocer a su hijo, a Hugo. La abuela no quiso dejarlo ir hasta Guanarito por el temor de que se le quedase el muchacho por allá. Claro, había que entenderla, era un pueblo lejano y en esos tiempos no había ni carretera.

En una ocasión lo comenté con mi hermano: “Adán, nosotros no conocimos los abuelos varones, pues.” Del papá de mi papá ni siquiera sabíamos su nombre, y al papá de mi mamá tampoco lo conocimos. Vine a saber un poco de su vida investigando la historia del bisabuelo. Siempre estuvimos entre abuelas: Benita, Marta Frías –que era la mamá de Benita y murió ancianita, como de cien años– y Rosa Inés. Puras abuelas, nomás.

Los juegos de Rosa Inés

Yo le echaba bromas y ella también a mí; siempre andábamos con un jueguito en mente, como si fuéramos dos niños. Cuando era estudiante de bachillerato, vivíamos Adán, Rosa Inés y yo en una casita en Barinas que ella alquilaba. Yo tenía obsesión de béisbol: “La pelota, la pelota, ya va a pelotear...” –me decía. Si amanecía lloviendo, yo amanecía refunfuñando: “No sé para qué llueve tanto, ¿cuándo dejará de llover?” Y miraba para el cielo, con el guante listo, y ella decía: “Es que no le convenía que hubiera juego hoy, le iban a dar un pelotazo o iban a perder.”

Teníamos un radiecito de pila y a ella le gustaba oír música llanera: “Huguito, búsqueme a Eneas Perdomo.” Años después conocí a Eneas y cada vez que lo veo recuerdo a mi abuela. A mí también me gustó cantar siempre, pero no lo hago bien. Sin embargo, a ella le encantaba oirme cantar rancheras, sobre todo, y alguna que otra llanera.

Por las noches me prestaba el radiecito. Me sentaba frente a una pequeña mesita de madera que teníamos, donde yo había dibujado un círculo. “Usted me rayó la mesa” –me dijo. Era parte de un juego que yo había inventado: le puse colores a un círculo donde tenía marcados los momentos más importantes del béisbol: jonrón, bola, strike, doble play, triple, etc... En el centro había un punto, que marcaba el eje por donde debía dar vueltas el cuchillo de cocina de Rosa Inés. En dependencia de donde quedara la punta del cuchillo, yo anotaba el resultado: bola, strike... A veces me pasaba horas jugando.

“Usted se va a volver loco con esa pelota” –me decía Mamá Rosa. Yo siempre jugaba a Caracas vs Magallanes. A veces solo, en ocasiones, con Adán, pero a él le daba flojera. Cuando jugaba con otra persona, cada uno tomaba un equipo diferente. Era muy divertido y yo lo disfrutaba muchísimo. A veces gritaba: “¡Jonrón!”, y armaba un lío por toda la casa. “Pero, muchacho, se va volver loco usted”–decía Rosa Inés.

Me gustaba comprar unas pasitas de uva que costaban un medio y las ponía encima de la mesa. Yo mismo me premiaba el juego con ellas. Cuando de verdad jugaban Caracas vs. Magallanes, escuchaba la radio y anotaba. Escribía mi score. Hasta recuerdo la alineación: Gustavo Gil, primer bate; Jesús Aristimuño, segundo bate; un gringo, Jim Holt, tercer bate; Clarence Gaston, centerfield; Harold King, quinto bate; otro gringo, catcher; Armando Ortiz, sexto bate... Anotaba inning por inning. Me concentraba en mi juego y, a veces, con los libros de la escuela delante, intentaba estudiar porque tenía examen. Y, entonces, mi vieja –quien, por cierto, nunca fue viejita porque murió relativamente joven, a los 69 años–, que sabía que yo era magallanero, pasaba cerquita y me decía: “Y Magallanes, cero.” Y volvía a pasar: “Y Magallanes, cero.” “Abuela, déjeme quieto que vamos a perder.” Y volvía: “Y Magallanes, cero.” Nunca se me olvidará.

Cuando empecé los trámites para ingresar en la Academia, Rosa Inés no quería que yo fuera militar. Una vez la sorprendí poniéndole velas a los santos: “¿A quién le está poniendo velas, mamá Rosa.” “Yo le pido a los santos para que usted se salga de eso.” Yo era cadete: “¿Pero, por qué?” “No me gusta. Eso es peligroso y, además, usted, Huguito, es rebelde; algún día se puede meter en un problema.”

Todos los niños tienen un sueño

Todos los niños tienen sueños y yo no tuve uno, sino dos. El primero nació uno de esos fines de año en que mi papá, quien acababa de regresar de Caracas tras un curso de mejoramiento profesional del magisterio, me regaló un ejemplar de la Enciclopedia Autodidacta Quillet. Eran cuatro tomos grandes y gruesos, con muchas figuras y gráficos. Me los bebí y viajé por el mundo a través de las ilustraciones y las historias. Hasta un pequeño curso de alemán traían aquellos libros, y me empeñé, con mi primo Adrián, en aprender ese idioma. Adrián soñaba con ser torero, miraba una foto y decía: “Cuando yo esté en la monumental de Valencia…” Ese era su sueño, y el mío era ser pintor. Gracias a aquellos ejemplares empecé a dibujar y, años más tarde, pasé unos cursos de pintura en Barinas, durante el bachillerato. Salía del liceo por la tarde y me iba a la escuela de pintura Cristóbal Rojas. Me daba clases una profesora bien bonita que nos advertía: “Lo más difícil de pintar son las manos”, y nos ponía unos moldes para que las dibujáramos. Ella nos explicó la técnica del claroscuro y la combinación de colores.

Mi otro gran sueño era el béisbol. Lo traía en el alma desde niño pero fue en Barinas donde se consolidó, cuando ingresamos en un equipo organizado en 1967 ó 1968. Mi ídolo era Isaías “Látigo” Chávez, magallanero, un muchacho de Chacao que no era familia nuestra. A los 21 años estaba ya pitcheando en las Grandes Ligas. Le decían Látigo porque lanzaba como si tuviera un látigo en la mano derecha. Nunca lo vi porque televisión uno nunca veía –vine a verla de cadete–, pero logré imaginarlo muy bien, gracias a un extraordinario narrador que tuvimos en Venezuela, Delio Amado León. Lo escuchaba por radio: “Se prepara Isaías Chávez, levanta una pierna… El Juan Marichal venezolano lanza una recta…; strike, el primero.” Eso todavía lo tengo aquí, dentro de la cabeza.

Nunca me olvidaré de una noche en que escuchaba el juego en casa de mi mamá. Estaba empatado. Anunciaron que Látigo Chávez iba a relevar al pítcher que había estado hasta ese momento y que empezaba a fallar. Venían a batear los tres mejores peloteros del Caracas, sin out: Víctor Davalillo, César Tovar y José Tartabull, que, creo, era cubano.

El Látigo Chávez los ponchó a los tres. Se armó un escándalo en la cuadra. Los magallaneros salimos corriendo para la calle: “¡Los ponchó a los tres!” Qué alegría. El Látigo era una leyenda. Yo hasta lo dibujé. Utilicé como modelo una foto suya de Sport Gráfico, una revista que perseguía por toda Sabaneta y Barinas.

El 16 de marzo de 1969, un domingo, me levanté un poco más tarde. Mi abuelita Rosa estaba preparándome el desayuno, y encendió el radio para oír música y de repente: “Última hora, urgente”, y salió la noticia que fue como si por un momento me hubiera llegado la muerte. Se había desplomado un avión, poco después de despegar del aeródromo en Maracaibo y no había sobrevivientes. Entre ellos iba el Látigo Chávez. Terrible. No fui a clases ni lunes ni martes. Me desplomé. Hasta me inventé una oración que rezaba todas las noches, en la que juraba que sería como él: un pitcher de las Grandes Ligas.

A partir de ahí, el sueño de ser pintor fue desplazado totalmente por el de ser pelotero. Empecé a darme a conocer en el ambiente beisbolero de Barinas, y al año siguiente estaba en un campeonato zonal, como pitcher. Me decían que necesitaba fortalecer las piernas, y me ponía a trotar. Corría todos los días. Mi abuelita: “Se va a volver loco usted.” Llegaba del liceo, y empezaba a lanzar piedras y cosas contra una lata que ponía junto a una palmera del patio. Hasta construí un dispositivo muy rústico para batear limones y perfeccionar los lanzamientos: “Usted me está acabando con los limones”, decía Mamá Rosa.

Se me metió una idea fija, pero fija, fija, de que tenía que ser pelotero profesional. Estuve tres años como pitcher abridor en Barinas. Eso me hizo daño, porque, además de mi obsesión que ya era exagerada, me pusieron a pitchear en la categoría superior, como relevo. El brazo no aguantó.

Pesebre para Navidad

Nos contaba Adán que la primera vez que él lo vio llorar a usted con desconsuelo y dolor fue cuando murió Rosa Inés.

Sí, vale, eso fue impresionante. A inicios de los 80 sabíamos que iba a morir muy pronto. Ella se enfermó, y en unos pocos meses se aceleró su mal. Recuerdo ese diciembre previo a 1982, un año muy importante en mi vida, de muchos pesares, de dolor y ausencia, y también, de nacimientos.

Rosa Inés murió el 2 de enero de 1982. Estaba próxima la fecha de su cumpleaños. Ella nació el día de Santa Inés, el 18 de enero. Por eso le pusieron Rosa Inés, pero le gustaba más que le lleváramos flores el 30 de agosto, día de Santa Rosa.

Estaba muy enferma. Los médicos decían que le quedaba poco tiempo de vida. Tenía los pulmones muy desgastados. Casi no respiraba. Andábamos con dificultades económicas y papá se la llevó para la casa en Barinas. En diciembre de 1981 yo estaba trabajando en la Academia Militar. Cada diciembre salía de permiso, y me iba de inmediato para Barinas, sobre todo para estar con ella, en particular en esos años en que veía que se nos estaba yendo.

En el ejército los permisos de descanso los daban por sorteo. Salíamos el 24 ó el 31. Tuve muy mala suerte con los sorteos y salía siempre con guardia el 31, aunque en realidad nunca me importó, nunca le di demasiada importancia a la Navidad, más bien buscaba alejarme del bullicio para reflexionar; daba el abrazo de Año Nuevo pero no me gustaba estar entre mucha gente. Prefería irme a la finquita de mi papá y estar solo con mi mujer, los muchachos, la abuela y los viejos.

Cuando salía libre el 24 de diciembre, uno se iba después de los actos conmemorativos por la muerte de Bolívar. Inmediatamente buscaba a Nancy, a mis muchachos, la maleta y… para Barinas; rápido, directo. Dejaba a mi esposa en casa de su mamá Rosa Colmenares –ella también es de Barinas–, y por supuesto, también a las dos niñas. Hugo nació en octubre de 1982.

A veces me quedaba con Adán, que tenía su casa en Barinas y vivía con su esposa y sus niños. Me gustaba. Estaba en las afueras y era muy tranquila. Me ponía a leer. Lo prefería porque en el barrio aparecían los amigos y la cerveza, un gentío incontrolable. Además, Adán y yo siempre hemos tenido una relación muy especial. Pero ese diciembre me dije: “No, me quedo en casa de mamá, con la abuela.” Metí una colchoneta en el cuartico de Rosa Inés, donde apenas cabía su camita, su ropita –cuatro camisones– y sus chancleticas.

Solo tenía seis días de permiso –del 17 al 25– y aproveché y le hice el pesebre de Navidad. Tenía alguna habilidad –bueno, tengo, no la he perdido– para los dibujos y para hacer figuritas. Picaba, por ejemplo, un cartón, le hacía las casitas y luego las pintaba con acuarela y le echaba escarcha. También, agarraba una madera y le daba la forma de una vaca; buscaba en el monte y construía la granja; y sacos vacíos de cal para armar algo parecido a los cerros, con unas ramitas. En la pared del fondo, pintaba el cielo azul y las estrellas, y unas lucecitas, unos animalitos. Un vidrio de espejo coloreado de azul era la laguna. A la laguna de Rosa Inés le ponía un patico y en la orilla, piedrecitas.

A ella le encantaba verme construir su pesebre. Se sentaba a mi lado y me ayudaba. Me pasaba las cosas y me daba ideas. “Huguito, ¿y por qué no le pone esto?” A veces le decía: “Déjeme quieto, Mamá Rosa”, porque ella inventaba también y de vez en cuando chocábamos, pero siempre con mucho cariño. “Mire, ¿por qué le quedó tan alto ese cerro?” “Bueno, no está alto.” “No, sí está muy alto, póngalo más bajito.” Ella dirigía, pues.

Ese diciembre recordé que Adán tenía guardada una caja con algunas cositas de pesebres anteriores –creo que todavía Carmen, la esposa de Adán, las guarda–. Había figuritas de porcelana y otras de plástico, que se conservaban para el año siguiente. Recuerdo una gallinita de plástico que tenía un pollito arriba, y a Rosa Inés le gustaba mucho. “¿Y ese pollito qué hace ahí arriba?”, y se reía. También, había dos vacas que movían la cabeza. Una vez conseguimos algo que le encantó: un muñeco al que uno le daba cuerda y tocaba el tambor: ta, ta, ta, y ella me decía: “Póngame también al tamborero por ahí.”

Cuando en ese diciembre comencé a armar el pesebre en una esquina del cuarto, ella se sentó en su camita. Estaba muy flaquita ya, y recuerdo su sonrisa. El 24 estábamos todos allí con ella, en nochebuena. Llegó el día de la despedida. Tenía que regresar a Caracas, a la Academia. Era el 26 de diciembre. Me pidió que le diera un masaje en la espalda. Ya tenía fuertes dolores. “Huguito, écheme Vick’s Vaporoub.” Se untaba aquel ungüento para cualquier cosa, lo olía cuando tenía gripe o si le dolía algo: para el brazo, Vick’s Vaporoub; para la cabeza, Vick’s Vaporoub. Yo le decía: “¿Eso sirve para todo?” “Sí” –me contestaba. Se acostó boca abajo y yo le abrí el camisón por detrás –mucho pudor tenía ella–: “Ábrame solo un poquitico”, le eché el Vick´s Vaporoub y le pasé la mano por la espalda. Hice eso otras muchas veces y siempre se quedaba dormida.

Pero ese día, cuando me despedí –nunca se me olvidarán sus ojos, porque fue la última vez–, ella estaba acostadita después del masaje y se sentó: “¿Ya se va, Huguito?” Nosotros no nos tuteábamos, había mucho amor y un gran respeto. Le respondí: “Ahí están Nancy y las niñas; pídanle la bendición a la abuela.” Era 1981, Rosa tenía casi cuatro años y María estaba chiquitica y enferma. María nació con problemas de salud y mi mamá utilizaba una expresión: “Esta muchachita es sucedía”, que quiere decir que “le sucede mucho.” Así les dicen en Venezuela a los niños que son enfermizos o se caen y se aporrean constantemente.

Nancy y las niñas salieron del cuartito, me quedé solo un rato con Rosa Inés. Me costaba mucho irme, pero tenía que hacerlo. Cuando ya me iba a despedir, le di un abrazo y me puse a llorar, y ella me dijo: “Calma”, y me agarró por los brazos y me dijo: “No llore, hijo, no llore; con tantas pastillas y tantos remedios a lo mejor me curo.” Yo lloré y lloré, abrazado a ella. Sabía que le habían traído unas pastillas muy fuertes para el dolor. Ella no sabía cuán fuertes eran esos remedios, ni lo poco que le quedaba de vida; pero yo sí. Me habían enseñado la última radiografía de sus pulmones destrozados.

Con ese consuelo que le daba, Rosa Inés demostró que en ese momento le dolía más el dolor suyo que el de ella...

“A lo mejor me curo, no llore.” Yo le vi los ojos, vale, y algo me decía por dentro: “No te voy a ver más, Mamá Rosa...” Ah, esos ojos. En ese momento sentí que ella se iba. Me fui a Caracas manejando y llorando. Creo que me paré un rato en la carretera para mirar la sabana. Iba solo, porque Nancy se quedó en Barinas con los niños para pasar el 31 con su mamá.

Un dolor de ausencia definitiva

En ese tiempo yo era teniente y mi cargo era jefe del Departamento de Deportes de la Academia Militar. Tenía un buen jefe, un coronel patriota que, antes que nosotros, anduvo en una conspiración. Yo no lo sabía en ese momento, pero lo intuía.

Durante la formación, me le presenté: “Mi coronel, necesito hablar con usted algo personal”, y le conté. Una de las cosas que más temía de cadete era que a mi abuela le pasara algo, porque nos decían que solo había permiso para ir a la casa si le ocurría algo a los padres, y yo me preguntaba a mí mismo: “¿Y mi abuela? ¿Si le pasa algo a mi abuela, me darán permiso? Me voy, aunque sea escapado”, pensaba.

Le expliqué a este buen hombre: “Mire, mi coronel, mi abuela está muy enferma y los médicos dicen que no le quedan muchas semanas. Quisiera que usted me dé un permiso, al menos una semana cuando regresen los que están descansando” –volvían el 4 de enero–. “Vaya” –me respondió. Yo le presenté la boleta. Sin embargo, no dio tiempo a nada.

Llamé a la casa el 31 de diciembre y hablé con mi mamá y con Adán. Él me dijo: “Sigue mal.” “¿Pero habla?” “Sí, pero le duele mucho; se está yendo.” Adán estaba muy triste, porque él también la quiso mucho –tal vez más que yo.

Amaneció el 1º de enero. Esa fecha para nosotros también era muy significativa, porque marcaba el aniversario de una rebelión militar, protagonizada en 1958 por Hugo Trejo que era un viejo coronel, todo un líder. En 1981 aún vivía e influyó mucho con su prédica revolucionaria. Además inspiró a un grupo de militares –entre ellos al General Jacinto Pérez Arcay, que fue su alumno–, y también sembró en nosotros, indirectamente, un ánimo de rebeldía frente a los problemas que estábamos viendo en la institución y en el país. Me gustaba hablar con él. Ya tenía el pelo blanquito; era un hombre impecable, pulcro, que me hablaba del proyecto nacional, de Bolívar, de cómo los adecos traicionaron la democracia y cómo lo echaron a él de las fuerzas armadas.

El 1º de enero era día libre. Entregué mi guardia a las nueve de la mañana y me fui en un carro que yo tenía, un bicho viejo y envenenado –botaba tanto aceite de la caja, que se podía seguir el rastro fácilmente por la mancha que iba dejando en el camino.

Me fui a Macuto, donde el coronel Trejo tenía una casita muy bonita con vista al mar. Iba a escucharlo cada vez que podía. Una vez me dio una carpeta viejísima y me dijo: “Hugo, este era nuestro proyecto, el Movimiento Nacionalista Venezolano Integral. Quiero que lo estudies.” Él sabía que estaba sembrando y en nosotros encontró tierra fértil. Entonces apenas éramos un grupito de cuatro o cinco compañeros.

Él me decía: “Hugo, vas madurando. Pronto serás capitán y podrás comenzar a ser líder de oficiales. Ese grado es muy importante, prepárate para ser un buen jefe de compañía. No te corrompas, este es un momento clave de tu vida.” Efectivamente, en julio yo ascendía a capitán. Como Pérez Arcay –a quien en esa época le había perdido un poco la pista–, Trejo fue un maestro. Murió poco antes del triunfo de diciembre de 1998.

Pasé el 1º de enero con el coronel, pero me retiré antes de lo acostumbrado, porque estaba pendiente de mi abuela. Regresé a la Academia en Caracas, me di un baño y seguí para Villa de Cura, a la casa de Ana, la hija de Maisanta.

Tenía que presentarme el 3 de enero en la Academia, para recibir oficialmente el permiso, pero el día 2 era feriado y decidí pasarlo con Ana. Llegué por la noche, en aquel carro endiablado que uno hasta empujaba el asiento para que anduviera un poquito más rápido. Llegué allá: “¡Feliz año, vieja!” –déjame aclarar antes que Ana tampoco es una vieja, tiene 91 años y parece una muchacha.

Amanecí en la casa de Ana. Había un familión grande allí. Estaban sus hijos Rafael y Gilberto, las muchachas; todos, menos Isaías, que vivía en Isla Margarita. Recuerdo que me levanté como a las nueve de la mañana del día siguiente y andaba con el cabello muy crecido; quiero decir, largo pero enrollado. Salí a afeitarme a la barbería. Fui solo, a pie, porque el carro ya casi ni rodaba. Cuando regresé vi en la cara sombría de Ana la noticia terrible que estaba esperando: “Te llamaron de Barinas”, pero no me dijo nada más. Agarré el teléfono y llamé a la casa de mi mamá. Me respondió Aníbal, mi hermano, llorando: “Se murió la vieja.”

Me puse a llorar en el patio, desconsoladamente: “Ay, Ana, mañana me iba a verla otra vez, y la voy a encontrar muerta. Ha muerto la vieja.” Salí inmediatamente, y el carro no avanzaba. Sabía que no llegaría a Barinas. Regresé a la Academia. Allí conocían la noticia. Me llevaron a la terminal del Nuevo Círculo, de Caracas, pero ese día no se conseguía pasaje para ningún lado. Llamé a Adán, llorando, desde un teléfono público. Había alcanzado un puestico disponible en un autobús que iba para Trujillo. No llegaba hasta Barinas, sino que se desviaba antes, en Guanare: “Adán me voy en un autobús de la línea tal, salgo a media noche, espérame en la alcabala de Guanare.”

Y, en efecto, cuando llegué a aquel lugar estaban esperándome Adán y un primo nuestro, Narciso Chávez, hijo de Ramón Chávez, un hermano de Rosa Inés al que vi morir joven, en Sabaneta. Cuando llegamos estaban velando a la abuela en la casa de mamá. El 3 de enero la llevamos en hombros al cementerio. Me puse el uniforme verde olivo y ayudé a cargar el ataúd. La enterramos en Barinas; allá está la vieja. Esa misma noche escribí un poema. ¿Sabe que a mí el dolor siempre me ha dado por escribir? Particularmente, ese dolor de ausencia definitiva, ese dolor que es espiritual, pero también físico. Igual me ocurrió cuando murió Felipe Acosta Carlez.

La Academia Militar

Desde niño me gustó la vida militar. Cuando miro hacia atrás, me veo jugando a la guerra en el patio de Mamá Rosa. Inventamos unos fuertes militares con latas de zinc y tablas, y nos lanzábamos a conquistarlos. Primero, nos tirábamos frutas secas de almendras, pero, después, piedras. Una vez le dimos una pedrada a mi hermano menor y le rompimos el coco, y ahí se acabaron los juegos de guerra.

Claro, teníamos reglas: si alguno era alcanzado por un almendrazo debía darse por muerto y salir del juego, pero Adán nunca caía herido. Uno le pegaba durísimo con una fruta de aquellas y él gritaba: “No, no me dio, solo me rozó.” Una vez le dimos en el centro del pecho, y él: “No salgo, porque yo tengo aquí un médico que ya me curó.” Yo decía: “Adán es brujo, porque se pasa la mano así y se cura la herida.”

Cuando llegué a la Academia me encantó. Francamente, yo había querido estudiar física y matemática, y además, ser pelotero profesional, con los Magallanes. Esa era mi meta, a la que le dediqué mucho entrenamiento, especialmente, a cómo se agarra la pelota, a la técnica del pitcheo. Pero la vida militar me apasionó, hasta el punto de que lo subordiné todo a ella.

Cuando entré en la Academia, Adán, que me lleva un año, ya estaba en la Universidad de Los Andes, en Mérida. Le dije a mi papá que quería estudiar lo mismo que mi hermano. En Barinas no había universidad. Mi papá me dijo: “Bueno, nos vamos a Mérida a hablar con tu primo Ángel para el cupo.” A mi padre y a mi madre tendremos que agradecerles toda la vida que pudiéramos estudiar, aun siendo una familia sin recursos. Ellos siempre nos dieron ese impulso, con miles de sacrificios.

Pero en Mérida no se jugaba béisbol profesional, y le dije a mi padre: “No, si no hay béisbol en Mérida, no voy.” Estaba en ese dilema, buscando la manera de irme a Caracas, cerca del Magallanes, cuando nos llevaron a una conferencia en el Auditorio. Un teniente del Fuerte de Tabacare, de Barinas, dio una charla sobre la Academia Militar a todos los muchachos del quinto año del bachillerato. “Esta es la mía, me voy para Caracas.” Pensaba que luego podía pedir la baja y quedarme en la capital, a tiempo completo en el béisbol. Era como un tránsito, como un puente, y comencé a prepararme para los exámenes físicos.

Tenía un gran amigo, Angarita, que en aquel momento estaba en el primer año de la Academia. Cuando llegó a Barinas en Semana Santa, hablé con él y me consiguió los folletos para presentarme a los exámenes que se hicieron en Barinas y aprobé aquellas primeras eliminatorias sin problemas.

Poco después trajeron un telegrama a la casa donde decía que me presentara en la Academia: “¿Qué tú vas a hacer en Caracas. ¿En una escuela militar?”, y papá asombrado. “Yo presenté examen.” “¿Cuándo?” A mamá le gustaba la idea y me apoyó, finalmente, papá lo aceptó: “Bueno, hijo, vaya, pues.” Me consiguió el pasaje del autobús, y me vine solo, asustado, a presentarme al examen definitivo en la Academia. Era la primera vez que venía a Caracas.

Regresé a Barinas muy alegre, porque había aprobado también los exámenes de la Academia, y tenía que presentarme nuevamente en la escuela. Pero me rasparon en química, en el bachillerato. Modestia aparte, era la primera vez en mi vida que raspaba una materia, pero esta vez sí me había ganado la mala nota. No estudié química, no me gustaba. Tenía un profesor al que le decíamos Venenito, que no perdonaba.

Me salvó el béisbol

En la Academia no aceptaban a nadie con una materia raspada. Lo sabía, sin embargo, me aventuré a regresar, porque me quedaba una entrevista final. En ese encuentro dije que tenía una asignatura raspada. “Bueno, si lo rasparon, usted no puede entrar.” Mis exámenes físicos eran excelentes; las notas, hasta ese momento, excelentes. En el expediente
–hace poco lo vi–, escribieron incluso que tenía habilidades. “Hay un único chance –me dijeron–, como deportista. ¿Usted juega algún deporte?” ¡Me salvó el béisbol!

Pitcheaba, pero ya padecía de dolores en el brazo. No aguantaba más de cinco innings. Después de una sesión de lanzamientos, me pasaba como cinco días con hielo. En ese tiempo no había médicos que alertaran a los deportistas sobre estos padecimientos profesionales. Por suerte, también jugaba primera base y era buen bateador. Jugué, incluso, primera base regular y había ido a los nacionales ese año, en Barquisimeto.

A los raspaos nos mandaron al estadio –por cierto, el mismo donde jugamos con los peloteros cubanos, la última vez que vinieron a Caracas–. “Vamos a probar si ustedes juegan de verdad.” Cuando entramos al campo, vi a José Antonio Casanova, quien fuera uno de los campeones mundiales de béisbol profesional y shortstop de los Senadores de Washington. También figuró como manager del Caracas durante varios años. Entonces era el entrenador de la Academia, mientras que Benítez Redondo, un cuarto bate famoso en los años 40 y 50, que llegó a las Grandes Ligas, se desempeñaba además como entrenador. Cuando los vi, me dije: “Aquí llegué al Olimpo.”

Estos viejos eran muy inteligentes. Yo andaba con una camisita, un pantalón, unas botas... Y lo primero que nos pidieron fue que nos pusiéramos los uniformes deportivos. Algunos no sabían ni calzarse las medias. Yo me uniformé rápidamente y salí con el guante, de primero, y a calentar. Se dieron cuenta de que sabía, de que no era la primera vez que jugaba.

“¿Y usted, zurdo, qué hace?”, me preguntaron. “Yo pitcheo”, y estaba de primero ahí. “Bueno, vaya.” Pero me dolía el brazo. “¡Ah!, salga, salga.” Me eliminan como pitcher. Benítez Redondo, que ya está viejito, se me acercó: “Zurdo, ¿usted juega alguna otra posición?” “Primera base, y outfielders”, respondí. Me pusieron a batear frente a un negrito de Maracaibo y conecté tres líneas bellas, derechitas, derechitas, como esas que voy a meter el 15 de agosto en el jardín de la Casa Blanca…

Las cartas

Entré en la Academia, con el compromiso de estudiar química y aprobarla en octubre. Recuerdo que teníamos que enviar semanalmente una carta. Era una obligación, pero a mí me gustaba. No solo le escribía a mi familia, sino a medio mundo. “¿Este por qué entrega tantas cartas, si con una basta?”, se preguntaban. Cierta vez un compañero, Luis Silva, me pidió que le escribiera una para Rufo Bonet. “¿Ese quién es?” “El perro de mi casa.” Para mí que estaba harto de esa obligación.

La primera carta que escribí en la Academia, una semana después de iniciados los estudios, fue para Rosa Inés. Ella la guardó siempre, y seguramente la conserva aún Carmen, la esposa de Adán que adoró a mi abuela, tanto como ella a Carmen, y ha conservado todas sus cosas. La carta decía: “Mamá Rosa, cuídeme a Tribi” –un gato que mi abuela me regaló.

A usted también le decían Tribilín en Sabaneta…

Es verdad, y por eso, probablemente, mi abuela le puso Tribilín al gato. Pues bien, le pedía que me cuidara al animalito y añadía que había presentado mi primer examen de un fusil Fal y había obtenido 100 puntos. Ya me estaba sintiendo en mi ambiente.

Me sentí como pez en el agua en la Academia Militar, que todavía es para mí –y lo será toda la vida– un recinto sagrado. Pasé trabajo allí, pero nunca lo sentí como una carga. Ni siquiera cuando me afectaban seriamente las hemorragias nasales, que comencé a padecer después de un accidente en Sabaneta. Tengo el tabique desviado debido a aquel golpe. Ocurrió cuando yo tenía ocho o nueve años, e iba con Adán corriendo, huyéndole a un camión. Fue un Día de Reyes. Mi papá nos había regalado medio bolívar a cada uno, un realito, y nos fuimos a comprar un juguete o un suplemento, no recuerdo bien. Quisimos pasar primero que el camión y yo, que iba de segundo, tropecé con una piedra y me golpeé la nariz con el filo de la acera. Me quedé desmayado y con mucha sangre. Adán se asustó y se fue corriendo hasta la casa con Iván Jiménez, un muchacho bajito, gordito –Jatajata, lo llamábamos–, y ellos le dijeron a mi mamá que me había matado un carro. Allá fue mamá llorando y mi abuela detrás. Por suerte, solo estaba noqueado. A partir de ahí me quedó esa debilidad en la fosa nasal, que se me recrudeció de cadete, debido a las largas marchas, el ejercicio y el peso del casco de acero. Una noche desperté medio ahogado por la sangre. Luego me cauterizaron y santo remedio.

Me sentí soldado desde el principio

Cuando me vestí por primera vez de azul, ya me sentía soldado. Vinieron papá, mamá y Adán al acto de investidura de cadete. Fue como a los tres meses de entrar a la Academia. Cuando me vio tan flaco, mamá se puso a llorar: “¿Qué le han hecho a usted aquí, hijo?” Pero yo estaba feliz. En ese acto, a todos los muchachos recién llegados a la escuela nos entregaron la daga y nos permitieron salir a la calle. Era mi primer fin de semana como cadete en Caracas y con mi familia. Visitamos a unos parientes, nos quedamos en un motelito y nos tomamos una foto en la plaza Miranda.

No solo me sentía un soldado, sino que en la Academia afloraron en mí las motivaciones políticas. No podría señalar un momento específico. Fue un proceso que comenzó a sustituir todo lo que hasta ese momento habían sido mis sueños y mi rutina: el béisbol, “Magallanes cero”, la pintura, las muchachas…

¿Sabes lo que hice en mi segundo permiso de salida? Compré unas flores y fui al Cementerio General del Sur, de guantes blancos y uniforme azul. “¿Dónde está la tumba del Látigo Chávez?” –le pregunté al sepulturero. Me indicó un lugar lleno de monte. Me quité los guantes y limpié la tumba. Fui como a disculparme, a rendirle una explicación. No sería como él. Ya era un soldado.

La pasión política

Adán fue uno de los que más influyó en mis actitudes políticas. Él es muy humilde y no lo dice expresamente, pero tiene una gran responsabilidad en mi formación. Mi hermano estaba en Mérida y era militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Yo no lo sabía, solo me llamaba la atención que él y sus amigos iban todos de pelo largo, algunos con barba. Aparentemente yo desentonaba con mi cabello cortico, mi uniforme.

Me sentía muy bien en ese grupo. Nos íbamos, por ejemplo, a un bar de muchachos, cerca de la casa de mi mamá. Particularmente a uno, que se llamaba Noches de Hungría, o al Capanaparo, donde cantaba Betsaida Volcán, una mujer bellísima.

Estaba naciendo el MAS, y yo andaba por ahí. Otros
–Vladimir Ruiz y los hijos de Ruiz Guevara, un viejo comunista– estaban fundando la Causa R. Éramos amigos, y me aceptaron, con uniforme y todo. También hubo su discusión, claro. Cierta vez uno de esos muchachos, un hombre joven, me dijo: “Este uniformado debe ser uno de esos parásitos.” Casi nos entramos a golpes, pero el grupo me defendió. “Respeta, vale, que este es Hugo Chávez, amigo nuestro.”

Había una gran discusión política y muchas lecturas. Ahí me fui interesando por el tema social, aunque si miro más atrás, siempre tuve, desde niño, simpatías por los rebeldes. Esa zona de Sabaneta fue una zona insurgente. De mi pueblo varios se fueron a la guerrilla, y mi padre estuvo vinculado al Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), de tendencia socialista, dirigido por el viejo Luis Beltrán Prieto Figueroa. Aunque tenía esa inclinación hacia la izquierda y el camino abonado hacia las preocupaciones políticas, nunca me incorporé a partido alguno. En una ocasión asistí con Adán a una de sus reuniones, como oyente, vestido de civil.

Fueron dos los acontecimientos que dispararon en mí una vocación política, que radicalizaron mi pensamiento. En primer lugar, el hecho de haber formado parte de un experimento educativo en la Fuerza Armada, conocido como el Plan Andrés Bello. Nos hicieron exámenes muy rigurosos y, ya en la Academia, nos aplicaron un filtro. Entramos 375 y nos graduamos 67. Hay un corte bastante profundo entre la vieja escuela militar y la nueva, con un grupo de oficiales de primera línea, entre ellos el director de la Academia, que es nuestro actual embajador en Canadá, el general Jorge Osorio García. También, Pérez Arcay, Betancourt Infante, Pompeyo Torralba...

Ese grupo de oficiales se dio a la tarea de forjar aquel ensayo a conciencia. Incorporaron también a profesores civiles y se preocuparon por darnos una formación humanista. Con ellos estudiamos Metodología, Sociología, Economía, Historia Universal, Análisis, Física, Química, Introducción al Derecho, Derecho Constitucional… El Consejo Nacional de Universidades (CNU) exigía estudios superiores para avalar la licenciatura.

El Plan Andrés Bello contribuyó enormemente a nuestra formación, aun cuando no basta con él para entender lo que ha ocurrido en la FAN, ¿no? Hay otros muchos factores, porque también han salido de ahí unos cuantos traidores. De mi promoción y de las que vinieron después he recibido solidaridad y una compenetración mayor de las que imaginaba. Sin dudas, los que se prestaron al golpe de abril de 2002 fueron graduados anteriores a nosotros, especialmente de la promoción inmediatamente anterior, que ha sido la última línea de retaguardia de la oligarquía, el último arañazo del fascismo y del anticomunismo.

El segundo acontecimiento, asociado a lo anterior, fue el descubrimiento de Bolívar. Comencé a leer vorazmente de todo, pero en particular sus propios textos y los materiales relacionados con su pensamiento y su biografía. Noche tras noche me iba para las aulas a estudiar, después del toque de silencio, a las nueve. Nos permitían estar allí hasta las 11 de la noche, y a veces me quedaba. En ocasiones me encontraron allí dormido, encima de un pupitre y con un libro abierto. Recuerdo a un brigadier colombiano, que hoy es general en su país, quien un día me encontró así y pensé que me iba a castigar. Me dijo: “No, no, lo felicito, cadete, por su espíritu de superación.”

La primera vez que oí a Fidel

La palabra guerrilla, como les dije, nos era muy familiar. En algún momento uno oyó el nombre de Fidel y el del Che, y no lo olvidó más. En 1967 tenía 13 años y estaba en primer año de bachillerato, en Barinas.

Recuerdo haber escuchado por radio que el Che estaba en Bolivia, y yo me pregunté: “¿Por qué está solo?” Una vez se lo conté a Fidel: “Fíjate como es la vida, Fidel. Yo tenía 13 años y oía por radio que el Che estaba en Bolivia y lo tenían rodeado. Era un niño y pregunté: ¿por qué Fidel no manda unos helicópteros a rescatarlo?” Me imaginaba una película. “Fidel tiene que salvarlo.” Cuando mataron al Che: “¿Por qué Fidel no mandó un batallón, unos aviones.” Era infantil, pero demostraba una identificación absoluta con ellos, un punto de vista marcado por las simpatías que percibía en Barinas hacia ambos líderes.

Varios años después, en 1973, estábamos en las montañas, cerca de Caracas, en los entrenamientos con los aspirantes a cadetes que llegaban a la Academia Militar. Para entretenernos, escuchábamos noticias y música en los radios militares. Una de aquellas noches había un frío de espanto. Estábamos en Charallave, a unos treinta kilómetros de Caracas, y me acompañaban Pedro Ruiz Rondón –compañero de mi pelotón, y otro brigadier cuyo nombre no recuerdo. A escondidas de los oficiales, empezamos a calibrar uno de eso viejos radios GRS-9 de tubo, que tenían una manigueta para cargar la energía. De repente, se escuchó a alguien hablando, una voz que no conocíamos y que denunciaba el golpe de Estado en Chile y la muerte de Allende: “Esto está bueno” –dije yo. Era Fidel, a través de Radio Habana Cuba.

Se nos grabó una frase para siempre: “Si cada trabajador, si cada obrero, hubiera tenido un fusil en sus manos, el golpe fascista chileno no se da.” Esas palabras nos marcaron tanto, que se convirtieron en una consigna, en una especie de clave que solo nosotros desentrañábamos. Cada vez que veía a Pedro Ruiz –amigo entrañable que murió hace un año y medio, uno de los dos empezaba diciendo: “Si cada trabajador, si cada obrero...” El otro, completaba la frase. Lo hacíamos dondequiera que nos veíamos. La última vez que nos encontramos, en un avión, me repitió: “Si cada trabajador...”

Pepito Rangel

El año 1973, en la Academia Militar, está marcado también por otro hecho: recibiámos en la escuela a los nuevos cadetes. Yo era brigadier y en el primer pelotón que me asignaron, estaba José Vicente Rangel Ávalo. Cuando mencioné su nombre, se paró el nuevito: “¡Presente!” Le dije por bromear: “¿Usted es familia del comunista?” “Es mi papá.” Me quedé frío. “Ah, muy bien, siéntese.” Después lo llamé, le ofrecí disculpas y nos hicimos amigos.

Conocí a José Vicente, el padre, porque iba con Anita, su esposa, a visitar al cadete los viernes por la noche. Me gané una reprimenda una vez, porque me gustaba hablar con Rangel, que era el candidato presidencial de la izquierda, del MAS. En diciembre de 1973 hubo elecciones y ganó Carlos Andrés Pérez.

Un teniente me llamó a contar: “Brigadier, ¿por qué usted habla tanto con ese comunista?” Se había dado cuenta de que me atraía conversar con el aspirante a presidente. En otra ocasión, me enteré de que habían tomado la decisión de botar a Pepito Rangel de la Academia y le estaban buscando la falla. Oigo el comentario y llamé a su padre. Me atendió Anita: “Necesito hablar con usted sobre su hijo, pero a su casa no puedo ir.” Ella me dijo que me esperaría en un restaurante.

Por alguna razón no pude ir al encuentro y poco después, a los que jugábamos béisbol, nos concentraron en un edificio que llamábamos la Villa Olímpica. Se acercaban los juegos entre institutos y a los deportistas nos separaban del resto del batallón para poder cumplir un régimen especial: dormíamos un poco más, recibíamos atención médica directa, alimentación especial. Nadie se metía con nosotros. Era marzo de 1974. Ahí me encontré con Luis Reyes Reyes varias veces, y en una oportunidad hasta le conecté un triple que todavía no me ha perdonado.

En eso llegó el jovencito Rangel vestido de civil. El muchacho había ido a despedirse de mí. Pasó por el dormitorio y me dijo: “Vengo a despedirme; me han dado de baja.” Nos dimos un abrazo: “Saluda a tu papá, a tu mamá.” Llevaba entonces un diario y escribí: “Hoy se fue de baja José Vicente Rangel Ávalo, era una esperanza.” Fíjate, “era una esperanza”. ¿De dónde saqué yo esas tres palabras? Dentro de mí ya andaba un huracán.

Omar Torrijos y Juan Velasco Alvarado

Les quiero contar otro hecho, porque si no esta historia no se entiende. El derrocamiento de Allende generó en mí y en otros muchachos un gran desprecio hacia los militares gorilas que dirigieron el golpe. Pinochet nos resultaba repulsivo.

Tuve amistad con cuatro muchachos panameños que estudiaron conmigo, particularmente con un gran amigo, Antonio Gómez Ortega. Él me habló de Torrijos y un día me trajo la revista de las Fuerzas Armadas, con fotos en las que se veía al Presidente dando un discurso, con campesinos, con cadetes. Admiré la diferencia del lenguaje en aquel militar y me decía: Torrijos sí tiene un gobierno popular, distinto, progresista; pero Pinochet no es el camino, porque él está exactamente en el otro extremo. Tenía 20 años y ya andaba yo ubicado, pues.

Ese mismo año, en diciembre, conocí a Juan Velasco Alvarado, a partir de uno de esos hechos totalmente casuales que aceleró en mí el proceso interno, de forja, de enrumbamiento político. Se cumplían 180 años de Ayacucho y en la Academia Militar me pasaba el día hablando de Bolívar. Siendo alférez todavía, me enviaron a dar conferencias a la tropa varias veces. El capitán Carrasquero Sabala, que era el jefe del cuarto año, me llamó: “Chávez, hemos escogido a 12 muchachos para ir en una comisión a Ayacucho. Va la escolta de la bandera y un grupito más. Como usted es de los bolivarianos –ya nos llamaban así a varios de nosotros, Ortiz Contreras entre ellos–, lo hemos escogido.” Se imaginarán qué alegría.

Esa noche me fui para la biblioteca –había también allí una bella bibliotecaria, pero primero el libro, primero la patria– y comencé a estudiar qué estaba ocurriendo en el Perú. Descubrí el Plan Inca y que allí se estaba produciendo una revolución dirigida por un militar nacionalista. Pasamos en Lima varios días, haciendo preguntas a todo el mundo, alimentándome de aquel proceso e intercambiando con cadetes colombianos, panameños, peruanos y chilenos. Me hice amigo de un chileno, y le reclamaba mucho por lo de Allende. Nunca se me olvidará su nombre: Juan Heiss.

Nos llevaron a la casa de gobierno y allí estaba Velasco, en una recepción dedicada a los oficiales y cadetes, donde ofreció unas breves palabras y nos hizo llegar dos libritos, La Revolución Nacional Peruana y El Manifiesto del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada de Perú. Después de escuchar a Velasco, me bebí los libros hasta aprenderme de memoria algunos discursos casi completos. Conservé esos libros hasta el 4 de febrero de 1992. Cuando me apresaron, me lo quitaron todo.

Les cuento todo esto porque la toma de conciencia política no fue automática. Sin lugar a dudas estos hechos dispararon mis convicciones a un determinado estadío espiritual. Y ya de ahí no he retrocedido, pues.

Bolívar

A mi promoción le dieron el nombre de Bolívar. Ese fue para mí un día de emoción y júbilo. Se oponían algunos viejos militares, quienes argumentaban que el nombre de Bolívar era muy grande para un grupo, que sería enorme el compromiso que llevaríamos, que ya había otra promoción llamada de esa manera –la de 1940–. Aun así, nos dieron ese nombre y a partir de entonces no fuimos otra cosa que “los bolivarianos”, y nos sentíamos como tal.

Desde la Academia, no solo impartía de vez en cuando algunas charlas a los soldados sobre el pensamiento del Libertador, sino que cuando me tocaba sancionar a los cadetes, jamás les imponía un esfuerzo físico –dar vueltas al patio corriendo, que era lo que se hacía–, sino que los paraba en grupitos frente a la estatua de Bolívar. Les leía sus textos, o los llevaba a un salón de clases, a la hora del casino y de la diversión, y les contaba pasajes de la Campaña Admirable.

Esa pasión por Bolívar comenzó en aquellos años, estudiando la Historia Militar con el general Jacinto Pérez Arcay y con el comandante Betancourt Infante, que era otro excelente instructor de Historia. Pérez Arcay les contó a ustedes el lío del cual me salvó, luego de una conferencia en la casa natal de Bolívar, en la que me enfrenté públicamente a alguien que dijo que el Libertador era un tirano.

En mi intervención de ese día traté de argumentar la situación que enfrentó Bolívar. Sí, el gobernó realmente bajo dictadura; pero una cosa es una dictadura por necesidad, por obligación, debido a la anarquía, y otra, tiranizar a un pueblo. En una ocasión, le dijo a su pueblo: “No me pidan que hable de libertad, ¿cómo hablar de libertad, si he asumido la dictadura?”

Frente a aquella tendencia antibolivariana, de descrédito a su figura, comencé a argumentar con datos históricos esa situación. ¡Ah!, entonces alguien dice –una mujer–: “Estos son unos pichones de dictadores”, le repliqué duro y se abrió el debate. Después se paró un profesor de historia del MEP y defendió mi posición. La novedad llegó a la Academia. Tuve que hacer un informe el domingo por la noche y Pérez Arcay me salvó de aquel lío que hubiera podido costarme la expulsión de la Academia por emitir opiniones políticas.

Cuando Carlos Andrés Pérez me entregó el sable de graduado en la Academia, ya yo traía el acimut, la brújula perfectamente orientada. El Hugo Chávez que entró allí fue un muchacho del monte, un llanero con aspiraciones de jugador de béisbol profesional. Cuatro años después, salió un subte-niente que había tomado el rumbo del camino revolucionario. Alguien que no tenía compromisos con nadie, que no tenía movimiento alguno, que no estaba enrolado en ningún partido, pero sabía muy bien a dónde me dirigía. Como dijo José Ortega y Gasset, “soy yo y mi circunstancia.” Hugo Chávez ya era el hombre y su circunstancia.

Otro tipo de militar

Llegué a Barinas de subteniente, con cierta ventaja sobre otros oficiales. Tenía muchos deseos de cambiar las cosas y estaba, además, en mi patio. A lo mejor si me hubieran mandado a Maracay, no hubiera podido participar en tantas cosas.

Con mi primer cheque pagué un hotel cerca de la Plaza de Venezuela. Tenía un sueldo como de 2 000 bolívares, que era una cifra más o menos importante en esa época. A los pocos días me le aparecí a Rosa Inés con una nevera, una cama nueva, unos muebles, un ventilador, un radio grande... Pero casi no tenía tiempo de salir del cuartel. De lunes a viernes siempre dormía en el batallón que quedaba fuera de la ciudad.

Los viernes en la tarde, cuando no tenía guardia, me ponía mi jeans, mis botas de goma y mi camisita, y aparentemente era el mismo Huguito de antes, en la casa de la abuela. En Barinas estuve desde julio de 1975 hasta mayo de 1977. Fueron casi dos años, muy importantes en mi vida. Era el mismo Huguito y a su vez otro, forjado como soldado. Me metí en varios líos. Primero, Bolívar. Empecé pintando su rostro en el cuartel y hacía notar cuán en serio me tomaba su obra.

Fui el primero del Plan Andrés Bello que llegó a ese batallón, y algún oficial trató de humillarme llamándome, no por mi grado, sino por el título universitario, en tono despectivo, irónico: “Licenciado Chávez...” Cuando me llamaba así, no le respondía. “Subteniente Chávez...” “Ordene, mi Capitán.” Es decir, empecé dándome a respetar. En una ocasión me increpó: “¿Por qué no me responde cuándo le digo ‘licenciado’?” “Soy subteniente y licenciado.” Por responderle de esa manera me impuso un castigo que me negué a cumplir. Además, me gritó delante de unos soldados a los que yo les impartía clases de comunicaciones, que era mi especialidad. Le contesté: “¡No me grite delante de subalternos, mi capitán!” “¡Véngase conmigo!” “Vamos.” Y nos fuimos a ver al comandante.

Ahí empezaron mis líos, porque yo era respondón, pues. Por otra parte, andaba en varias actividades al mismo tiempo. Por ejemplo, jugaba béisbol. Todavía pitcheaba, tiraba duro la recta, jugaba primera base, cuarto bate. El primer jonrón que se dio en el estadio de Barinas lo di yo una noche preciosa en la que me iban a arrestar.

Al capitán aquel no le gustaba el deporte. Me decía: “O eres militar, o eres pelotero.” Nunca pude convencerlo de que podía ser las dos cosas a la misma vez. “Dedíquese al deporte con los soldados.” “Estoy dedicado, mi capitán.” El equipo de los soldados era bueno, pero quería jugar en el béisbol organizado. Tenía solo 22 años.

Un día me llamó el entrenador Encarnación Aponte y me invitó a jugar en el equipo de Barinas, frente a otro de Caracas que llegaba ese fin de semana. Estaban inaugurando el estadio, pues había un campeonato nacional programado ese año en Barinas. Él necesitaba un zurdo. “Pide permiso”, me decía. “Si lo pido no me lo van a dar.” Finalmente, me fui para el estadio sin el permiso. Los visitantes eran del equipo Ascenso, del Distrito Federal. En la primera entrada metí un batazo, un tubey. Después me tocó batear otra vez. No sabía que estaban narrando el juego por la radio local: “Radio Barinas trasmitiendo...”

En ese tiempo no había bate de aluminio, pero tenía uno de madera muy bueno... Mi hermano Narciso, que estudiaba en Estados Unidos, me mandó de regalo aquel de marca Adirondack, un bate largo como ese de Sammy Sosa, pero liviano. El pitcher de Caracas tiró una curvita y le di: “¡Praaa!”, y veo que la bola se va…, se va…, se fue de jonrón.

Estaban trasmitiendo por radio, y en el batallón los soldados lo escuchaban. Ya eran más de las nueve de la noche, hora de silencio en el cuartel. Armaron tal escándalo –“¡Eh, jonrón! ¡Viva mi teniente!”– que se despertó el capitán y fue a ver qué pasaba: “Oye, prendan la luz, qué lío es este?” “Capitán, estamos muy contentos porque mi teniente Chávez metió un jonrón.” “¡¿Cómo?! ¿Chávez Frías?” “Sí.” Al día siguiente me pidió arresto por violar una orden. Apelé al comandante. Me franqueé: “Mire, comandante, aquí en este batallón hay unos diez subtenientes. Si usted va por la noche a Guayanesa –un burdel famoso en Barinas–, los consigue allá con unas mujeres y una botella de ron; o en el casino militar, con sus novias, bailando, tomándose unos tragos. En cambio, a mí me gusta el deporte. No puedo entender que me vayan a arrestar por jugar béisbol, por poner en alto el nombre del batallón que usted comanda.” Toda Barinas había oído en la radio que me habían presentado como el subteniente del Batallón de Cazadores. Y sigo: “Comandante, ¿no cree que es mejor que yo esté en el béisbol y no de tragos y mujeres?” El comandante me respondió: “Usted tiene razón. Le doy permiso para jugar.” Desde ese día nadie más me molestó, y el capitán disgustadísimo.

El batallón se acercó al pueblo

El capitán me andaba cazando cualquier falla. Jugaba al béisbol en el equipo de Barinas, dos o tres veces a la semana. Generalmente salía del cuartel vestido de campaña –que era el traje diario, porque integrábamos un batallón antiguerrilla–, me montaba en un Volkswagen que yo le había comprado al comandante y, luego, me cambiaba en el dugout, junto a un soldado llamado William, de Barquisimeto, que era tremendo short-stop. Era muy usual salir de pronto para la frontera. Sin embargo, como mi especialidad era la de comunicaciones, no tenía que patrullar con pelotones. Acompañaba al comandante en los puestos de comando. El oficial de comunicaciones, por doctrina, está siempre cerca del comandante, asesorándolo para las transmisiones por radio. Eso me permitía estar cerca del jefe y del segundo.

Por esa cercanía, y porque me tomaba el béisbol a la tremenda, el comandante me pidió que me encargara del deporte en el batallón. Como conocía al jefe del Instituto Nacional de Deportes en Barinas, y a los deportistas no solo de béisbol, sino de fútbol y de básquetbol, conseguí entrenadores gratuitos. Era una especie de misión Barrio Adentro, pero a pequeña escala. Recuerdo a un uruguayo, el profesor Méndez, que iba dos veces a la semana a darles charlas y preparar al equipo de fútbol, sin pedir nada a cambio.

Fuimos campeones dos años seguidos en los juegos inter-batallones: en béisbol, fútbol, voleibol, básquetbol y atletismo. Me dediqué a convertir la sabana donde jugábamos en un campo de béisbol. Hicimos un estadio con las medidas reglamentarias. Conseguimos arena blanca y arena roja, y un camión para transportarlas; picábamos rectángulos de tierra con la grama; levantamos una cerca de palitos, y ese campo se puso bonito. Construimos dos dugout, dos casitas, y cuando vinimos a ver, teníamos tremendo estadio. Lo inauguramos con una fiesta que parecía una feria.

El comandante me autorizó para que el equipo de Barinas entrenara en nuestro estadio, que pasó a ser el mejor de Barinas después del “Cuatricentenario,” y le dimos acceso a todo el que quería ir a vernos. Me nombraron encargado de la campaña para la captación de aspirantes a la Academia Militar. Recorrí todos los liceos del Estado Barinas, unos diez, para darles las charlas a los muchachos de quinto año, y motivarlos. A algunos los llevé a Caracas y hoy ya son coroneles.

También, me autorizaron a escribir una columna en el diario El Espacio, de Barinas. Salía los jueves, bajo el título: “Proyección patriótico cultural Cedeño” –Manuel Cedeño fue un general de nuestra independencia, y así se llamaba también nuestro batallón. Era una columna que me gustaba mucho y la gente me decía que era muy bonita, hablaba de historia y de la unión cívico-militar. Escribía, por ejemplo: “Bajo el sol calcinante de los llanos, todas las tardes, los soldados del Batallón Cedeño se dirigen a hacer deportes tal, tal y tal, mientras otros salen al huerto…” Porque hicimos un huerto y también teníamos unos conejos, unas siembras de lechosas, parchitas... Era también una especie de Plan Bolívar 2000.

De cuando en cuando pasaba por Radio Barinas a promover la captación de aspirantes. Había un guión que a uno le mandaban desde Caracas, pero yo le añadía cositas. Jamás les dije que tendrían un sueldo seguro, sino que les hablaba de Bolívar y lo que de él dijo Martí. Lo había leído en uno de los libros de Pérez Arcay y me lo aprendí de memoria y hasta lo pinté en las paredes con la ayuda de los soldados, a quienes también les di clases de pintura.

Fue una etapa muy intensa, en la que andaba metido en el deporte dentro y fuera del batallón, hacía periodismo y campañas para captar estudiantes, y cuando se elegían las reinas en Barinas, hacía la presentación. No me faltaron cosas que hacer, hasta me hice animador de bingo. Lo más importante fue que el Batallón de Cazadores comenzó a tener otro perfil: ya no era una tropa antiguerrillera separada del pueblo, odiada a veces por la gente, sino la de unos muchachos que participaban en la vida deportiva y cultural de Barinas.

Los primeros signos de rebeldía

El dolor disparó en mí muchas cosas. El año 1982 fue de muerte y de vida. Nació mi hijo Hugo. Ascendí a capitán. Fue, también, el año del Samán de Güere. Ya estaba prácticamente consolidado como militar, después de haber pasado por muchas dificultades, por dudas: me quería ir, no me quería ir…

En la profesión militar, la Orden de Mérito es muy importante. Eres de los primeros o eres de los últimos. Por tanto, ser de los primeros es muy importante para el militar, particularmente para quienes hemos tomado la carrera como un apostolado. Me gradué con el número siete en la Academia, y éramos 66. Sin embargo, llegué a teniente entre los últimos, porque tuve muchos problemas. Como vaticinaría mi abuela, era rebelde, pues.

Discutía con los superiores, nunca me quedaba callado. Tuve un lío serio en un campo antiguerrillero, porque vi cómo torturaban a unos campesinos, supuestos guerrilleros, prisioneros de guerra. Les estaban pegando con un bate forrado en una cobija y daban unos gritos tremendos. Se notaba que eran pobres gentes, casi muerto de hambre, flaquitos, y me enfrenté al coronel: “No, yo no acepto esto aquí”, y le quité el bate y lo lancé lejos. Luego el coronel hizo un informe en mi contra, acusándome de haber entorpecido el trabajo de Inteligencia… Llegué incluso a pensar en irme para la guerrilla y hasta fundé en 1977 un ejército: el Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela. Ahora me río cuando lo recuerdo, porque sus miembros no llegábamos a diez.

Después de graduarme en la Academia y pasar por Barinas, formé parte de un batallón antisubversivo, primero en Cumaná y luego en San Mateo, en Anzoátegui. Estudiamos lo que era la guerra subversiva, pero ya yo me lo cuestionaba todo. Creo que desde que salí de la Academia ya estaba orientado hacia un movimiento revolucionario. Andaba muy inquieto, conversaba mucho con Adán y con otros compañeros de la izquierda. A esta influencia, se unió la investigación histórica sobre Maisanta. Todo ello fue alimentando mi sentimiento de rebeldía. En esa etapa comencé a leer a Fidel, Che, Mao, Plejanov, Zamora…, y libros como Los peces gordos, de Américo Martín; El papel del individuo en la historia; ¿Qué hacer? Y, claro, ya había empezado a estudiar profundamente a Bolívar.

Por cierto, algunos de aquellos libros aparecieron en la maletera de un Mercedes Benz viejo y agujereado por los tiros, que encontramos casualmente en un puesto antiguerrillero. El carro llevaba no sé cuántos años allí, arrumado dentro del monte. Agarré aquel botín, recompuse los libros, los mandé a empastar, me los leí y los guardé. Creo que todavía conservo algunos por ahí. Por tanto, me hice un hombre de izquierda a los 21 ó 22 años.

¿Cómo definir políticamente a una persona que se ha declarado maoísta, guevariano, marxista, bolivariano, peronista…?

Sencillamente soy un revolucionario.

No permitiríamos que nos tragara la corrupción

Desde los primeros días en Barinas comencé a percibir corruptelas, inmoralidades y arbitrariedades en algunos oficiales superiores. Y ya no dejaría de luchar contra ellas en los cuarteles. Un punto muy vulnerable, por ejemplo, era la comida de la tropa. Cuando tenía guardia –oficial de inspección se llama eso– solía irme a las cuatro o las cinco de la mañana al rancho donde preparaban los alimentos. Esperaba a que llegara el camioncito del proveedor, con el queso para el desayuno y la carne para el almuerzo.

Ponía los alimentos en la tabla del dietista. “¿Qué le toca a cada soldado?” “80 gramos de queso”–me decían, por ejemplo. Sacaba la cuenta y la mayoría de las veces había menos de lo que estaba fijado. O nos entregaban unas botas de montaña que se dañaban en la primera marcha. Lo anotaba en el libro de “novedades”: “Se detectó una irregularidad…” Había mil maneras de robar. Y luego, los atropellos en el Oriente contra los supuestos o reales guerrilleros.

Todo eso fue conformando un sentimiento de resistencia ante las negligencias y arbitrariedades con que me topaba en los cuarteles y que trascendían la vida militar. Empecé a mirar al país y a tratar de buscarle explicaciones a la contradicción en que me encontraba. Sentía que a mi alrededor gravitaban situaciones, conflictos cotidianos, muy alejados de los principios bolivarianos y de los valores en los que nos habíamos educado. Entonces apareció esa pregunta incómoda para la elite militar y política, pero que se caía de la mata: “¿Qué democracia es esta que enriquece a una minoría y empobrece a una mayoría?”

Ya había lanzado Juan Pérez Alfonso, uno de los fundadores de la OPEP, su alerta de que nos hundiríamos en el “excremento del diablo” –como llamó al petróleo–, y habían pasado otras muchas cosas. Carlos Andrés Pérez había entregado la presidencia en 1978 al destaparse los hechos de corrupción que lo comprometían –a él y a su amante–, y no era el único. Uno se encontraba en los periódicos todos los días escándalos de corruptela y el cinismo de los gobernadores y políticos que se habían enriquecido a costa del pueblo.

Poco a poco me fui enrolando en una especie de campaña en la que, por supuesto, involucré a mis amigos militares. Dumas Ramírez, por ejemplo, se vinculó en el movimiento desde que era capitán. También, logré captar a José Angarita. Nunca más lo he visto. Y otros más jóvenes, como Pedro Carreño, Jiménez Giusti… Casi todos de Barinas, incorporados al movimiento tras un trabajo de años. Cuando hicimos el Juramento del Samán de Güere en 1982 –ese año de muerte, de vida, y de compromisos–, ya había cuajado la conciencia de la necesidad de cambiar el estado de cosas, si no queríamos que ese ambiente que despreciábamos nos tragara a todos.

El Juramento del Samán de Güere

Andaba con Bolívar para arriba y para abajo. Daba charlas, reproducía sus pensamientos, compraba libros para regalarlos a los soldados y oficiales, y algunos deben tener ejemplares de esos que yo les dedicaba con mi puño y letra, en un afán de cultivar el pensamiento del Libertador, de Zamora, de Maisanta.

Y no era yo solo el que lo hacía, sino también varios de mis compañeros, con quienes compartía la pasión bolivariana. Seguramente por esa razón me invitaron a que le hablara a la tropa. Mi jefe, en el regimiento de paracaidistas, era el coronel Manrique Maneiro, a quien le decíamos el Tigre, porque era de piel muy blanca y tenía los ojos “rayados”. El 16 de diciembre de 1982, en la tarde, me llamó: “Chávez, quiero que mañana reunamos a todo el regimiento de paracaidistas y que usted pronuncie unas palabras para conmemorar la muerte de Bolívar.”

Me entusiasmé muchísimo y llamé a todos los batallones para transmitirles la orden de mi comandante. En ese momento era jefe de la ayudantía del coronel y auxiliar de inteligencia del Estado Mayor del Regimiento de Paracaidistas en Maracay. A la una de la tarde ya estaba lista la formación. El oficial que estaba anunciando la ceremonia me preguntó: “¿Dónde está su discurso escrito para cuando me lo pidan?” Le respondí: “Mi mayor, no tengo escrito el discurso. Yo voy a decir unas palabras.” “Bueno, pero según el reglamento, uno tiene que saber antes qué es lo que usted va a decir.” A esas alturas, ya él no podía hacer nada, así que comencé a hablar.

No era la primera vez que lo hacía de esa manera. Un “Día de la bandera” me pusieron a hablar en Barinas, cuando era subteniente, y mi discurso fue un reclamo. También levantó su roncha, porque me pidieron las palabras por escrito, y les dije: “Yo no escribo discursos.”

En Maracay, aquel 17 de diciembre, comencé recordando a Martí: “Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, (...) porque lo que él no hizo, sin hacer está hasta hoy.” Y enlacé con la situación de ese momento: “¡Cómo no va a tener Bolívar qué hacer en América todavía, con tanta pobreza, con tanta miseria; cómo no va a tener qué hacer Bolívar...” Cuando terminé el discurso como de media hora –no era una cadena, ni un Aló Presidente– sentí inmediatamente la enorme tensión de los oficiales. Se rompió la formación y salimos trotando, uno al lado del otro. El mayor Flores Gilán nos mandó a parar en firme y me dijo con un tono muy duro: “Chávez, usted parece un político.”

En ese tiempo decirle político a alguien, sobre todo en un cuartel, era una ofensa. Se había degenerado tanto la política, que era como si a uno le dijeran embustero, demagogo, qué sé yo, algo muy despectivo. Felipe Acosta Carlez fue más rápido que yo al responderle: “Mire, mi mayor, el capitán Chávez no es ese político que usted dice. Lo que pasa es que así pensamos lo capitanes bolivarianos y cuando uno de nosotros habla de esta manera, ustedes se mean en los pantalones.”

El coronel Manrique Maneiro mandó a poner en firme a todo el mundo e impuso silencio. Asumió la responsabilidad de lo que había pasado con una mentira piadosa: “Señores, quiero que sepan que todo lo que el capitán Chávez dijo, él me lo comentó anoche en mi oficina.” Nadie se lo creyó, pero salvó la situación por el momento. Cuando nos retiramos, Felipe Acosta Carlez, que era un caballo de batalla, me invitó a trotar para liberar un poco de presión.

Con nosotros dos salió también el capitán Jesús Urdaneta y el teniente Raúl Baduel, a quien apreciábamos como si fuera compañero de la misma promoción. Siempre le hemos tenido un gran respeto por su nivel, por su don de gente, su forma de ser, su calidad como amigo.

Fuimos a quitarnos el uniforme de campaña y a vestirnos de deporte. Como no conseguí las botas, me puse los zapatos del softball con tacos de goma. Eran poco más de las dos de la tarde. Fuimos a La Placera y luego en dirección al samán. Cuando llegamos al árbol los invité al juramento. Claro, estaba fresquecito todo lo que había ocurrido y andábamos con la indignación por dentro. Utilizamos el juramento de Bolívar: “Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.” Le cambié la última expresión, por esta otra: “...por voluntad de los poderosos”. Lo repetí y ellos lo escucharon. Al regreso, yo no aguantaba el dolor de las piernas y agarré un carrito junto con Baduel.

A partir de ahí tomamos este asunto con mucha seriedad. Entre los detalles que conversamos aquel día estuvo cómo empezar a captar oficiales, según un principio riguroso: si teníamos algún candidato, se aceptaría en el movimiento solo por consenso. Nadie estaba autorizado a incorporar a otro por la libre, teníamos que ser muy cuidadosos.

Así quedamos. Pero al día siguiente estaba en mi oficina, y sentí la llegada de un carro, un auto deportivo, de marca Mustang. Era Felipe: “Mire, compadre, compadre –él hablaba así, ¿no?–, ven acá, ven acá.” Y salimos. Al frente del comando estaba el carro: “Mira, mira, ya tengo un subteniente listo.” Le digo: “Coño, catire, ¿no dijimos que era con calma?, vale, hasta que no haya consenso.” Me respondió: “Estoy seguro de que este carajito es bueno... Está dentro del Mustang, chico, y por lo menos asómate para que él vea que lo que estamos haciendo es de verdad; no vaya a pensar que yo estoy inventando aquí.” Cuando me asomé, el muchacho era nada más y nada menos que Ronald Blanco La Cruz.

Nace el movimiento bolivariano

Ya yo andaba en reuniones con algunos movimientos militares –como el de Trejo, que no acababa de cuajar–, y políticos –como el de Douglas Bravo–. Siempre insistía en la unidad, y una vez logré reunir a Trejo con Bravo en Maracay, antes de 1982, y hasta les inventé un verso : “Comandante Trejo, comandante Bravo,/ juntos haremos la Revolución, ¡carajo!”

Se habían constituido varios grupos, pero no existía nada formal hasta el día del juramento. A partir de ese día nos dimos a la tarea de conformar un movimiento, amparado en el concepto del árbol de las tres raíces, intentando articular ideológicamente las concepciones que mejor se adaptaban a la realidad venezolana y, en particular, al contexto en el que nos movíamos.

Nos dimos cuenta de que la ideología que Douglas Bravo defendía no iba a tener eco en las fuerzas armadas. El marxismo chocaba con la naturaleza misma del cuerpo militar profesional. Era muy difícil mezclar abiertamente a Marx y a Lenin con nuestra formación prusiana. Al único que logré llevar ante Douglas fue a Luis Reyes Reyes; otros grandes amigos se negaron: “¿Conspirar con Douglas? Tú estás loco.” Comprendí que por ahí no andaba la cosa.

Por eso, acudimos de lleno al pensamiento bolivariano, a su ideología, nutriéndonos de todo lo demás. Comenzamos a investigar. Designábamos grupos con tareas específicas: el estudio del pensamiento de Bolívar, Miranda, Zamora, Simón Rodríguez…

Así fue cuajando como un pensamiento diverso, que dio sus primeros frutos a finales de los ochenta, particularmente después del Caracazo, en febrero de 1989. Esta rebelión popular le dio un gran impulso al movimiento. Cuando se produjo, reanudamos con más fuerza las reuniones y conspiraciones. Ya nuestro trabajo ideológico, político, organizativo, estaba consolidado.

Pero en años anteriores a 1989, pasamos por etapas en las que llegamos a pensar que el movimiento se había acabado, que se había venido todo abajo. Estaba muy aislado y vigilado. Me pasé tres años metido en las sabanas de Elorza, sin darme cuenta al principio de que esa experiencia era exactamente lo que me faltaba para conformar una visión integral de mi país.

Con los indios de Elorza

Siento que en Elorza terminé por descubrirme a mí mismo. Ahí seguí el rastro de Maisanta, que estaba fresco todavía en la memoria de los pobladores más viejitos. Encontré a una señora en un fundo llamado Flor Amarillo, que me indicó el lugar donde lo había visto cuando era niña. Me dijo: “Llegó por ahí, donde usted amarró el caballo, se acercó a esta casa y vio a mi abuela y a mi mamá de luto.” “¿Y por qué están de luto?, ¿dónde está mi compadre?” –dijo Maisanta. Las mujeres salieron llorando y le explicaron que había llegado un coronel del gobierno de Gómez a preguntar por el padre de familia, y como no lo encontró, secuestró a una de las muchachas de la casa. Por eso la mamá y la abuela de aquella señora estaban de luto, como si penaran a una muerta. Cuando llegó Maisanta, hacía como una semana que el coronel gomecista se había llevado a la muchacha, que era tía de la señora que me relató la historia.

“Aquel hombre alto –decía ella– preguntó: ‘¿por dónde se fueron?’ Cogieron por el camino hacia las sabanas de Alcornocal, hacia el Caño Caribe. ‘Está bien, ya vuelvo’.” A los pocos días regresó con la muchacha. La rescató y la entregó a la familia. Muchos años después, esta viejita lloraba de agradecimiento al mencionarle el nombre de Maisanta. Cuando le expliqué que yo era su descendiente, me respondió: “Quiero decirle que a su bisabuelo lo hemos adorado en esta casa.”

Sesenta y tantos años después, encuentro en aquella tierra los rastros de las batallas y las esperanzas de Pedro Pérez Delgado, así como las de los indios yaruros y los cuivas. Me involucré en sus dolores hasta el alma. Aprendí a quererlos. A su lado viví experiencias terribles y, también, hermosísimas. Los indios fueron atropellados toda la vida y yo lo sabía, pero vine a tomar conciencia de eso allá, cuando era capitán, en su mismo territorio, viviendo a su lado.

Mi primer encuentro con los indios fue una gran batalla en la ribera del Caño Caribe, en Apure, cerca de la frontera con Colombia. Llegaban los terratenientes hasta el escuadrón de caballería para denunciar a los indios. Al cura de ese pueblo, Gonzalo González –ya no es cura, se casó y sigue viviendo allá con su mujer– lo quise y lo quiero mucho. Él me dijo cuando llegué a ese lugar: “Mire, capitán, muchos de esos señorones que usted ve ahora por aquí, que tienen hatos y son ricos, salían hace veinte años a matar indios, como quien mata venados. Los masacraban y los echaban de las tierras, pues.” Me contó cómo hasta los quemaban vivos.

Hubo un caso famoso, conocido como “la mataza de La Rubiera”. Invitaron a unos indios a trabajar en un fundo. Ellos fueron con sus niños, porque los indios no dejan a sus criaturas. Cuando estaban comiendo en un rancho, llegaron unos hombres blancos y los machetearon a todos. Solo dos sobrevivieron. Se tiraron el río y llegaron al pueblo dos días después, buscaron al cura, que los escondió y luego los trajo para Caracas, donde reventaron el lío. Realizaron la investigación y encontraron los cadáveres quemados. Todos esos cuentos me los hizo el cura.

A mi comando llegaban quejas de los ganaderos y siempre les decía: “Eso no es problema mío, sino de la policía; vaya al pueblo y haga la denuncia.” Nuestro escuadrón quedaba llano afuera. Los ganaderos empezaron a decir que yo no colaboraba, porque estaban acostumbrados a que el ejército atropellara a los indios. Y yo siempre les decía que esa no era mi tarea.

Pero un día llegó una señora muy pobre, llorando: “Que los indios me robaron dos cochinos. Tenía una alcancía y la rompieron y botaron el dinero. Eran puros fuertes de plata.” Me dio dolor y salí a ver qué pasaba con los indios. Seleccioné unos 15 soldados y nos fuimos con un baqueano –un viejo rastreador– que había sido soldado de las tropas de Pérez Jiménez. Aquel hombre me enseñó mucho ese día. En algún momento me dijo: “Huele a indio.” Yo no olía nada. “Aquí orinaron y fue una mujer.” “¿Cómo sabe que es mujer?” “Porque deja pocitos…, mientras que el macho lo riega todo…” Era un experto en cacería de indios.

De pronto, me advirtió que los indios estaban cerca. Los vi con los binoculares. Estaban debajo de una mata de mango comiendo las frutas. Ingenuamente, le dije al sargento: “Vamos a rodear la mata.” El baqueano me advirtió que no iba a poder llegar hasta ellos. “Voy a tratar.” “Tenga cuidado.” El viejo me acompañó, valientemente. Me puse el fusil en bandolera, con el cañón hacia abajo y di la orden de que nadie disparara, salvo si yo lo ordenaba.

Cuando los indios me vieron improvisaron un extraordinario e inmediato dispositivo de defensa. Fue como si hubieran salido veinte rayos de la mata de mango. Se dispersaron como un celaje en el monte, incluidas las mujeres con sus hijos. En un abrir y cerrar de ojos los hombres me dieron batalla. Sacaron sus cuchillos y se nos vino encima una lluvia de flechas. A mí me pasó una tan cerca que por poco me alcanza en la cabeza.

Con tantas cosas que habían pasado, ellos pensaban que íbamos a atacarlos. Agarré la pistola y disparé al aire. Mandé a los soldados a que se replegaran. Incluso, hubo hasta un encuentro físico entre un indio y dos soldados, pero por suerte no hubo heridos. Si llega a haberlo, me meto en tremendo lío, porque yo no tenía autorización para ir a perseguir indios.

Traté de tranquilizar a los soldados: “Aquí nadie dispara”, y los indios se fueron. En ese momento oí en la espesura los gritos de una india. Era pleno invierno. Llegamos a la orilla del Caño Caribe –un río ancho, muy caudaloso– y veo a una mujer en el medio del agua, que cargaba a su niño en cuadril, un bebé peloncito. Con una mano sujetaba al muchacho y con la otra, nadaba aguantando un cuchillo. A mi lado estaban los soldados y el baqueano. Nunca en mi vida olvidaré los ojos de aquella mujer que me lanzó una mirada, un relámpago de odio, y me impactó. Se hundía en el agua, con el niño, y salía otra vez. Yo estaba angustiado: “Se va a ahogar.” ¿Sabe lo que me dijo el baqueano? “Capitán, dispárele.” Y no era un mal hombre ese, hasta donde yo lo había conocido. Me sorprendió: “¿Cómo?” “Mátelos, esos son animales, y ese carajito cuando crezca va a echar flechas también.”

Por supuesto, no lo hice. Me aseguré de que la mujer finalmente cruzara el río y se reuniera con los suyos. Me sacudieron dos cosas aquel día: primero, la respuesta de los indios al verme uniformado, y aquel “mátelos, que son animales”. Estuve varios días reflexionando sobre eso.

¿Tú sabes que pasa todavía con los indios? Si te ven a ti con unos indios, dicen: “Por ahí pasaron diez indios y un racional.” Todavía se oye eso, a estas alturas. Y lo comenta a veces gente humilde, pobre, campesina. Me preguntaba cómo cambiar semejante situación, ¿qué hacer? Ahí es donde interiorizo ese drama, la estructura social salvaje y profundamente excluyente de la sociedad rural venezolana.

Me fui a la biblioteca de San Fernando de Apure, a la Oficina Regional de Asuntos Indígenas para estudiar la población indígena y ubicar en un mapa dónde vivían. Me hice amigo de Arelis Sumávila, una socióloga de la Universidad Central de Venezuela (UCV), que llevaba como veinte años estudiando a los cuivas y a los yaruros. La llamé. Me dejé crecer el cabello y me fui en una de las expediciones de Arelis, a visitar indios, vestido de civil, con otros dos muchachos. Ella nos presentó como estudiantes, que realizaban una investigación.

Pasé entre los indios varios días, durmiendo y comiendo con ellos, tratando de entender su mundo. Me acogieron como a un amigo. Me fui y luego, como a las dos semanas, regresé uniformado. Primero se alebrestaron, y yo me quité la gorra y llamé por su nombre al capitán indio: “¡Vicente!...” Ellos se quedaron paralizados, porque respetaban mucho a Arelis. Nos sentamos a hablar, y al rato estaban los soldados como si nada, entre ellos. Ahí comenzó un proceso de acercamiento, que terminó en una adoración mutua.

Cuando esos indios iban a Elorza –ellos andan siempre juntos–, llegaban al patiecito de mi casa y Nancy, la madre de mis tres muchachos mayores, compraba pan y hacía comida para 60 ó 70 personas. Un día Nancy me dio las quejas: “¿Cómo es posible? Mira, esos indios me llevaron las pantaleticas de las niñas.” Ella tenía ropa recién lavada sobre la cuerda del patio. Le expliqué: ellos no tienen idea de la propiedad privada; no tienen noción de que esto es tuyo y esto es mío. Toman lo que necesitan, como se toman las frutas de los árboles o el pez en el río.

Me contaron años después que dos jóvenes capitanes indios estaban en Caracas el 4 de febrero de 1992. Habían venido a la universidad con la amiga socióloga. Cuando transmitieron mi alocución en la televisión, uno de ellos se puso a llorar y dijo: “Ese es Chivas Frías –nunca lograron pronunciar Chávez Frías–. Yo sabía, yo sabía...”

Nuestro rechazo absoluto a la ideología imperial

A partir de la llegada de mi generación a la FAN, la influencia de Estados Unidos fue disminuyendo progresivamente. En nosotros creció un sentimiento nacionalista, que surgía entre los militares venezolanos. Por ejemplo, cuando nosotros llegamos a los campos antiguerrilleros, ya no había asesores gringos. Cada vez iban menos oficiales a estudiar a las academias militares norteamericanas. Yo estuve a punto de ir a Estados Unidos, pues quedé en primer lugar en uno de los cursos y me correspondía, según el reglamento, optar por estudios superiores en el exterior, que casi siempre eran en ese país.

No fui, pero como ustedes han comprobado en las entrevistas, muchos de los que asistieron a esos cursos, no solo no se envenenaron con la instrucción norteamericana, sino todo lo contrario, reforzaron su sentimiento nacionalista. El proceso ideológico que se fue gestando en los cuarteles tomó distancia del imperialismo. Estudiábamos a Bolívar, y la consecuencia lógica fue el rechazo absoluto de la ideología imperial.

Por ejemplo, Ronald Blanco La Cruz estuvo varios años en una academia militar en Estados Unidos. Lo vi el día que regresó a Caracas y me comentó: “Después de estos dos años en ese país vengo más convencido de que tenemos que hacer la Revolución.” Sintió el desprecio hacia los latinos, la subestimación hacia nuestros pueblos. Como diría Martí, vivió en el vientre del monstruo y conoció sus entrañas.

Por supuesto, Venezuela siente hoy como nunca el peligro del acecho norteamericano, que siempre estuvo y estará ahí. Sin embargo, creo que el riesgo mayor ha quedado atrás. Los oficiales que se comprometieron con el golpe de Estado y con la contrarrevolución estaban fuertemente conectados con la embajada y el gobierno norteamericanos. La mayoría se fue. Se hizo un deslinde bastante evidente entre los apátridas y los patriotas. Estoy convencido de que nuestras fuerzas armadas, desde los cuadros máximos y los altos mandos hasta los cadetes, están muy conscientes de eso.

La decisión de sacar la misión militar norteamericana de Fuerte Tiuna fue respaldada por la mayoría de los oficiales. Ellos fueron incluso los que diseñaron el proyecto de hacer una escuela allí. Un capitán me comentaba la posibilidad de traer a ese lugar a los indios y los pobres para que estudien y puedan disponer de dormitorios. Es decir, un hotelito y una escuela para que los venezolanos más humildes pasen cursos sobre hidropónicos y organopónicos.

El riesgo de una nueva acción norteamericana siempre existirá. Ellos nunca abandonarán la idea de captar, de comprometer a la gente contra una Revolución que ha dicho claramente que el imperio es su principal enemigo. Pero encontrarán una gran resistencia dentro de la Fuerza Armada. No se puede subestimar la gran fortaleza ideológica, doctrinaria y nacionalista de nuestros militares. Sobre todo ese su gran sentimiento nacionalista.

Voy a salir con dignidad

El 4 de febrero de 1992 me llevaron preso unas horas déspues del inicio de la rebelión. Cuando estaba en el Ministerio de la Defensa, en la misma oficina donde hoy está García Carneiro –allá mismo me llevaron y al rato me vi sentado tomando café, fumando, muy preocupado, y oyendo lo que hablaban los generales–, me di cuenta de que iban a comenzar a bombardear a los muchachos de Maracay y Valencia. Me dirigí a un almirante y le pedí que me permitiera hablar con mis compañeros en esos lugares: “Tienen que evitar ustedes una matanza; ya hemos depuesto las armas.”

Incluso llegué a pedir un helicóptero para ir a Maracay a hablar con Jesús Urdaneta, que no quería atender razones de nadie. Él me había dicho el día anterior, en el mismo lugar donde diez años antes habíamos hecho nuestro juramento en el samán de Bolívar: “Compadre, si esto falla, yo no me rindo.” Urdaneta estaba dispuesto a inmolarse. Cortó los teléfonos y no quería recibir a nadie. Lo tenían rodeado y ya iban a bombardear el comando de los paracaidistas. En ese instante les pedí a los oficiales que me permitieran ir en helicóptero a hablar con él y convencerlo de que se rindiera. Pero no aprobaron esa solución.

Se me ocurrió entonces una idea quizás pueblerina, pero práctica: “Manden a llamar a alguien de Radio Apolo, que lo oyen mucho en Maracay, y yo les transmito el mensaje por esa vía.” Ahí surgió la idea de incorporar todos los medios –incluida la televisión–, que no fue exactamente a mí a quien se le ocurrió. Uno de los almirantes –inspector de la Fuerza Armada– dijo: “Chávez, podríamos llamar a los medios para que usted lance su mensaje de rendición a toda la gente.”

Estuve de acuerdo y así se hizo. Ellos querían entonces que escribiera mi mensaje y yo me negué de plano: “No voy a escribir nada. Voy a llamar a rendición. Les doy mi palabra de honor.” Pedí mi boina, mi fornitura, porque recordé a Noriega, a quien los americanos lo sacaron todo doblado, desmoralizado. “Yo voy a salir con dignidad”, pensé. Entonces salí y dije lo que ustedes ya conocen.

Después, en la cárcel, descubrimos que, antes de la rebelión del 4 de febrero de 1992, habían intentado asesinarme. Ocurrió tres meses antes, en diciembre de 1991. El movimiento fue penetrado por ciertas organizaciones de extrema izquierda –que ahora son de extrema derecha–, grupos que siempre han sido mercenarios, algunos procedentes de Bandera Roja, de la gente de Gabriel Puerta Aponte y otros.

Bandera Roja infiltró el movimiento militar a espaldas de los comandantes. Habían estado incitando a los oficiales subalternos, a los capitanes y a un grupo de sargentos, para que desconocieran nuestro liderazgo. Yo me negaba a incluirlos a ellos en el comando. Teníamos informaciones de cuáles eran sus tendencias y sabíamos que estaban empujando a un sector de las fuerzas armadas para que se lanzara a una la rebelión contra nosotros, con la idea de apoderarse de la dirección.

Cuando detectamos la infiltración, la combatimos muy duro. Recuerdo que ese diciembre llegué hasta aquí, hasta Miraflores, a conversar con unos oficiales que teníamos comprometidos. Vine a decirles, en persona: “Nadie mueve un soldado si yo no doy la orden directamente. Ustedes conocen mi letra y mi firma.” Hice lo mismo en el Batallón de Tanques y en el de los paracaidistas.

El primero que me alertó fue el negro Chourio, que era teniente de mi batallón: “Mire, mi comandante, me llamaron a una reunión y me dijeron que si yo estaba dispuesto a sacar el batallón a espaldas suyas. Esto es muy grave, se está cocinando una traición.” Después de la alerta comencé a investigar con un grupo de comando. Logramos frenar lo que hubiera significado el aborto del movimiento. En ese momento, Bandera Roja discutió la posibilidad de matarme, de sacarme del medio, y planificó el asesinato... Una noche, incluso, me invitaron a una reunión y yo fui, inocentemente. Pero los que tenían la misión no se atrevieron a atentar contra mi vida.

De eso me enteré después, en la cárcel, cuando uno de los implicados en aquel intento de asesinato me hizo toda la historia, una noche en que estábamos cantando con una guitarra y viendo la luna por la ventana: “Mire, mi comandante, yo tengo algo por dentro y quiero decírselo, porque ahora sí lo conozco. Me habían convencido de que usted había vendido la Revolución, que estaba desmontando el movimiento, entregándolo a los generales, que había negociado. Yo fui designado para matarlo.” Me contó todo. Fue el único intento de asesinato que conocí, así, por un testimonio directo.

Abril de 2002

¿Lo que más me doliódel golpe? Sin duda alguna: los inocentes que cayeron frente a este Palacio, abatidos por los fran-cotiradores contrarrevolucionarios... Este es uno de los dolores más grandes de aquellos momentos terribles en abril de 2002, y luego hubo muchos dolores, ¿no? Los traidores duelen también. Pero al igual que me ocurrió cuando me enfrenté a la pérdida de la abuela, tuve una reacción de vida. Resurgí con mayor vitalidad.

Decía Carlos Marx que a la revolución le hace falta el látigo de la contrarrevolución. El látigo duele, pero enseña si ese dolor se transforma en fuerza.

Sin embargo, usted, como San Francisco de Asís, ha perdonado mucho.

Perdón no es la palabra. En verdad no los perdono. Por ejemplo, la traición de Luis Miquilena nunca la perdonaré. Perdonar sería como justificar. Sería como decir: “Está bien, te perdono y vamos a trabajar juntos...” No. Los traidores están allá, en el otro extremo. No están condenados por mí. Ellos están marcados y condenados por la historia.

Pero, los golpistas están en la calle…

No porque yo los haya perdonado. Ni siquiera me han dado esa posibilidad. Si se hubiera podido seguir un juicio civil o militar, como debió hacerse, y a mis manos hubiese llegado la decisión de indultarlos, no los habría indultado. Las condenas definitivas pasan por mis manos y me toca decidir, incluso, si un juicio de esta naturaleza continúa o no, así de sencillo, según nuestras leyes civiles y militares. Pero eso nunca ocurrió. Si ocurriera, no los perdonaría.

Firmé la baja, por medida de expulsión disciplinaria, de algunos que fueron grandes amigos míos, y no me tembló la mano. No hay ningún perdón allí. Existe la imagen de que soy, además de noble, indulgente, y que he perdonado demasiado. No es así, entre otras razones porque en estos casos no me ha correspondido tomar una decisión acerca de esas personas.

Aquí vinieron a entrevistarme tres fiscales, designados para el antejuicio. Aporté todas las pruebas que tenía a mi disposición –y fueron muchas– para tratar de condenar a los golpistas. Solo que allá en el Tribunal Supremo, allá, los perdonaron. Fuero ellos, no yo. Si por mí fuera, estarían presos. Claro, con todo respeto hacia sus derechos humanos: sin torturar a nadie, respetando su dignidad.

Algunos dicen que el día del golpe yo regresé y mandé para sus casas a un grupo de personas que estaban detenidas. Era lo correcto: ponerlos a la orden de la Fiscalía. No podía mantener aquí, en un sótano, a mujeres y hasta algunos niños que se habían quedado encerrados en el Palacio, mientras los pejes gordos estaban fuera. Así que lo primero que dije, cuando me informaron que tenían a todas aquellas personas aquí, fue que las soltaran. Ni siquiera las vi. Sí, he sido generoso. No me arrepiento de ello, ¿sabes? No me arrepiento de ello.

Un padre

Su hija María Gabriela nos dijo hace un rato: “Quiero a Fidel como a un abuelo, porque él quiere a mi padre como a un hijo.”

Es verdad. Fidel es como un padre. Así lo veo yo también, y una vez hasta se lo escribí. Él ha sido, desde hace mucho tiempo, una referencia para mí. En la cárcel leí mucho La historia me absolverá, Un grano de maíz, sus discursos y entrevistas… ¿Saben qué le pedí a Dios en la cárcel?: “Dios mío, quiero conocer a Fidel, cuando salga y tenga la libertad para hablar, para decir quién soy y qué pienso.” Pensaba mucho en eso: en salir para conocernos.

Luego se produjo el encuentro en La Habana –ahora en diciembre se cumplirán 10 años–. Esa reunión fue para mí maravillosa; no olvidaré aquel contacto, las primeras horas de conversación. A medida que han pasado los años, Fidel se ha venido erigiendo como un padre. Así lo vemos mis hijos y yo, y hasta el nieto Manolito, que dicen que se desternilló de la risa cuando vio a Fidel.

El día que él entró a la casita de la abuela en Sabaneta tuvo que agacharse. La puerta es bajita y él, un gigante. Yo lo veía, ¿no?, y le comenté a Adán, mirándolo allí, como si fuera un sueño: “Esto parece una novela de García Márquez.” Es decir, 40 años después de la primera vez que escuché el nombre de Fidel Castro, él estaba entrando en la casa donde nos criamos. Recuerdo aquel acto en la Plaza Bolívar, que pusieron la tarima donde no era por un problema de seguridad: ¡Ay, Dios mío! Esto es como una novela de esas que escribe el Gabo, pero en vez de 500 años de soledad, nosotros tendremos 500 años de compañía.

Fidel para mí es un padre, un compañero, un maestro de la estrategia perfecta. Algún día habrá qué escribir tantas cosas de todo esto que estamos viviendo y de los encuentros que he tenido con él… Se ha venido fraguando una relación tan profunda y tan espiritual, que estoy convencido de que él siente lo mismo que yo: ambos tendremos que agradecerle a la vida el habernos conocido.

No voy a traicionar mis orígenes

No voy a traicionar mi infancia de niño pobre de Sabaneta. Inmediatamente después que enterramos a la abuela Rosa Inés, en enero de1982, me fui para la casa de Adán y allí, en la noche, junto a una lamparita que él tenía en su pequeño, estudio escribí un poema dedicado a ella.

Me salió de un tirón. Fue una especie de juramento ante Rosa Inés, una memoria que es para mí sagrada:

Quizás algún día,

mi vieja querida,

dirija mis pasos

hacia tu recinto.



Con los brazos en alto

y con alborozo

coloque en tu tumba

una gran corona

de verdes laureles.

Sería mi victoria,

sería tu victoria,

y la de tu pueblo

y la de tu historia.



Y entonces,

por la Madre Vieja

volverán las aguas

del río Boconó,

como en otros tiempos

tus campos regó,

y por sus riberas

se oirá el canto alegre

de tu cristofué

y el suave trinar

de tus azulejos

y la clara risa

de tu loro viejo.



Y entonces,

en tu casa vieja

tus blancas palomas

el vuelo alzarán.

Y bajo el matapalo

ladrará Guardián,

y crecerá el almendro

junto al naranjal.



Y también el ciruelo

junto al topochal

y los mandarinos

junto a tu piñal

y enrojecerá

el semeruco

junto a tu rosal

y crecerá la paja

bajo tu maizal.



Y entonces,

la sonrisa alegre

de tu rostro ausente,

llenará de luces

este llano caliente

y un gran cabalgar

saldrá de repente.

Y vendrán los federales

con Zamora al frente,

y el catire Páez

con sus mil valientes,

las guerrillas de Maisanta

con toda su gente.



O quizás nunca, mi vieja,

llegue tanta dicha

por este lugar.



Y entonces,

solamente entonces,

al fin de mi vida,

yo vendría a buscarte,

Mamá Rosa mía,

llegaría a la tumba

y la regaría

con sudor y sangre,

y hallaría consuelo

en tu amor de madre

y te contaría

de mis desengaños

entre los mortales.



Entonces,

abrirías tus brazos

y me abrazarías

cual tiempo de infante

y me arrullarías

con tu tierno canto

y me llevarías

por otros lugares

a lanzar un grito

que nunca se apague.



Esos versos han sido y seguirán siendo mi compromiso con ella y conmigo mismo. Al lado de Rosa Inés conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendí con ella a trabajar y a cosechar. Conocí la solidaridad: “Huguito, vaya y llévele a doña Rosa Figueredo esta hallaca, este poquito de dulce.” Me tocaba ir, en su nombre, repartiendo platicos a las amigas y a los amigos que no tenían nada, o casi nada, como nosotros. Y siempre venía también de vuelta con otras cositas que mandaban de allá: “Llévele a doña Rosa esto.” Y era un dulce o alguna otra cosita de comida, que si una mazamorra o un bollito de maíz. Yo aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y que constituyen el alma de mi país. Traté de decirle a Rosa Inés en ese poema que nunca voy a olvidar sus enseñanzas y que nunca voy traicionar nuestros orígenes.
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Entrevista a Ricardo Alarcón, presidente del parlamento cubano

Entrevista a Ricardo Alarcón, presidente del parlamento cubano "Bush quiere anexionar Cuba a Estados Unidos

Francisco Forteza
AMATE


LA HABANA, 16 DE JULIO.-El presidente del parlamento cubano, Ricardo Alarcón, dijo en La Habana que con sus nuevas medidas anticubanas el mandatario estadounidense, George W. Bush, ha convertido a los cubanos residentes en Estados Unidos en ciudadanos de segunda categoría y pretende anexar a Cuba a ese país.

"Está creando un apartheid" contra los cubanos residentes en territorio norteamericano, dijo Alarcón en entrevista concedida a AMATE en la sede de la Asamblea Nacional del Poder Popular (parlamento cubano) en esta capital. "Lo peor del nuevo plan de Bush no es solo por causa de las sanciones que impone contra la familia, sino porque por primera vez presenta un programa norteamericano de gobierno de Cuba para el futuro, que comenzaría su vigencia desde ahora. La Casa Blanca va a designar desde ahora un llamado coordinador de la denominada transición quien dirigiría una etapa inicial del gobierno que pretenden instaurar aquí".

"Desde ahora el gobierno estadounidense crearía lo que se ha llamado como Comité Permanente del gobierno de Estados Unidos Para la Reconstrucción de la Economía" cubana, lo cual equivale a que administrarían la economía de la Isla una vez que destruyeran la revolución. Ello equivale a la anexión de Cuba a Estados Unidos", denunció el dirigente.

"Puede parecer exagerado, pero a personas que se les han ocurrido acciones inmediatas como castigar familias, ancianos cubanos en ambos países con sus sanciones, y medidas ridículos como prohibir el envío a Cuba de ropas y productos de aseo es perfectamente comprensible que tengan como objetivo el anexionismo", puntualizó.

Recordó que el informe de casi 500 páginas de Bush que contienen la manera de gobernar a Cuba por parte de Estados Unidos, contempla despojar a los cubanos incluso de sus viviendas y devolvérselas a sus antiguos dueños privados.

"Ellos saben que ello provocaría en Cuba un descontento tan profundo entre la población, que han ideado un plan represivo cruento para lidiar con esa fase", manifestó.

Alarcón consideró que aún es temprano para hacer un cálculo económico preciso del daño que causarán las medidas de aplicación inmediata -están vigentes desde el día 30 pasado- de Bush, pero recordó que por lo pronto hicieron desaparecer varios vuelos humanitarios a Cuba y han hecho más complejos los que se realizan desde Miami, Florida.

La administración republicana limita ahora los viajes de cubanoamericanos a su patria a solo una vez cada tres años. Otras medidas son tratar de limitar las remesas que envían esas personas a sus familiares en la Isla al tolerar solo por nivel de parentesco "de primera categoría" sus receptores, y prohibir los envíos de paquetes con ropas y artículos de aseo personal.

"Pese a las sanciones con las que amenaza ahora la administración Bush a los cubanos residentes en Estados Unidos, muchos de estos han dicho que buscarán la manera de seguir visitando a sus familias en Cuba y enviando su ayuda. Cualquiera haría lo mismo en sus casos. Las acciones de Bush van contra la esencia de la Constitución de Estados Unidos porque inciden -con amenazas de castigos- en las vidas privadas de las personas, en sus relaciones familiares. Muchos políticos republicanos conservadores no podrán entender nunca medidas como esas a partir de que atacan valores familiares", dijo el presidente del parlamento cubano.

Sobre las repercusiones en Cuba de las medidas de Bush, Alarcón recordó que el gobierno isleño reaccionó subrayando que defenderá los amplios beneficios sociales que tiene la población cubana y su nivel de vida y de alimentación en general.

"Las alzas en los precios que se decretaron tras un cierre organizativo de las tiendas que venden sus artículos en Cuba por divisas no son significativas", expresó.

El presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba dijo que las medidas de la Casa Blanca sí tienen un efecto político: el de unir a todos los cubanos en la Isla en contra de estas y de Bush, y cohesionar a estos con un amplio sector cubanoamericano en Estados Unidos, que las ha repudiado.

"Quienes hicieron estas medidas buscan fines electoralistas, inmediatistas, como sería el de tranquilizar y asegurar el voto y las influencias de cubanoamericanos extremistas que ya no tienen lazos con su país y que en algún momento llegaron a acusar al presidente Bush de ser un traidor a la causa", afirmó.

Alarcón llamó la atención sobre el hecho de que al anunciar las medidas anticubanas, el Subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental, Roger Noriega, hizo una distinción entre dos grupos de cubanos residentes en Estados Unidos.

"Les interesa el voto en noviembre próximo de los batistianos, de la mafia cubana encabezada por personas como Lincoln Díaz Balart e Ileana Ross-Lethinen y han desechado a los nacidos en Cuba que tienen vinculos con Cuba y que llegaron a Estados Unidos recientemente", expresó.

El diputado cubano observó además que con las reacciones de amplias capas de cubanoamericanos contra las medidas de Bush, se ha probado que los cubanos residentes en Estados Unidos no solo "exiliados" sino una comunidad que vive en el extranjero.

"¿Qué exiliado en el mundo visita y pelea por mantener su derecho a su país de origen?", preguntó.

El dirigente parlamentario consideró que el fracaso de las medidas de Bush es cuestión de tiempo. "Al parecer, el candidato por el Partido Demócrata, John Kerry, ha dicho que las eliminará si llega a la presidencia, pero incluso si Bush es reelecto, el rechazo a las acciones que acaba de aplicar se irá ampliando para llevar a un desastre electoral a los republicanos más tarde", pronosticó.

"Las acciones fueron aplicadas bajo la presión de la mafia anexionista de Miami, que está desesperada, que quiere acelerar a toda costa el fin de la revolución Cubana, usar todos los recursos del estado norteamericano ahora con ese fin, porque nunca en la historia de dio antes que la derecha estadounidense tuviera además de la presidencia, la jefatura de ambas cámaras en el Congreso y a tres docenas de individuos de origen cubano en posiciones claves en la administración republicana", expresó.

"Si con esta combinación que incluye conceptos globales como la guerra preventiva y ataques como el de Iraq no pueden lograr sus objetivos, después perderían quizá la presidencia o las mayorías en las cámaras", dijo. "Con el tiempo, el destino de todas sus medidas es el fracaso".

En este contexto Alarcón alertó sobre la posibilidad de algún tipo de operación bélica próxima de Estados Unidos contra Cuba.

"Es verdad que están muy enredados con la situación en Iraq, pero en la Casa Blanca actúan con tanta irracionalidad que podrían pensar que creando un nuevo foco de tensiones, en este caso con Cuba, podrían llevar a la opinión pública estadounidense a desviar la atención del escenario iraquí", subrayó.

Alarcón consideró que de decidir tal cosa el gobierno de Estados Unidos -que no ha negado la posibilidad un ataque militar a Cuba como opción- podría recurrir a ataques aéreos y otras operaciones.

"En nuestro país van a encontrar una resistencia total. Nosotros estamos preparados y no adoleceremos de imprevisiones como en otros casos de la historia. Aquí la población está cohesionada. No hay diferencias religiosas violentas ni enfrentamientos étnicos", advirtió el parlamentario.

BUSH, LA REELECCIÓN y MICHAEL MOORE

El presidente del parlamento cubano, quien es un especialista en el análisis de las políticas en Estados Unidos, no quiso hacer pronósticos sobre el resultado de los comicios presidenciales en ese país en noviembre próximo.

"Bush ha cometido muchos disparates. La carrera de ningún político en el mundo habría sobrevivido de cometer un solo de esos errores. Sin embargo, el presidente norteamericano se las ha arreglado para aún mantenerse en la lucha en los sondeos".

Como derivación de esa visión, Alarcón anunció que estará en un panel este fin de semana en la televisión cubana que presentará el documental del cineasta Michael Moore "Farenheit 9/11".

Comentó que en ese filme puede verse desde el robo por el candidato republicano de las elecciones del año 2000 con la ayuda de los cubanoamericanos extremistas y del gobierno republicano de la Florida, hasta las posiciones de los demócratas que permitieron que el fraude siguiera su curso.

"Kerry ha dicho que seguirá la guerra en Iraq si gana la Casa Blanca y dió su respaldo a Bush cuando este, con argumentos falsos, invadió ese país", puntualizó.

Alarcón afirmó que con respecto a Cuba, el retador demócrata ha dejado claro que seguirá tratando de destruir el sistema político, social y económico cubano. "Más de lo mismo", precisó, aunque admitió que difícilmente "ya haya nacido" una persona como Bush en cuanto a sus políticas absurdas anticubanas.

No obstante reiteró que Bush "se robó la elección del 2000, hizo la guerra a Iraq con argumentos falsos, tomó la economía norteamericana con ingresos por 500 mil millones de dólares y la devolvería, de perder los comicios, con un déficit de 500 mil millones de dólares y es el primer presidente estadounidense que debe admitir que no creó empleos en el país sino que los redujo".

"Los resultados de los comicios de noviembre dependerán de que millones de norteamericanos aún engañados por Bush, abran los ojos", vaticinó.

No obstante, subrayó que Kerry no ofrece un programa de gobierno realmente alternativo al de Bush. "Quién tiene un programa alternativo es Ralph Nader (candidato independiente) pero ya sabemos que a partir de las estructuras tradicionales de las elecciones norteamericanas, no ganará", precisó.

Entrevista a Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento de Cuba: El plan de Bush es repetir la experiencia iraquí en la isla

Entrevista a Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento de Cuba: El plan de Bush es repetir la experiencia iraquí en la isla "Más de lo mismo, si Bush gana el 2 de noviembre"

Blanche Petrich y Gerardo Arreola
La Jornada


El plan de George W. Bush para el "futuro de Cuba", previa "acelerada caída" del gobierno de la revolución, contempla figuras como la de un gobernador estadunidense para la transición, "tipo Paul Bremer en Irak", afirmó aquí el presidente de la Asamblea del Poder Popular, Ricardo Alarcón.

Agregó que prevé una Comisión Permanente para Reconstrucción Económica de Cuba, encabezada por un funcionario con rango de subsecretario de Estado, que se encargaría de conducir la economía cubana y promover los juicios de desahucio contra pobladores que tengan en su posesión los bienes reclamados por quienes hace 40 años salieron de la isla hacia Estados Unidos huyendo la revolución.

Y, entre otras cosas, dice el líder camaral, se proyectaría implementar un Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Washington y una comisión estadunidense para el libre comercio de Cuba.

Alarcón, quien por cuatro décadas se ha especializado en el análisis de las relaciones Cuba-Estados Unidos, insistió en entrevista con La Jornada en que el meollo del plan del presidente estadunidense es que "por primera vez en la larga historia de agresión, Washington planifica el gobierno del futuro".

Advierte que una de las consecuencias de las medidas inmediatas, como la prohibición de viajes de cubanos y estadunidenses a la isla, es que México podría verse orillado a participar permitiendo el despliegue de agentes estadunidenses en los aeropuertos nacionales para "cazar" a los viajeros que pretendan dar un rodeo y desafiar la prohibición del gobierno de Bush.

Alarcón es fanático de la película Farenheit 9/11, del cineasta estadunidense Michael Moore, que la televisión cubana estrenará este sábado en horario estelar. Después de la cinta se transmitirá un panel de discusión en que participará el presidente de la Asamblea.

En otro momento de la entrevista, habló de su pulso ante las elecciones estadunidenses: "Si Bush triunfa, será más de lo mismo. Si gana John Kerry, aunque de él cabe esperar más cordura, hay que reconocer que es una época de guerras preventivas que van más allá del conflicto con Cuba, lo que cabe es esperar que reoriente la posición de Estados Unidos en el mundo".

Pero no se fía y por lo pronto anuncia que en noviembre estará engrasando su fusil. Porque una derrota del republicano abriría para la isla un peligroso compás de espera, dos larguísimos meses hasta el momento de la entrada de Kerry a la Casa Blanca.

En ese lapso "cualquier provocación y la guerra puede ocurrir. La mafia de Miami estaría viendo cómo se les acaba su tiempo en el poder. Tendrían por delante cuatro años de gobierno demócrata; ellos, que han vivido 30 años maldiciendo la memoria de John Kennedy, siempre han visto a los demócratas como parte del enemigo".

-Aceitar su fusil, ¿es retórica?

-Nosotros no lo podemos ver como juego. La resistencia en Irak es cosa muy seria. Y aquí somos más organizados, una nación más hegemónica, con una experiencia de 40 años de lucha, con una concepción defensiva.

En el recibidor de sus oficinas, el congresista acomoda en su regazo un grueso legajo. "Esto lo bajamos de Internet", dice. Son 450 cuartillas, mucho más de las 50 páginas del sumario ejecutivo que la Comisión para la Acelerada Transición en Cuba entregó a la prensa.

"El sumario ejecutivo es deliberadamente engañoso. No transparenta aspectos como el objetivo del llamado Comité Permanente de Reconstrucción Económica, con un coordinador a nivel de subsecretario de Estado, estadunidense, claro, que tendría la responsabilidad de dirigir la economía después de la caída del régimen cubano".

Alarcón, que ha estado en la línea de choque con Estados Unidos los últimos 40 años, se sorprende: "El lenguaje que utiliza este plan es de una crudeza que no habíamos escuchado antes".

Hay otro organismo, el Comité Conjunto para Canalizar las Inversiones e Importaciones, presidido por un subsecretario, integrado por los departamentos de Estado, del Tesoro, Comercio, la Agencia Internacional para el Desarrollo, Justicia, Agricultura, Vivienda y otras dependencias estadunidenses, facultado para tomar todas las decisiones sobre la economía de Cuba.

Y otro más, que describe cómo va a funcionar un comité de desahucio en los juicios de las propiedades abandonadas en Cuba por los cubanoestadunidenses a raíz del triunfo revolucionario.

También, la negociación de un TLC, pero no son dos partes en la negociación, sólo una. "Es como si el Tratado de Libre Comercio de América del Norte se hubiera negociado entre Estados Unidos y un comité estadunidense de reconstrucción económica de México".

-Aquí en Cuba, ¿de qué tamaño es el golpe de las medidas inmediatas, las que ya entraron en vigor?

-No se puede cuantificar de momento. Habrá que ver hasta qué grado son efectivas. Con la prohibición de viajes no podrán venir muchos estadunidenses y cubanos, pero el grueso del turismo no viene de allá. De 2 millones que recibimos el año anterior, 350 mil fueron de Estados Unidos. Lo que más ha dolido aquí es la restricción de las visitas familiares. En cuanto a las remesas, va a ser muy difícil que impidan que el dólar llegue a Cuba. Va a haber mucha gente que desafíe esas medidas.

"¿Puede el gobierno impedir que una mujer emigrada envíe dinero a su madre a Cuba? Está por verse. En cuanto a los paquetes que se envían de allá, eso es más difícil de evitar. Han sacado esa lista con cosas prohibidas: calzoncillos, pasta de dientes, champú, desodorantes. ¡Un delirium tremens! Con eso sí lograron un milagro, poner de acuerdo a los cubanos de las dos orillas, de cualquier posición política. En suma, el daño económico es por el momento difícil de evaluar. El daño político es altísimo. Para ellos. Más que un crimen, lo que hicieron es una estupidez".

-¿Cómo responde la parte afectada a las medidas inmediatas?

-La respuesta ya se dio. Una que se comentó mucho fue que se paralizó la venta en las tiendas de divisas. Se prefirió hacer un replanteo de precios antes, no después de las medidas. El aumento fue de entre 10 a 15 por ciento. Poco se puede hacer, por otra parte, contra la prohibición de viajar.

Como tantos otros cubanos, Alarcón también tiene familia en Estados Unidos: "Esta es la medida más dolorosa. El New York Times, Christian Science Monitor, el Washington Post, ¡el Miami Herald!, congresistas republicanos que no son latinos, todos han reaccionado escandalizados por lo delirante del plan. Porque al estadunidense le choca que el gobierno quiera decidir sobre sus derechos individuales. Quiere regular en qué forma un ciudadano se relaciona con su familia, cómo lo hace, en qué tiempo. Es un apartheid, algo que convierte a los cubanoestadundenses en ciudadanos de segunda clase".

Alarcón recuerda sus frecuentes viajes a Nueva York, vía México, en los años 60 y 70, cuando era funcionario de la embajada de Cuba ante Naciones Unidas.

"En el aeropuerto de México siempre había un agente de la FBI que le tiraba una foto a cada uno que entrara o saliera en los vuelos de Cuba. Si eso se hacía en los 60, imagínate tú ahora. Van a tener que asignar personal en varios aeropuertos, no sé si también en el de México, para perseguir a cubanos o estadunidenses por el terrible pecado de querer viajar a Cuba por otras rutas, Panamá, Bahamas".

-¿Cree que las movilizaciones y el escándalo por las medidas anticubanas tomaron por sorpresa a Washington o es un riesgo calculado?

-No me extrañaría que lo hubieran previsto. Roger Noriega ha reconocido que hay diferencias entre la migración de antes y después de los 80, los que llegaron después, quizá 350 mil entre 1998 y 1994. Hay además una segunda generación de los primeros y hay que contar también a los grandes olvidados, a la emigración de antes del 60. Lo cual, dicho sea de paso, nos da la razón de algo que siempre dijimos. Esta es una migración económica, no son exiliados.

-¿Bush o Kerry?

-Yo no apostaría por Kerry. En cualquier otro país del mundo las cosas que ha hecho Bush en estos cuatro años ya le hubiera costado no sólo la presidencia sino toda su carrera política. Pero en las encuestas sigue empatado con Kerry. No siempre las plataformas demócratas fueron mejores para Cuba. Lo fue con James Carter, que en 1976 prometió trabajar para la normalización, que al final no lo hizo. Y mucho mejor fue la de McGovern, que no ganó. En cambio, la plataforma electoral de Kerry se parece mucho a la de Bush.

-Kerry ha refrendado el plan de Bush sobre Cuba, sólo que quiere hacerlo en el marco multilateral.

-Es palabrería, es creer que Europa va a apoyar el plan unilateral de Estados Unidos. Actuar multilateralmente sería recomponer todo lo que Bush desbarató, firmar la Convención de Kyoto, salir de Irak.

-¿Cómo ve la fabricación de un nuevo conflicto para alentar el voto del miedo? ¿Real o remoto?

-Muy real. En Irak están entrampados. Se metieron para que se dejara de hablar del lío en que se metieron en Afganistán. Ronald Reagan invadió Granada para encubrir el entrampamiento en Líbano. Es su forma de actuar histórica.

Sábado 17 de julio de 2004

Chomsky: En EEUU sistema diseñado para evitar participación democrática

Chomsky: En EEUU sistema diseñado para evitar participación democrática Cubadebate
2004-07-09


Grupo Reforma. México

Cómo lingüista, ¿cómo describiría hoy el Estado de la Unión en una palabra?

Inquietante. Pronto hay una elección que ilustra uno de los problemas del país. Vemos grandes diferencias si comparamos estos comicios con otros en países occidentales. Tomemos al segundo país más grande del hemisferio occidental, Brasil, que no hace mucho tuvo elecciones. El Presidente Lula da Silva fue llevado al poder por organizaciones masivas de trabajadores, trabajadores rurales, asociaciones profesionales, y eligieron a una persona que viene de esas mismas filas, un sindicalista metalúrgico que no tuvo casi educación formal, que atravesó barreras tremendas; una persona muy impresionante debo decir. Y un país donde hay muchas desigualdades, a diferencia de Estados Unidos.

Sin embargo, tuvieron éxito en llevar a una persona como Lula al poder; el que ahora no pueda hacer nada es otra cuestión. Pero fueron unas elecciones democráticas, en las que participó la mayoría del pueblo.

Ahora pasemos a noviembre del 2004 aquí. Tenemos dos hombres que buscan el poder, ambos provenientes de sectores ricos, con poder político. Ambos tuvieron una educación privilegiada, en la misma universidad, Yale, donde fueron miembros de la misma sociedad secreta, una sociedad secreta que entrena a los miembros de la élite para tomar posiciones de gran poder en este país y en el mundo. Y los intereses que representan son los mismos: firmas de inversión, farmacéuticas, aseguradoras y grandes corporaciones. Representan a una pequeña fracción de la población que tiene un poder económico sobrecogedor.

No hay grandes temas en discusión para estos comicios. Las elecciones estadounidenses son manejadas por las grandes agencias de relaciones públicas y quieren que en las elecciones la gente se concentre en cualidades, no en temas profundos como el sistema de salud, que es el problema más importante que tiene Estados Unidos hoy, pero está totalmente fuera de la agenda porque la industria farmacéutica y las aseguradoras no lo permitirán.

No importa que el 80 por ciento de la población quiera un seguro médico como tiene la gente en otros países desarrollados. Así que seguiremos estancados con el sistema médico más ineficiente del mundo, con costos mayores a los de cualquier otro país.

¿No ve una oportunidad de cambio entonces en las elecciones?

Sí, pero esto es lo que pasa hoy. La industria de las relaciones públicas entrena a los candidatos para proyectar cualidades con las que la gente se pueda identificar, como "soy un líder fuerte", o "soy una persona común", cosas así. Este es el panorama que tenemos en Estados Unidos: dos personas con el mismo pasado de riqueza y privilegios, la misma historia de élite, apoyado por las mismas instituciones y sin los temas importantes que sean discutidos. Esto es característico de la política estadounidense.

Pero por otra parte, Estados Unidos no es Luxemburgo, es el país más poderoso del mundo, con un presupuesto militar casi igual al del resto de los países combinados. Y es una nación que utiliza su poder agresivamente, no tiene mucha consideración por otros países.

Encima, Estados Unidos resulta ser una de las sociedades más fundamentalistamente religiosas del mundo. La proporción de la población que tiene creencias religiosas extremas es impresionante; la mitad de la población cree que el mundo fue creado hace 6 mil años, o cree en milagros. No creo que uno encontraría cifras así ni en Irán. Si todo esto pasara en Luxemburgo, no importaría mucho; pero cuando sucede en el país más poderoso y rico del mundo, tiene grandes consecuencias, e importa porque implica el declive de la democracia popular, los temas que le importan a la gente no son considerados en la arena electoral. Y la gente en el poder, que representa a intereses corporativos estrechos, está dispuesta a explotar cínicamente esta masiva base de extremismo.

Es un escenario muy pesimista...

No necesariamente, porque hay mucha gente que piensa progresivamente en estos temas. El problema es que en Estados Unidos hay básicamente un sistema unipartidista, el partido de los negocios, que tiene dos facciones, muy parecidas pero con algunas diferencias. Y esas diferencias importan en relación a las políticas que implemente. Esa será la elección que se realizará en los comicios, pero los intereses de la gente no estarán reflejados en la elección.

¿No es eso pesimismo?

Es pesimista con respecto a las elecciones.

¿Por qué la gente no es más crítica del sistema?

La gente es crítica. Existe una actitud popular muy crítica, como la que había durante la Presidencia de Reagan. Reagan fue un Presidente extremadamente impopular, no como se le quiere recordar hoy.

¿Hacia dónde va Estados Unidos entonces?

La pregunta es si Estados Unidos puede lograr una cultura democrática como tenía en el pasado. Y es mucho más fácil lograrlo nuevamente aquí que en un país como Brasil. Por eso soy optimista.

¿No cree que lo que Estados Unidos tiene ahora es una democracia?

Es una democracia formal. Tiene formas democráticas, pero no hay participación popular. Es lo que los politólogos llaman una poliarquía, un Gobierno de élite con ratificación pública. Pero el sistema está conscientemente diseñado para evitar la participación democrática.

La participación democrática es vista como un gran peligro por las élites y por una buena razón: si vemos las encuestas, donde se expresan las actitudes públicas, hay gran oposición a las políticas del Gobierno de élite, como sucede en el caso del seguro médico. Por lo tanto hay que marginalizar al público.

[...]

¿Nota en Estados Unidos un movimiento popular creciente contra el sistema?

No para estas elecciones. Pero las elecciones no son más que una parte muy pequeña de la democracia. En un país con cultura democrática hay participación constante diaria en la planeación, los programas de Gobierno, en empujar ideas, presionar para que se las implemente y sean exitosas. En una democracia saludable, las elecciones no son el centro del sistema.

Entonces para usted ambos son lo mismo para Estados Unidos...

No, no creo que sean exactamente lo mismo. La gente que rodea a Bush, por ejemplo, está decidida a desmantelar toda legislación progresista que logró este país a través de duras luchas en el siglo pasado. Quieren deshacerse del sistema de impuestos, quieren terminar con los beneficios a trabajadores y jubilados.

Quieren un Estado muy poderoso y quieren que el Estado sirva a los intereses de los ricos. En tanto, la gente de Kerry está menos comprometida con esa visión. Preservarían más elementos de la estructura social demócrata del país. Esas son algunas diferencias.

Y en cuanto a política exterior, ¿qué diferencias ve?

Internacionalmente, la gente de Bush es extremadamente peligrosa. Llevan adelante políticas que son un riesgo para todo el mundo. Están convencidos de los beneficios de utilizar la fuerza y la violencia. Prefieren políticas confrontacionales que pueden causar grandes desastres, ya lo han hecho en Iraq. Sus políticas han incrementado significativamente la amenaza del terrorismo en el mundo.

Estoy seguro de que Osama bin Laden, esté donde esté, debe estar ansioso por que Bush sea reelecto; es el mejor socio que puede tener en el poder; todo lo que hace aumenta el sentimiento antiamericano y lleva a más personas a sumarse a las filas terroristas o financiar sus actividades.

Además, ésta gente lleva adelante programas armamentistas muy peligrosos para todo el mundo.

[...]

¿Y qué piensa de las reformas migratorias de Kerry y Bush?

Creo que están sujetas a las mismas presiones, y son presiones conflictivas. Debemos recordar que cuando se instituyó el TLC también se puso en marcha la Operación Gatekeeper. Clinton presentó un programa para militarizar la frontera, que antes había sido una frontera más o menos abierta. Clinton entendía que el TLC traería un desastre económico en México y eso provocaría un enorme flujo de inmigrantes hacia el Norte; por eso decidió militarizar la frontera.

Pero por otra parte hay presiones dentro de Estados Unidos para traer mexicanos, de la industria agrícola, por ejemplo, que necesita mano de obra barata que pueda explotar. Los consumidores estadounidenses se beneficiaron de la destrucción de la agricultura mexicana de varias maneras; por una parte se benefició la industria agrícola local, que está altamente subvencionada por el Estado, y además es más fácil ahora conseguir mano de obra barata, lo que reduce el precio de los productos.

Pasando a otro tema, Iraq, ¿cree que los iraquíes están mejor ahora?

Están mejor que bajo el régimen de Saddam Hussein, pero esa no es la cuestión. Si las sanciones hubieran sido eliminadas muy probablemente los iraquíes hubieran destituido a Saddam ellos mismos y estarían administrando su propio país, y no lo tendrían gobernado por Estados Unidos, que es lo que está sucediendo.

Si la idea era deshacerse de Saddam Hussein, se podría haber dejado a los iraquíes libres de hacerlo ellos mismos, como hicieron los rumanos con Ceaucescu, como los indonesios se deshicieron de Suharto, o los filipinos de Marcos.

Hay que recordar que la gente que está hoy en el poder en Washington apoyó a una larga serie de asesinos, incluido Saddam Hussein. Y cada uno de ellos fue destituido desde dentro. Lo que evitó que Saddam cayera fueron las sanciones impuestas que devastaron a la población civil y la volvieron dependiente del Gobierno para su subsistencia.

¿Piensa que Saddam Hussein tendrá un juicio justo?

Por supuesto que no. Creo que un juicio justo para la mayoría de los iraquíes sería que Saddam sea juzgado junto también a los líderes estadounidenses y británicos. Eso sería justicia de verdad. Y no solamente Bush y Blair, también Clinton, que es responsable de la muerte de cientos de miles de iraquíes.

¿Naciones Unidas se ha vuelto irrelevante?

No más de lo que siempre lo ha sido. La ONU no es un actor independiente; siempre ha actuado de acuerdo a los límites que le permiten las potencias más fuertes. Así que la ONU sólo actuará mientras Estados Unidos y su cliente británico se lo permitan. Si la bloquean, no hay nada que la ONU pueda hacer. Y no solamente en el caso de Iraq; tomemos también el ejemplo de Israel y Palestina. La enorme mayoría del mundo está a favor de un acuerdo diplomático para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos, y hay consenso de que debería haber dos Estados con fronteras reconocidas. Pero no avanza porque Estados Unidos no lo permite.

¿Cómo puede hacer Estados Unidos ahora para salir de Iraq?

No creo que quiera salir. Si no quisiera estar ahí no se habría metido en primer lugar. La razón principal de la guerra era establecer bases militares y tener un Estado subsidiario en el corazón energético del mundo. Nunca Iraq había sido considerado una amenaza terrorista.

Usted ha escrito que Iraq es sólo un primer paso en la expansión militar de Estados Unidos...

Sí, creo que si la guerra en Iraq hubiera sido exitosa Estados Unidos estaría pensando ahora en invadir los Andes, desde Venezuela hasta Bolivia, una zona clave para controlar el narcotráfico.

Iraq debería haber sido la ocupación militar más fácil en la historia, pero se las han arreglado para cometer tantos errores que no ha sido éxito. Ahora resulta que la resistencia a esta ocupación es más fuerte que la que había contra los nazis en la Francia ocupada.

Hace poco estuve con un funcionario de una agencia de asistencia humanitaria que estuvo trabajando todo este tiempo en Iraq y me dijo que nunca había visto una combinación de tanta arrogancia, incompetencia e ignorancia como en lo que está haciendo Estados Unidos allí. Por suerte, la arrogancia, incompetencia y la ignorancia no son características nacionales, sino características sólo de nuestros líderes, que resultan ser además unas personas muy violentas, agresivas y peligrosas. Por suerte no tuvieron éxito en Iraq, si no ya estarían pensando en seguir con los Andes, Siria, Irán y quién sabe dónde más. En Iraq no permitirán ahora una soberanía plena, es inconcebible.

Un Iraq verdaderamente independiente primero sacaría a las tropas estadounidenses de ahí, luego se armaría, buscaría el liderazgo en el mundo árabe y enfrentaría al verdadero enemigo, Israel.

Entrevista con Ricardo Napurí: “Chávez tiene en sus manos una responsabilidad histórica”

Entrevista con Ricardo Napurí: “Chávez tiene en sus manos una responsabilidad histórica” Modesto E. Guerrero
La Maza


Napurí es uno de los militantes revolucionarios vivos más experimentados del último medio siglo. Su biografía podría escribirse con fechas y hechos claves de la resistencia anti imperialista de nuestro continente. En ese sentido, es una figura epopéyica de la revolución latinoamericana. En esta conversación, realizada en Buenos Aires a mediados de junio de 2004, el viejo dirigente reflexiona sobre los desafíos actuales de la “revolución bolivariana”. Para ello, escogió el camino que más le gusta, el ejemplo y la vivencia personal. Llega a conclusiones que la vanguardia bolivariana debe conocer y debatir.

Ex teniente especializado en bombardero, de la Aviación de Perú. Colaborador del Che Guevara entre 1959 y 1964 en el proyecto revolucionario continental; Diputado constituyente en 1979 y Senador Nacional en 1980, Napurí fue uno de los redactores de la Constitución peruana de 1979.

Linotipista, dirigente sindical y periodista en Argentina; discípulo de Silvio Frondizi y Marcos Kaplan, dos de los principales intelectuales marxistas de ese país; fundador, junto a Luis de la Puente, del MIR peruano, que dio inicio a la insurrección guerrillera de 1965. Organizador de un partido de masas llamado Vanguardia Revolucionaria, con el cual ayudó a refundar la Central General de Trabajadores del Perú, CGTP, en 1969.

En 1971 fundó el Partido Obrero Marxista Revolucionario, POMR. Fue protagonista de la Asamblea Popular de Bolivia. Militó en primera fila en los procesos de corte nacionalista de Juan Velasco Alvarado en Perú, y de Salvador Allende en Chile, adonde había sido deportado en 1973. En su exilio francés, fue de la dirección de la Organización Comunista Internacionalista, OCI, hasta que regresa clandestinamente a Perú, en 1975, para ayudar a organizar el Frente Obrero, Campesino y Estudiantil, FOCEP, en 1978, que obtuvo el 21% de los votos para la Asamblea Constituyente con 12 diputados.

Napurí registra 16 años en exilios y 8 años en prisión. Junto a Hugo Blanco, periodistas y militares peruanos rebeldes, fue víctima de la Operación Cóndor en 1980. A sus 78 años, escribe su historia en Buenos Aires, donde vive. De esa historia, nos servimos en esta entrevista para tratar sobre la “revolución bolivariana”.

Modesto E. Guerrero: Primero, ubiquemos el fenómeno “chavista” en Venezuela y lo que se denomina como “revolución bolivariana”. Chávez, por ejemplo, que es un fenómeno en sí mismo, irrumpe como líder nacionalista en tiempos de globalización, cuando ya esos movimientos son lecciones de historia. ¿Como ubicamos todo eso en la actual situación internacional?

Ricardo Napurí: Por su complejidad, intentaré que el contenido de la respuesta a tu pregunta sea abordado a lo largo de esta conversación. Más que una definición teorizante, recurriré las experiencias históricas, mis propias vivencias en muchas de ellas y las comparaciones. Sin embargo, quiero adelantarte, a riesgo de equivocarme, que lo de Venezuela constituye un proceso revolucionario en ciernes, de fuerte contenido nacionalista. Más claro, todavía no constituye una revolución.

Modesto E. Guerrero: ¿Cómo diferencias proceso de revolución?

Ricardo Napurí: En un proceso revolucionario se comienza a romper en algunas formas con el pasado inmediato, pero es una realidad donde las relaciones de fuerza entre las clases no están totalmente definidas, aún. En cambio, una revolución se produce cuando hay un cambio profundo en las relaciones de fuerza, con la victoria de una o más clases sobre otras.

Cuando se trata de un país capitalista, esa revolución adquiere un carácter socialista o presocialista, porque ataca las bases del capitalismo, se trata de acabar con el capitalismo. También hemos conocido revoluciones de contenido burgués, como la Francesa de 1789 o la Norteamericana y la latinoamericana. En el caso venezolano, el proceso revolucionario en desarrollo no ha definido su carácter de clase. La idea de “revolución bolivariana” expresa muy bien ese sentido de proceso de transformaciones, proceso en desarrollo.

Modesto E. Guerrero: ¿Cuál es la realidad mundial que desafían Chávez y la “revolución bolivariana”? ¿Cuál es su particularidad en el momento actual?

Ricardo Napurí: El proceso venezolano toma una relevancia fundamental, sobre todo para América latina. No olvidemos que se produce en esta fase de mundialización-globalización del imperialismo, bajo la tendencia a que EE.UU se convierta en la única potencia imperial; una suerte actual de “supraimperialismo” (1) Porque no se trata sólo de la conquista brutal de Afganistán o Irak, ni del Medio Oriente o del control de las fuentes de energía, especialmente petróleo.

El curso crítico del proceso de acumulación capitalista –tasa de ganancia y otros contradicciones de por medio– obliga a los Estados Unidos a garantizar su subsistencia, acentuando la explotación y el dominio del mundo. De ahí que los teóricos del Pentágono y los asesores del gobierno de George W. Bush, dicen ya sin esconderlo, en qué consiste este intento de dominación mundial.

América latina es una pieza fundamental en este plan. De “patio trasero” pasará, si no lo impedimos, a ser recolonizada. Las insurrecciones, rebeldías y múltiples resistencias de nuestros pueblos, son obstáculos en ese camino. Sus picos más altos en este momento, son Cuba y Venezuela, sin olvidar a Bolivia y Ecuador. De ahí la connotación internacional del enfrentamiento, todavía limitado, entre Chávez y el imperialismo norteamericano.

Modesto E. Guerrero: Porque además, las potencias europeas tuvieron un límite en su recuperación, ¿no es así?

Ricardo Napurí: Por eso la mundialización-globalización constituye una fase diferente del imperialismo estudiado por Lenin. Entre otras diferencias importantes está la ruptura de la paridad interimperialista. Ahora, la superioridad de los EE.UU. se expresa, incluso, contra Inglaterra, Francia, Alemania, Japón.

Están deviniendo en especies de subimperialismos. Y para remate, si los yanquis, controlan o se apoderan del petróleo y el gas de Medio Oriente, el cerco económico de las potencias europeas será mayor. No habrá unidad europea que impida este hecho crucial.

Modesto E. Guerrero: En esa dinámica, Napurí, podemos afirmar que el concepto de “patio trasero” cambió.

Ricardo Napurí: Claro, pero para peor. Porque recolonizarnos no es más grave que se el “patio trasero”. Es un grado más alto y perverso de explotación y dominación. Lo poco que habían logrado en independencia nuestros países, desde el siglo XIX, quedaría liquidado.

Modesto E. Guerrero: ¿Ves a los movimientos antiglobalización como un obstáculo a ese designio?

Ricardo Napurí: Si, lo son, sobre todo si adoptan un acento anticapitalista y logran generalizarse. Pero en América latina, lo principal es la resistencia popular, expresada en varias formas de rebeldías en el continente. Cuba, porque resiste a la agresión norteamericana, porque lucha por mantener su independencia nacional y porque concentra la memoria antiimperialista de la resistencia de nuestros países.

De ahí que el proceso social y político venezolano, Chávez y el chavismo, aún con sus mediaciones, contradicciones y limitaciones, queda enfrentado a los planes de recolonización del imperialismo yanqui. Le ha tocado este lugar en este momento histórico, junto con Cuba. Para América latina sería una tragedia la caída de Cuba y el retroceso o la derrota del proceso venezolano, aún en su versión actual, que es la “revolución bolivariana”.

Chávez tiene en sus manos una gran responsabilidad histórica en esta batalla internacional. Los realistas de izquierda latinoamericanos, los que siguen el ejemplo del PT y Lula, estarían muy contentos. Y por supuesto, las patronales y gobiernos nativos. Ellos no necesitaron del derrumbe de los países del llamado “socialismo real” para alinearse, contentos o no, detrás de los Estados Unidos. Ya conocemos su slogan: «No hay alternativa a su dominación».

Modesto E. Guerrero: ¿Por qué la manía del gobierno norteamericano de intentar asesinar a Chávez? ¿Qué es lo que le molesta tanto del líder venezolano?

Ricardo Napurí: Bueno, una parte de la respuesta ya la he dicho, Chávez no cabe en los planes del imperialismo. Pero no olvidemos que antes de decidir matarlo, han probado con otras opciones, por ejemplo, comprarlo, asimilarlo o echarlo a través del golpe. Pero esto no es novedoso en la doctrina del Pentágono o de la CIA. Ahora lo reconocen con desparpajo y cínicamente, pero siempre en el método de deshacerse físicamente de sus enemigos políticos. A Fidel le han organizado muchos atentados. Ese método lo siguieron en otros casos reconocidos: Goulart, Salvador Allende, Torrijos... para qué seguir. (2) Modesto E. Guerrero: Aquello que Chávez ha difundido en sus propias palabras, como el intento de “domar al bicho”.

Ricardo Napurí: Ellos habrán dicho, «este comandante paracaidista, apenas huela el poder lo tenemos de nuestro lado». Pero el hombre se les escapó, sea por sus cualidades personales o por la combinación de que e ha constituido en un personaje político y le agrada eso. Los yanquis contaron desde el primer momento con la oposición interna para este operativo. Atención, lo de Chávez es un tremendo desafío. Fueron muy pocos los gobernantes o líderes que no capitularon, abiertamente, o se adocenaron con “realismo”, se “amecetaron”. Más adelante podemos ver algunos ejemplos de esto.

Modesto E. Guerrero: En este contexto hay que ubicar el golpe de abril de 2002.

Ricardo Napurí: Pero este golpe constituyó el segundo tiempo de la conspiración. Los yanquis y la oposición se dieron cuenta que no bastaba con la movilización callejera. La densidad, radicalidad y continuidad de aquellas movilizaciones pudo contribuir decisivamente al cambio de las relaciones de fuerza. Claro, siempre que el adversario acuse el golpe y retroceda en toda la línea. Como eso no ocurrió, entonces llegó el golpe del 11 de abril.

Modesto E. Guerrero: O sea, también les fracasó el golpe de Estado. ¿Y después?

Ricardo Napurí: La respuesta cae por su propio peso. El atentado personal, deshacerse del “bicho”. En esto, la CIA, el FBI, y los agentes especializados del Pentágono, tienen más experiencia que los somnolientos y envejecidos “demócratas” de la oposición.

Modesto E. Guerrero: Sin embargo, en el cálculo de su asesinato no está evaluado el riesgo de las consecuencias que podría traer un hecho así en la Venezuela de actual.

Ricardo Napurí: Es que se trata de una verdadera guerra política. El capitalismo internacional y sus agentes nacionales saben organizar sus batallas, si se los deja. Más claro, no es solo la figura de Chávez, sino lo que está debajo y detrás de él. Seamos consecuentes con las caracterizaciones. Si en Venezuela hay un proceso revolucionario en curso es porque incómodos personajes han entrado en escena, incluso con las limitaciones del proceso.

Como se suele decir hoy, “nuevos sujetos sociales”. Y si estos sujetos pueden actuar por cuenta, con independencia política, entonces ponen su marca y van más lejos en sus demandas y acciones y hasta pueden producir incómodas revoluciones. Ergo: a Chávez lo quieren sancionar porque no está impidiendo ese proceso social. En los centros del imperialismo se deben preguntar, «¿y si se convierte en otra Cuba?»

Entonces, la consigna es detener este curso ingrato para ellos, muy peligroso para sus intereses, ya sabes, la sagrada propiedad privada, la permanencia de una clase y su detentación del poder. Pero ellos son irresponsables, aunque fuertes en sus convicciones reaccionarias y conservadoras. No les importa las consecuencias.. Nunca temieron apelar a los represores de ocasión para “tranquilizar” al pueblo insurrecto con una buena dosis de balas.

Modesto E. Guerrero: Está bien, pero teniendo en cuenta la experiencia latinoamericana de una sociedad polarizada y tensada permanentemente, ¿no les convendría, en última instancia, dejar que se mantengan gobiernos de este tipo? Ricardo Napurí: Depende de muchas cosas. En Venezuela se ha configurado lo que los marxistas denominamos un gobierno de tipo “bonapartista sui generis” (3). Es decir, una persona y un entorno que concentran tal grado de poder, que llegan a convertirse en algo parecido a un árbitro entre las clases. Cuando se trata de países atrasados, como es este caso, este poder también arbitra entre la Nación oprimida y el imperialismo.

Este tipo de gobierno pueden ser progresistas o reaccionarios. cuando son progresivos, se ubican en el centro de la cuestión nacional. O sea, asumen posturas nacionalistas de resistencia a los excesos del imperialismo. Toda la experiencia del siglo pasado señala que cuando asumen posturas “tuistas”, “paternalistas” tienden, irremediablemente, al control de las masas movilizadas y sus organizaciones.

Ni Bush y su gente y menos los políticos burgueses nativos pueden darse el lujo de soportar tamaño experimento. Menos en la implacable mundialización y sus efectos opresivos sobre nuestros países. Tenemos que preguntarnos, ¿por qué no le tuvieron paciencia a Allende en Chile, que fue un excepcional demócrata? ¿Por qué se deshicieron del general Juan Domingo Perón, o de Juan Velasco Alvarado? O sea, en la agenda de los imperialistas y sus agentes capitalistas nacionales, no está, por ahora, la generalización de los golpes y las dictaduras militares, pero si apuestan a las democracias dominadas,”protegidas”, siempre bajo la dominación estrecha del imperialismo. Es en este curso político, que Chávez, el bonapartista venezolano, su régimen y gobierno nacionalista, están demás. Ellos ponen su liquidación a la orden del día. Tiene total razón el presidente Chávez cuando le dice al mundo que el referéndum de agosto será “entre Bush y yo”.

Modesto E. Guerrero: ¿Una característica esencial de este tipo de régimen es que no se asienta en organismos de poder del pueblo, sino en un hombre, un líder?

Ricardo Napurí: Sí, esto es lo que muestra el proceso histórico. Por eso es que un bonaparte político no surge por casualidad. Es el producto de un momento específico de la situación política, de la lucha de clases, cuando se pierde la anterior estabilidad. En momentos así, la sociedad acude transitoriamente a un árbitro. Al comienzo es tolerado hasta por los opositores y enemigos patronales, aunque de mala gana.

Te voy a insistir a riesgo de parecer terco: lo aceptan mientras les sirve, si cumple las tareas de garantizar la renta y seguridad de los explotadores, a pesar de sus excesos. La curiosidad histórica es que muchos de estos personajes se escapan al control imperialista y a menudo duran más de lo que el imperialismo pensaba. En este lapso, las instituciones del Estado pasan de su condición “democrática” anterior, a ponerse bajo la disciplina del nuevo gobierno, con las formas y métodos que le impone el bonaparte en cuestión y sus apoyaturas directas.

En América latina, tenemos diversas representaciones de este modelo de bonapartismo. Getulio Vargas, en Brasil, que gobernó entre 1930 y 1945 y luego desde 1950 hasta 1954, cuando lo llevan al suicidio. Él es uno de los primeros casos, junto con Cárdenas en México, sin embargo el caso del general Perón es el más conocido, quizá por el lugar que tuvo Argentina como país de desarrollo medio capitalista, o porque su gobierno tomó vida en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. El de Perón se destaca en su accionar político por el papel singular que jugó la clase obrera, antes dominada y aplastada por gobiernos oligárquicos.

Entre la década de los años 30 y los primeros de los 40, se había creado en Argentina, el peligro de una acción de clase independiente. Había mucha tradición anarquista, clasista, socialista y comunista en una clase obrera que era fuerte relativamente. El general Perón jugó el rol histórico de ser el bonaparte en medio de la crisis. Él logró canalizar las acciones de las masas y hasta “estatizar” sus organizaciones.

Modesto E. Guerrero: ¿Y el caso de Velasco Alvarado en tu país, Perú...? Ricardo Napurí: Te responderé a través de una circunstancia personal. En su gobierno estaba el general Jorge Fernández Maldonado, ministro de Minas y Petróleo. Había sido mi compañero de barrio en la adolescencia. Él me preguntó si yo quería conversar con el presidente Velasco. Le dije que sí, que no tendría problemas en hacerlo, a pesar de mi conocida condición de opositor y socialista.

Nos reunimos en la playa de San Bartolo, al sur de Lima, que a veces era visitada por algunos ministros, para dar una vía a sus “vicios de hombre”, como decía graciosamente un amigo guatemalteco de entonces. Entre otros, el gusto por las mujeres y los buenos tragos, pisco preferentemente.

Velasco era un “cholo” campechano, simpático, entrador y tuteador. Apenas comenzada la conversación, me dijo que sabía de mi experiencia directa con el peronismo y que le interesaba saber cómo logró tanta fuerza popular y sobre todo, cómo hizo para permanecer tanto en el poder.

Fue una conversación larga. Yo le expliqué que había que comenzar por el origen para establecer las comparaciones. Era cierto que Perón, al igual que usted, le decía yo a Velasco, fue parte de un golpe de Estado en 1943. Pero disintió de sus jefes militares rápidamente y fue sancionado y puesto en prisión. La diferencia comenzó porque fue liberado por una gigantesca presión de la movilización de las masas, con una presencia central de los trabajadores. Fue ese apoyo popular el que le permitió derrotar a sus adversarios en el gobierno y posteriormente ser elegido presidente, en 1946.

Tenía en contra, a los grupos de poder oligárquicos, a la embajada yanqui y a las jerarquías militares. Para el gobierno de los Estados Unidos, la sospecha era que el gobierno de Perón no iba a transitar por los cauces de lo que ellos consideraban “la democracia occidental”.

¿Y cómo resolvió el general este “nudo”? como diría Gramsci. Yo le expliqué al general Velasco que Perón se planteó el asunto en dos terrenos; se dijo: «además de ser todo un problema político, debo resolverlo al estilo militar, o sea, quién detenta el poder». Esto se planteó Perón entre 1943 y 1946. Para ello debía instrumentar el cambio necesario en la relación de fuerzas interna y él lo hizo partiendo de lo social.

Aprovechando los enormes recursos económicos del país, su gobierno tomó una serie de medidas favorables a casi todos los sectores oprimidos, con centro en los obreros y las capas humildes. Así se ganó el apoyo y adhesión de las masas populares, que emergieron con una fuerza torrencial en la vida política nacional. Inteligente y astuto, Perón se apoyó en este enorme caudal para correlacionar a las fuerzas oligárquicas y especialmente a la hostilidad potencial de los mandos militares. Esta nueva correlación de fuerzas les avisó que si se desmadraban, el camino de la guerra civil no les iba a ser favorable.

Con esta nueva configuración política, y de relación de fuerzas, el peronismo permaneció como una fuerza política progresiva en sus momentos fundacionales. Por esa vía fue adquiriendo una forma bonapartista. Fue tanta la particularidad del bonapartismo argentino, que desde 1946, el peronismo ha permanecido como la fuerza política mayoritaria en la sociedad, a pesar de su decadencia y su giro a la derecha y de los golpes de Estado y represión que soportó en algunos períodos.

Modesto E. Guerrero: ¿Cuál era el fondo de la preocupación de Velasco Alvarado al preguntarte tu versión?

Ricardo Napurí: Parece que en ese momento, la cúpula dirigente discutía la orientación estratégica del proceso que encabezaban. Existían enormes dudas sobre qué rumbo tomar. Esa, creo, era su preocupación central. Por eso fui al grano, pues si no, no tenía sentido mi presencia ahí.

Le expliqué que las diferencias de origen contaban mucho. Por ejemplo, que el golpe militar contra el gobierno constitucional de Fernando Belaunde Terri (octubre 1968) fue de carácter institucional, es decir, de las tres Armas –Ejército, Marina y Aviación. Y en forma colegiada. Tanto, que se repartieron las instituciones del Estado de manera proporcional, con el predominio real del Ejército. A diferencia del peronismo, en Perú no hubo presencia popular y de masas. Inicialmente, éstas estuvieron en contra de los golpistas que lideró Velasco.

Como el nuevo gobierno tomó un giro del tipo “capitalista de Estado”, con claras tendencias bonapartistas, el cambio de las relaciones de fuerza tomó una modalidad propia. Enfrentamiento limitado con Estados Unidos por el petróleo, expropiado a la filial peruana de la Standard Oil Petroleum. Aquel año, la Standard amenazó con aplicarle la llamada “Enmienda Hickenlooper”.

Al mismo tiempo, se desarrolló una reforma agraria radical, que liquidó la oligarquía terrateniente, luego la expropiación de las empresas pesqueras, esto cuando Perú era la primera economía pesquera del mundo, también expropió a un sector de la minería, entre otras medidas importantes, como controlar de la banca y los medios de prensa, que en su mayoría fueron entregados a sindicatos, gremios y partidos de izquierda afectos al régimen de Velasco.

En esa fase, el gobierno logró apoyo popular. A nivel político, recibió el sostén institucional del Partido Comunista, que en ese momento dirigía la central obrera. Calificados intelectuales de la izquierda peruana ganaron un lugar destacado como asesores y aún mentores ideológicos del régimen. Todo favorecía una larga vida del gobierno militar de Velasco Alvarado, legitimado por la medidas que llevaba a cabo. Sin embargo, a diferencia del peronismo, las masas populares no eran parte orgánica del nuevo régimen. En el nuevo equilibrio de poderes su peso era nulo.

El llamado “pecado de origen” del velasquismo estuvo en que ni el general ni su equipo se atrevieron a cambiar el carácter militar colegiado del mismo. Le recordé al general que la institución armada tradicional tenía sus propias reglas y un lugar prominente en el dispositivo privilegiado que componía el poder del Estado. Ese rol social y político del cuerpo militar en nuestros países, podía denominarse como “partido político armado”, algo fácil de verificar en la historia latinoamericana.

Sin ese fuerte contrapeso social de las masas organizadas –y mejor si mantienen un carácter independiente– ¿qué podía pasarle cuando los militares hostiles se animaran a actuar contra el presidente y el gobierno?

Velasco me escuchaba atentamente. Yo le dije esto, entre otras cosas, porque sabía de la existencia de una fuerte oposición interna entre las Fuerzas Armadas. Le dije que si no apelaba al apoyo popular activo, su gobierno estaría en peligro.

Entonces hizo una pausa y me interrumpió: “¿Tu me sugieres que haga algo parecido a lo que hizo Perón, apoyarme directamente en las fuerzas populares, organizarlas y formar un partido político de base popular?”

Modesto E. Guerrero: ¿Y qué le respondiste?

Ricardo Napurí: Yo nada, yo no podía aconsejarlo y asesorarlo en este terreno, no era mi terreno; yo soy socialista, tengo otra visión conceptual y estratégica. Yo me limité a contarle mi experiencia con el peronismo y mis conclusiones políticas de aquellos acontecimientos. Él que sacara sus conclusiones. Pero históricamente hablando, no me privaba de recordarle que Perón y el peronismo sobrevivieron casi 10 años en el poder y volvieron en 1973 y luego otras veces, por ese carácter popular de su movimiento, donde los trabajadores jugaban un rol central como base de apoyo político.

Él me comentó que lo habían discutido: y para mi sorpresa, dijo que ya era demasiado tarde para dar un giro como ese, de tipo popular. Y agregó que personalmente, no tenía el “oficio” de andar en el mundo complejo de las organizaciones sociales y políticas del pueblo. Incluso, insinuó que les temía, que no se sentía seguro en ese terreno. “Yo solo soy un soldado”, afirmó. Y para que no quedaran dudas del tipo de soldado al que se refería, añadió: “Claro, no cualquier tipo de soldado, yo soy un patriota, tengo emoción social y quiero lo mejor para mi país. pero ya he tomado una decisión: me seguiré apoyando en mi Arma, en mis compañeros de armas, porque creo en las reservas patrióticas de esta institución”.

Y fue así que a Velasco le llegó su “día D” (4) En diciembre de 1975, su compañero y amigo, el general Francisco Morales Bermúdez, encabezó la disidencia interna en el ejército y dio un golpe. También fue un golpe institucional, colegiado, de las tres armas. Cayó con nocturnidad y bajo al forma de una conspiración militar tradicional.

Fue elocuente que no hubiera pueblo ni trabajadores en las calles, movimientos que pusieran el pecho para defenderlo. El pueblo trabajador no fue parte de aquel drama. Simplemente no había sido convocado para ser sujeto activo e influyente en aquel proceso. Contradictoriamente, la experiencia nacionalista, con Velasco, fue lo más radical y progresivo que se dio en el capitalismo atrasado del Perú...

Modesto E. Guerrero: Como siempre, los casos son siempre distintos, pero las lecciones permanecen...

Ricardo Napurí: Y en muchos terrenos. No conozco a fondo la trama de las relaciones internas entre el gobierno y las masas populares en la “revolución bolivariana” En esto estoy más por conocer que para aconsejar; lo sé. Pero en la memoria social e histórica de los seguidores del peronismo, por ejemplo, cuenta por lo menos esto: obtuvieron grandes conquistas sociales y económicas, y también, aunque de manera distorsionada, que el peronismo los hizo “compartir el poder”, por lo menos así lo creyeron.

No obstante, lo más importante a destacar es que las masas sintieron que con Perón, al revés de lo ocurrido con Velasco en Perú, accedían a la vida política, con la sensación de que ya eran una “clase para si”, eso que consideramos un avance en la conciencia política de clase. Modesto E. Guerrero: ¿Qué te llevó de Perú a Argentina, luego a Cuba, Bolivia, Chile y a tantos escenarios revolucionarios de los últimos 50 años?

Ricardo Napurí: Cuando era teniente de la Aviación militar peruana, a mediados de la década el 40, fui deportado por haberme negado a bombardear a civiles y militares en una insurrección de la izquierda del partido APRA. Esto ocurrió en 1948, en el interior del Perú (5).

Me deportaron a Argentina, allí me incorporé a una agrupación que podríamos definir de “centro político”, llamada MIR-Praxis, orientada por el intelectual marxista Silvio Frondizi, hermano de Arturo Frondizi, el que fue presidente en 1958. Ellos dos me sacaron de la cárcel donde me había recluido la policía del gobierno peronista.

Ese grupo fue una clave en mi formación, porque yo me había negado a bombardear la insurrección del APRA, pero sin ninguna idea o programa en la cabeza, movido casi solo por un sentimiento humano y un criterio ético, según el cual yo no había ingresado a la fuerza para matar hermanos y menos en esa situación. Mi conversión de militar con sentido democrático, en militante marxista tuvo en Praxis su frontera.

Modesto E. Guerrero: Fue así como comenzaste una experiencia política que alcanza largamente el medio siglo en varios escenarios latinoamericanos, muchos de ellos como el que hoy se vive en Venezuela.

Ricardo Napurí: Claro, eso comenzó en 1948 y tuvo un salto en 1959 con la Revolución Cubana y mi colaboración con el Che Guevara, aunque antes pasé por la revolución boliviana. En Argentina había iniciado estudios de Derecho, trabajé como linotipista, luego me hice periodista en el diario La Razón, donde fui miembro de su Comisión Interna y de la dirección del Sindicato de la Prensa (6)

En mi formación intelectual tuvo un peso fundamental, la relación con el que fue mi maestro en teoría política, Silvio Frondizi, sin olvidar el ambiente que me encontré en la Argentina de 1948, con su poderoso movimiento obrero, su vida intelectual activa. Puedo decir, que ingresé a la acción política en una condición excepcional. A comienzos de los años 50 estuve en Bolivia, adonde fui enviado por Praxis, para acompañar solidariamente el proceso revolucionario que vivía el proletariado minero de ese país y a entrevistarme con su máximo dirigente, Juan Lechín. Fue muy aleccionadora la experiencia boliviana. Años más tarde, a finales de la década del 60, milité en otros procesos políticos en Bolivia, como la Asamblea Popular, un órgano de poder que produjeron los trabajadores de ese país.

Modesto E. Guerrero: Poco después ya te encuentras en Cuba, a escasos días del triunfo de la revolución y comienzas una estrecha relación con el comandante Ernesto Guevara. ¿Qué te enseñó aquella vivencia?

Ricardo Napurí: Recuerdo que viajé con la madre del Che y un grupo de periodistas argentinos, inmediatamente después del triunfo de la Revolución Cubana. Aterrizamos en el aeropuerto de La Habana el 9 de enero de 1959, hacía un calor impresionante. El vínculo con el Che lo facilitaron varias cosas, pero fue muy importante el hecho de que había llegado con su madre, y por otro lado, que al ser tan reciente el triunfo, habían pocos extranjeros solidarios en la isla.

Con algo de ingenuidad de mis años de entonces, pero al mismo tiempo tratando de entrar en el tema del objetivo de mi viaje a Cuba, le pregunté al Comandante Guevara cómo, en qué, podría yo ayudar a la Revolución Cubana. Mi primera expectativa fue que me planteara hacer propaganda sobre la revolución, por el hecho de que yo ejercía el periodismo en ese momento. Pero no...

Modesto E. Guerrero: ¿Y con qué te sorprendió el Che?

Ricardo Napurí: Inmediatamente “me cuadró”, como se decía entonces, me propuso sus ideas sobre qué había que hacer para ayudar a la revolución cubana, y me lo dijo con esa mirada profunda que lo caracterizaba, donde se expresaba su convicción en lo que pensaba. Me dijo: usted tiene que impulsar la revolución en su país, en Perú, porque la revolución cubana puede y debe ser imitada, que eso era posible en América latina y que si yo quería apoyar, mi deber era ese, contando para ello con la ayuda cubana.

Modesto E. Guerrero: ¿Cómo reaccionaste ante tan sorpresiva propuesta?

Ricardo Napurí: Muy sencillo, yo también quería “hacer” la revolución, por eso y por mis convicciones, no dudé en comprometerme. Me comprometí con el Che a desarrollar la revolución en Perú o donde fuera, pero el me insistía en Perú. Modesto E. Guerrero: Y te fuiste a “hacer” la revolución a tu país.

Ricardo Napurí: Claro, pero para 1965 el movimiento guerrillero ya había sido derrotado. Eso me obligó a reflexionar, fue así tuve la iniciativa de formar una organización partidaria llamada Vanguardia Revolucionaria, con una orientación estratégica y táctica distinta. Fue una ruptura política con la estrategia y el patrocinio castrista y guevarista, porque con Vanguardia nos pegamos al movimiento de masas, a los trabajadores en particular. En pocos años logramos estructurarnos como un partido de considerable influencia en el país.

Por ejemplo, contribuimos decisivamente a formar la central obrera mayoritaria, igualmente a formar la central campesina, a influir en el movimiento estudiantil universitario. Fue notable nuestro trabajo en el poderoso movimiento obrero minero. Toda esta fue una lucha “desde abajo”, en el terreno de la clase y de las luchas de los oprimidos.

Modesto E. Guerrero: Pero en tu historia política, se notan muchas cosas que podríamos considerar “por arriba”.

Ricardo Napurí: Está bien. A finales de la década de los años 70, formamos el FOCEP, que significó el Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular. Con esa herramienta política logramos el 21% de los votos en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978. Ese fue un excelente trabajo político “por arriba”. Fui elegido Diputado a la Asamblea Nacional Constituyente y dentro de ella Miembro de la Comisión Principal que le dio la redacción final al nuevo texto constitucional de Perú. En ese terreno, el de la democracia parlamentaria, fui Diputado y luego fui electo Senador de la República.

Modesto E. Guerrero: Además, podemos agregar, con tu permiso, que en tu medio siglo largo de vida revolucionaria cuentas con por lo menos 6 deportaciones de tu país, entre otras, como ocurrió con muchos luchadores anti imperialistas y anti capitalistas de aquellos años, además de varias prisiones ingratas.

Ricardo Napurí: Si, efectivamente, así fue. La última vez fui víctima de la Operación Cóndor en 1978.

Modesto E. Guerrero: ¿Estás escribiendo tu biografía?

Ricardo Napurí: En eso ando. Pero antes publiqué dos libros, uno que se llamó “APRA, balance y liquidación” y “La realidad peruana”.

Modesto E. Guerrero: Como sabes, Venezuela se rige por una Constitución Bolivariana, votada en un proceso constituyente que estuvo muy cargado de participación popular. ¿Cuál es tu reflexión habiendo sido actor en un hecho similar?

Ricardo Napurí: No he leído detenidamente la Constitución Bolivariana, pero me parece más democrática y avanzada que la redactada por la mayoría en nuestra Constituyente de 1978, que tuvo una influencia decisiva de Haya de la Torre y del partido aprista. Lo que si rescato es el método que tuvimos de unir las fuerzas de socialistas y demócratas sinceros, avanzados, para luchar por una herramienta democrática de ese tipo.

Nosotros, desde el FOCEP, no la concebimos como una institución democrática en sí misma, sino como una consigna democrática transitoria, que debe sostenerse en la acción popular y de masas, en la movilización de ellas, para que sean las protagonistas de su contenido.

Modesto E. Guerrero: ¿Cuál es tu opinión, como ex militar y como socialista, del rol social y político de los militares rebeldes y la institución castrense, a la luz de lo que ocurre hoy en Venezuela con los militares chavistas?

Ricardo Napurí: Recuerdo que cuando estuve deportado en Europa, a causa de la caída del gobierno del Frente Popular de Allende, donde había estado militando activamente, entre los compañeros de la izquierda europea, no se entendía que en determinadas circunstancias, haya sectores militares que se declaraban nacionalistas, anti imperialista y hasta “socialistas”, y que muchos han arremetido contra las oligarquías de sus países y han enfrentado en algunas etapas de sus gobiernos al imperialismo. A los europeos les costaba entender esa parte de la historia latinoamericana.

Modesto E. Guerrero: Explícala.

Ricardo Napurí: Me explicaré con lo más me agrada, los ejemplos. Los coroneles y generales que dieron el golpe en Perú en 1968, con Velasco a la cabeza, tenían unos antecedentes casi únicos. En las Escuelas del Estado Mayor, los alumnos recibían adoctrinamiento acerca del llamado “potencial nacional”, concepto acuñado por el general José del Carmen Marín, un alumno muy crítico de la concepción militar francesa.

Según quienes sostenían esta doctrina, este “potencial” estaría integrado por la riqueza económica y dentro de ella era fundamental el trabajo humano, o sea que le daban, extrañamente, un papel preponderante a los trabajadores. Esta era una manera implícita de reconocer que la plusvalía era producida por los asalariados.

Como es de suponer, las implicaciones de esta audaz afirmación podría tener consecuencias graves para quienes detentaran el poder de un país. Estos militares progresistas, convencidos de la idea de un potencial nacional, tenían muy en cuenta el valor de la naturaleza y los medios de producción.

Para sorpresa de los militares tradicionalistas y conservadores, la fuerza militar quedaba concebida como una simple apoyatura de las otras fuerzas. Estas posiciones fueron las que llevaron al general Velasco y sus seguidores a tener una postura muy crítica contra los gobiernos oligárquicos que traicionaban sus promesas electorales.

Por otro lado, se negaban a ser el brazo armado en la represión de los insurrectos, como había sido con las guerrillas de 1965. Creo que a esto contribuyó en gran medida la influencia enorme de la Revolución Cubana. Yendo al fondo de sus motivaciones, era lo siguiente: No es que quisieran revoluciones como la cubana, no, para nada, lo que Buscaban era suprimir las causas o agentes económicos, políticos y sociales que las motivaban.

Y para despejar la duda sobre si lo que digo constituye algo así como una ideología del militarismo avanzado que tomó cuerpo en el velasquismo, bastará con revisar la historia reciente de América latina, donde encontraremos constancias fácticas de cómo la institución militar escapó a su rol tradicional. Aunque en los hechos, aprovechándose casi siempre de su poder real, de ser la única institución armada del Estado, lo hizo para actuar por su cuenta y en su beneficio. Si no, ahí están los innumerables golpes militares, una especie de cementerio en nuestros países.

Sin embargo, en naciones que fueron muy golpistas, como Bolivia, Brasil, Perú, Ecuador y otros, se produjeron militares contestatarios que reclamaron estar al servicio del pueblo y situados a la izquierda del arco político nacional o latinoamericano. Con grados y matices distintivos, podemos citar a los coroneles bolivianos Busch y Villarroel, y sobre todo el general Juan José Torres, asesinado en Argentina como parte del Plan Cóndor.

En Brasil se dio la paradoja, que los militares más tradicionalistas de derecha fueron quienes desarrollaron la industrialización nacional, bajo largas dictaduras. En Argentina, donde el derechismo militar fue una constante durante el siglo XX, algunos generales consideraron la defensa de los recursos naturales, de la energía y el petróleo y algunos llegaron a reclamarse anti imperialistas, como el caso del general Juan Perón.

Lo que quiero dejar planteado es la contradicción de que la institucionalidad militar asume un rol político central en el Estado. Que se arroga la garante de su ordenamiento constitucional. El problema es que ese ordenamiento sólo alcanza para “constitucionalizar” la detentación del poder de las clases dominantes, de sus oligarquías nacionales y sus agentes políticos. Entonces, la Fuerzas Armadas, institucionalmente hablando, sólo termina garantizando este orden injusto y hasta oprobioso.

Por otro lado, este cuerpo militar, no vive en el limbo, ni fuera de la realidad social. He ahí su contradicción. Sus componentes sufren las mismas presiones que los oprimidos, sobre todo en sus escalas inferiores de mando, entre sus suboficiales y tropa. Los altos mandos se han estructurado en el tiempo muy pegados al poder político y de manera particular a las fuerzas económicas patronales.

Modesto E. Guerrero: Sin embargo, los caudillos militares no han ido muy lejos...

Ricardo Napurí: A los ya citados, Perón y Velasco, agregaré otros intencionadamente, aunque no sean todos los que merezcan estar. Tomemos el caso del coronel Jacobo Arbenz, elegido presidente constitucional de Guatemala en 1952. Supuestamente, tenía el total apoyo de las Fuerzas Armadas. Pero la revolución democrática que gestaron los trabajadores y el pueblo, principalmente, y la agresión yanqui, a través de los mercenarios encabezados por el coronel Castillo Armas, fueron determinantes. En medio de la crisis, la mayoría de los mandos castrenses optaron por el alineamiento incondicional con los Estados Unidos. Ante esto, el presidente Jacobo Arbenz, que contaba con el casi total apoyo del pueblo trabajador y de la izquierda, renunció.

Él decidió acatar la decisión corporativa de sus mandos militares, seguir sus reglas y códigos, y lo hizo sin resistir. Algo destacable, poco conocido, es que la izquierda tampoco combatió. En ese momento era hegemónico el Partido Guatemalteco del Trabajo, nombre local del partido comunista pro Moscú. Lisa y llanamente, esto debe ser considerado una traición política a quienes les dieron el mando popular, es decir, al pueblo y los trabajadores, que por cierto, sí estaban dispuestos a entregar todo con tal de defender las conquistas del proceso que se había iniciado en 1945.

Las direcciones gubernamentales y políticas de las masas, abandonaron todo, a pesar de que habían comenzado pequeñas resistencias armadas de los trabajadores y barrios.

Aquí quiero referir una anécdota de enorme utilidad educativa. La primera mujer del Che Guevara Hilda Gadea cuenta en su libro autobiográfico, “Años decisivos”, una conversación entre el joven Ernesto Guevara y uno de los principales jefes del Partido Guatemalteco del Trabajo, Fortuni.

Esto ocurrió cuando el Che aún no era “el Che”, el glorioso de la Revolución Cubana, sino el militante que andaba por México en relación con los emigrados revolucionarios.

Hilda cuenta que ella le preguntó a Fortuni en México, en una conversación junto con el Che, ¿por qué no pelearon, por qué no resistieron? y Fortuni le respondió: “No, porque la correlación de fuerzas no era favorable”. Entonces, el Che le contestó, “¿Pero cómo, si los que habían invadido desde Honduras no pasaban de 2000 hombres y ustedes tenían el poder, las Fuerzas Armadas, el apoyo del pueblo?”. Es decir, la correlación de fuerzas militar era favorable.

Así lo cuenta Hilda en su libro. Fue allí que intervino Ernesto Guevara. Aclaró que él no estaba bien informado, pero que no entendía cómo “teniendo el poder, con la legitimidad de un gobierno democrático, y el apoyo de las masas”, no se pudo resistir y hubo que abandonar. Esto le dice el Che al jefe comunista. Y era absolutamente cierto, ni siquiera desembarcaron tropas norteamericanas, los mercenarios tuvieron que entrar a pie por la frontera hondureña, con dos o tres avioncitos de apoyo. “El poder era nuestro”, esa fue la frase certera del Che. Parece que Fortuni no le pudo contestar y se indignó, según cuenta Hilda Gadea, y le dijo: “Nosotros creímos en el Partido, que era mejor que la reacción triunfara para que la gente se diera cuenta de lo que habían perdido y después volver”.

Aparentemente, el Che se enojó muchísimo y le respondió: “Mirá, no me jodas, el que tiene el poder no lo pierde sin resistencia, ustedes lo que han hecho es capitular”. Así está consignado en el libro “Años decisivos” y nadie jamás desmintió a Hilda Gadea, la primera mujer del Che.

Modesto E. Guerrero: Muy ilustrativa esa anécdota, Ricardo; yo he escuchado decir exactamente lo mismo a dirigentes calificados del proceso bolivariano,: “Si nos echan les haremos a vida imposible, no podrán gobernar”. Cuenta un poco de las experiencias de Uruguay y Chile.

Ricardo Napurí: En ambos países, sus ejércitos eran considerados los más democráticos del continente, con decenas de años de respeto a las instituciones democráticas. No obstante, bastó que a partir del ejemplo de la Revolución Cubana surgieran movimientos reivindicativos radicalizados y combatientes, como los Tupamaros en Uruguay, para que los altos mandos y oficialidad pasaran a la ofensiva de la mano del imperialismo, a través del golpe de Estado preventivo.

En Chile, con en el gobierno de la Unidad Popular, una minoría de militares de alto rango, quiso defender al gobierno y al presidente Salvador Allende de la conspiración en marcha desde los inicios en 1970. Ahí se combinaron dos cosas. La decisión imperialista de borrar la Unidad Popular, como quieren hacer con Chávez y la “revolución bolivariana”, junto con la política gubernamental del Partido Comunista y del Partido Socialista, conocida como “la vía pacífica al socialismo”.

Allende y su gobierno se negaron, incluso, a que ese pequeño sector militar que lo apoyaba, lo defendiera armas en mano contra el otro sector reaccionario. En eso Allende fue congruente con su concepción pacifista y parlamentarista de “la revolución”.

Este rechazo fue el que abrió la vía de sangriento golpe de Estado que terminó con la Unidad Popular, con el proceso revolucionario abierto y llevó al poder al genocida Augusto Pinochet. Y fueron más lejos. Tomaron la iniciativa, con el apoyo operativo y de la inteligencia estadounidense, en la creación del Plan Cóndor, ese entramado de los gobiernos dictatoriales del Cono sur, para suprimir con métodos genocidas a sus adversarios políticos.

Hay un caso reciente que es bueno tener en cuenta, cuando hablamos de la experiencia que vive Venezuela. El de Ecuador con Lucio Gutiérrez. Inicialmente, él se reclamó “chavista”, logró el apoyo de los campesinos organizados en la CONAIE y de organismos sindicales y sociales con influencia de masas. Ganó democráticamente la presidencia de la República. El “realismo” que pregonan ahora, lo llevó a decidir que había ido muy lejos, y con el apoyo de las Fuerzas Armadas, dio un giro a la derecha. Rápidamente, se volvió fondomonetarista, neoliberal militante, y sin esconderlo, partidario de Bush y de sus proyectos hegemónicos en América latina. Ahí también hubo mucho apoyo de las fuerzas de izquierda.

Modesto E. Guerrero: Lo que cuentas componen un drama histórico a tener muy en cuenta para abordar el proceso revolucionario en Venezuela...

Ricardo Napurí: Es que la coyuntura venezolana obliga a poner sobre la mesa estos hechos. Ahí tienes a Otto Reich llamando a derrocar a Chávez, y del otro lado, a Chávez proclamando que la pelea en el Referéndum es entre él y Bush. Ese es el enfrentamiento que no puede ser resuelto con medias tintas, ni dejarse a medio camino. O se lleva hasta el final, o retroceden los procesos. Esa es la lección de nuestra historia, aunque cada hecho haya sido distinto, como es natural. Pero ya sabemos qué es lo que no se debe hacer.

En Brasil, un día renunció a la presidencia el presidente Janio Quadros. Fue su única decisión apenas se lo insinuaron los militares golpistas. En Argentina, pasó lo mismo con Perón, que se fue sin organizar la resistencia, pero también Arturo Frondizi, que tuvo que encarar varios intentos de golpe, hasta que lo echaron. Víctor Paz Estensoro, en Bolivia, colocó en la Vicepresidencia al golpista reconocido René Barrientos en 1964. Su argumento fue que era necesario “aquietar” a las Fuerzas Armadas y a los Estados Unidos. No lo salvó la maniobra. Barrientos lo “traicionó” y lo sacó del palacio presidencial. Fue la misma mecánica y concepción equivocada que vimos en Chile cuando Allende pone a Pinochet como jefe militar y este lo “traicionó”. Siempre “traicionan”, pero no es así, es que el enemigo no perdona, va hasta el final, no juega con eso, aunque en los comienzos de un proceso nacionalista les vaya mal, como le ha ocurrido a la oposición y al imperialismo en Venezuela.

El caso boliviano fue muy triste, porque ahí el movimiento obrero y popular tenía experiencia en derrotar al enemigo, y en forma armada, como lo habían hecho en la Revolución de abril de 1952. Estensoro no los llamó a la resistencia, no los organizó, no los armó. Lo mismo vimos en todos los procesos que hemos comentado.

Aquí es bueno recordar el peligro que puede jugar un gran líder obrero cuando se mueve con los mismos criterios acuerdistas y de conciliación con el enemigo que hemos visto. Me refiero al caso de Juan Lechín, el más importante líder obrero que ha tenido Bolivia durante el siglo XX.

El había sido jefe de la revolución del 52 y dirigente principal de los mineros y de la poderosa Central Obrera Boliviana, COB. Fue también Vicepresidente de Paz Estensoro en una oportunidad. Su rol consistió en poner al servicio del acuerdo con el enemigo, su enorme influencia sobre el movimiento obrero y social, aplacó a los trabajadores y los convenció de entrar a los acuerdos contrarrevolucionarios.

Modesto E. Guerrero: En ese sentido se parece, entonces, a lo que hizo y hace el presidente de Brasil, Lula, que es al mismo tiempo el líder indiscutido del movimiento obrero.

Ricardo Napurí: Por eso lo de Lula y el PT constituyen actualmente lo más destacado en la historia de las capitulaciones. De su anterior declamación anti imperialista y por el socialismo, ahora, desde el gobierno, se erige en defensor de los intereses generales de los patrones, en el presidente que acuerda todo con el FMI, con Bush, etc. Ahí está Lula, a la cabeza de la misión militar de la ONU en apoyo al Pentágono para controlar Haití. Este tipo de dirigente no se cansa de afirmar que “algún día cambiarán de política”, pero que ahora les toca “humanizar” la explotación del capitalismo nativo, es decir, salvarlo.

Modesto E. Guerrero: Todas estas son lecciones para Cuba y Venezuela.

Ricardo Napurí: Mi intención en esta conversación es la de advertir a los lectores y prevenirlos con las lecciones que han arrojado importante hechos y experiencias. Asumir esos hechos para aprender de ellos. Podríamos agregar los ejemplos de Nicaragua, entre 1979 y 1989 y la de El Salvador en los mismos años.

Muchas de esas experiencias resultaron en verdaderas tragedias para nuestros pueblos. Estamos obligados a aprender de esa experiencia para no repetir sus errores en Venezuela y Cuba, y en cambio, superarlos y aplicar las mejores lecciones de esos procesos políticos.

Recientemente, el Comandante Borges, ex Ministro del Interior del gobierno sandinista y uno de sus jefes históricos, hizo en Caracas una reflexión autocrítica, reconoció que “más que los aciertos y el poderío desplegado por la contrarrevolución en aquella batalla, la derrota tuvo como aliado fundamental los errores, algunos de bulto y groseros, dentro de las propias filas del sandinismo” (6).

Bueno, es muy interesante esta autocrítica, es plausible. Lástima que llega demasiado tarde, cuando todo se ha perdido, después que muchos advertimos en su momento de esos peligros que Borges señala hoy.

Este repaso que hacemos por las lecciones de las revoluciones y procesos del siglo, debe servirnos, precisamente, para evitarnos la tragedia de tener que hacer estos balances años después. La vanguardia venezolana puede y debe aprender del pasado para guiar mejor su actual proceso político.

Lo que afirmo puede parecer demasiado provocador a algunos compañeros. Pero yo les pregunto: ¿en la correlación actual de las fuerzas que atraviesa el país, quién está a la ofensiva?

Para responder, primero hay que ubicar los contendientes, acto seguido la dinámica del proceso. En el frente de los reaccionarios está a la cabeza el imperialismo yanqui y su gobierno (que después puede ser Kerry), también los organismos internacionales, la banca internacional; le sigue la casi totalidad de la gran patronal venezolana y agreguemos a los partidos opositores, los medios, la Iglesia, los burócratas de la CTV y seguramente una fracción a la sombra dentro de las Fuerzas Armadas.

En el frente que encabeza Chávez y el movimiento bolivariano, se cuenta con el enorme caudal popular que aportan esos movimientos que sostienen la llamada “revolución bolivariana”, con la figura estelar de Chávez y de su gobierno. Sin embargo, no nos podemos confundir, en este frente tácito la fuerza principal, por su reciedumbre, su organización previa, su disciplina militante y su decisión de llegar hasta el final, son los trabajadores, jóvenes, hombres y mujeres de los barrios de la población oprimida. Igualmente, sus organismos independientes o autodeterminados en el movimiento de masas.

Es decir, estamos hablando de un colectivo resistente, socialmente muy fuerte, armado políticamente con un sentido de clase, a pesar de sus elementos policlasistas. Tiene fuerte acento nacionalista, concientemente anti imperialista y potencialmente anti capitalista, porque lo que enfrenta la “revolución bolivariana” es la dominación de los patronos, las oligarquías y su mandante, el imperialismo.

Este es un recuento apurado y forzado de las fuerzas, seguramente impreciso. Sé que por esquemático se me pueden escapar elementos, variantes y alternativas. Sólo quiero llegar a algunas conclusiones.

Y aquí les pongo una provocación-desafío. Yo afirmo, que la iniciativa, en la actual situación venezolana, la tiene el imperialismo yanqui y sus aliados y agentes antes señalados.

Primero, porque tiene una estrategia definida de recolonización. Eso implica deshacerse del chavismo y de Chávez en particular, porque son los obstáculos para todo lo que necesita hacer y rehacer en este país y en el continente. Energía, recursos naturales, biodiversidad, todo. Segundo, porque ganaron el derecho a convocar el Referéndum, cuando hasta hace un mes apenas, era exactamente lo contrario. Tercero, porque los enemigos internos siguen saboteando dentro y fuera de PDVSA. Cuarto, la banca internacional está tomando sus recaudos, posiblemente trasladando depósitos al exterior. Quinto, porque el enemigo ya sabe que cuenta con aliados al interior del proceso y del gobierno, entre partidos y dirigentes que quieren parar todo, frenar todo, dejar de andarse peleando con el imperialismo. Sexto, porque mientras más derechos y privilegios se les concede, ellos no aplacan su campaña contra el gobierno de Chávez, sino al contrario. Séptimo, están haciendo lobby entre países y gobiernos amigos de Chávez para aislarlo diplomáticamente. Ejemplo de esto, es el reciente envío de tropas a Haití, encabezado por los dos gobiernos más amigables de Venezuela en el Cono sur, mientras que Chávez adversa eso. Y por último, está Cuba, a la que le mantienen un asedio implacable, dirigido a golpear al mejor aliado que tiene el gobierno de Chávez.

Por su parte, el frente de la resistencia venezolana, tiene una debilidad que podríamos denominar “táctica” porque no saca partido total del enorme caudal de fuerzas socio-políticas que tiene a favor y que constituyen el amplio apoyo popular de las masas. Estas no combaten en su propio terreno, con objetivos claramente delimitados. Sólo responden a los ataques del enemigo.

El secreto de esta contradicción es que los adversarios no han sido golpeados decisivamente mediante medidas que les quiten el poder real que tienen dentro del país. Esas medidas no pueden ser otras que la expropiación y nacionalización. No se conocen otras. Y no digo de todo el sistema empresarial, sino de los grandes propietarios y de los más ligados al imperialismo. Eso comienza por los medios y la banca, que en la globalización juega un rol clave en el sistema económico. Y por supuesto, una reforma agraria radical.

Resulta urgente la necesidad de encontrar mercados alternativos para el petróleo venezolano, excesivamente atado al control del mercado yanqui. Esto obliga a la ruptura de la dependencia con el imperialismo, al igual que hizo Cuba a comienzos del años 60. Es la única forma de impedir la amenaza permanente, del tipo de la que hacen Otto Reich, Noriega o Bush, cada vez que les da la gana. No es lo mismo ser amenazado con el enemigo adentro, a que el enemigo no tenga poder interno para golpearte en forma sistemática.

En lo social, tiene que haber un verdadero salto en la distribución del ingreso, que supere las enormes desigualdades sociales, para que el frente de la revolución se gane el apoyo firme del pueblo trabajador. Eso es mucho más que planes asistenciales o redistribución de la renta.

En la coyuntura abierta después del llamado a Referéndum (junio 2004) asoma un nuevo y verdadero problema. Se trata de la vía siempre distorsionada de la democracia del voto en las sociedades capitalistas. Personalmente, estoy por el pleno ejercicio y desarrollo de la democracia, entendida como extensión irrestricta de derechos y garantías fundamentales para la mayoría de la población. Eso incluye la emisión libre y soberana del voto. Pero aquí puede aparecer el síndrome conocido en Nicaragua con la derrota electoral del sandinismo y en El Salvador con el Farabundo Martí. Esta opción no es irreal.

Aunque sabemos que la tendencia es que posiblemente no sea revocado el presidente Chávez en agosto. Pero si ocurriera, tendría que respetar ese hecho perverso del falso “juego democrático” al que está atado. Es ahí donde las fuerzas enemigas podrían recuperarse y recuperar el poder político y dar vuelta a todo por la “vía nicaragüense”, es decir, “democrática”.

Modesto E. Guerrero: Entiendo que estás advirtiendo sobre la posibilidad de que el proceso tome un desvío peligroso.

Ricardo Napurí: Si. Los trabajadores y la probable mayoría electoral del presidente corren peligro, porque ingresan a un camino que no dominan, que no les es propio, donde dependerán de “otros”. Sería distinto si llegaran al acto electoral –comenzando por el Referéndum– con los enemigos debilitados, con la sensación de que pueden aplastarlos. Estamos hablando que se van a enfrentar a un proceso electoral, pero hay elecciones y “elecciones”, no todas tienen el mismo contenido, pueden ser diferentes por sus consecuencias.

Esto lo conocen bien los imperialistas y la oposición interna, ellos son expertos en ese terreno. La Comisión Carter y otras se encargan de sistematizar esa experiencias en las múltiples elecciones que monitorean. Por algo el presidente Hugo Chávez afirmó a mediados de junio “Mi verdadero rival en el Referendo es Bush”. Creo que sus propias palabras sintetizan bastante este peligro que tratamos de explicar en la coyuntura.

Modesto E. Guerrero: ¿Podrías ampliar un poco más eso del “peligro nicaragüense”?

Ricardo Napurí: Que Chávez y el chavismo ingresan a un terreno donde el enemigo podría ganar los actos electorales que vienen. Y que Chávez y su gobierno, por ser demócratas sinceros, respetarán los resultados, al revés de lo que harían ellos. Si fuera así, los falsos demócratas retornarían al poder. Legitimarían por el voto el poder que no tienen en la calle y en la sociedad.

Eso sería como tener a Bush y su grupo del Pentágono en casa resolviendo todo. En ese caso, los trabajadores y los oprimidos no habrían tenido la oportunidad de dar la batalla en el terreno que les es propio, es decir, el de la acción directa, a través de sus métodos y organizaciones revolucionarias.

Modesto E. Guerrero: El proceso ingresaría a un callejón sin salida.

Ricardo Napurí: Si, y no hay respuesta a priori para ese tipo de realidades, cargada de especificidad, incluso de excepcionalidad. Lo que si queda claro es que vamos a un enfrentamiento entre, por un lado, la necesidad de que el proceso se profundice, y por otro, la posición de aquellos que dicen: “basta, hasta aquí llegamos”. Entre estos hay gente sincera y honesta. Pero están los otros, los “pendejos” y vivos que piensan que se debe frenar todo, y eso lo justifican con un invento ideológico peligrosísimo: «No es el tiempo de cambios revolucionarios ni de revoluciones».

Y si alguien les recuerda que Cuba demuestra lo contrario, entonces gritan: «Si, pero eso es el pasado». Siempre igual, o es el pasado o es el futuro, todo para no asumir la responsabilidad de llevar hasta el final los procesos que comenzaron.

Este tipo de personajes expresan las tendencias quedantistas y conservadoras de los inevitables procesos revolucionarios que vive toda sociedad. La tragedia y frustración de la Unidad Popular en Chile, ni la tienen en cuenta.

Modesto E. Guerrero: ¿Ricardo, estás planteando seguir el camino de los revolucionarios cubanos?

Ricardo Napurí: Si y no. Como decía el marxista peruano Juan Carlos Mariátegui, las revoluciones no pueden ser “calco ni copia”, no se pueden imitar. Sin embargo, yo rescato de los revolucionarios cubanos el hecho histórico de “haber ido más lejos de su programa inicial y de lo que ellos querían en la vía de la ruptura con el imperialismo”.

Y por haberlo hecho, expropiaron a la patronal de Cuba y se metieron en el creador sendero de las transformaciones socialistas de la sociedad. Ese es el maravilloso ejemplo que le dieron al mundo y a la historia en los primeros años de la revolución. Modesto E. Guerrero: ¿Y en Venezuela?

Ricardo Napurí: No digo que se aplique igual en Venezuela. “Ni calco ni copia”. Debemos tener en cuenta la situación mundial que gravita sobre el país; y la mundialización-globalización y al imperialismo agresor. No obstante, insisto que es imprescindible rescatar el “método” cubano, pero poniendo el acento en lo subjetivo.

Modesto E. Guerrero: ¿En qué consiste ese “método” al que aludes?

Ricardo Napurí: En una coyuntura muy parecida a la venezolana actual, lo dirigentes cubanos, que por cierto no tenían pasado socialista ni marxista, que más bien procedían de las capas medias y de la pequeña burguesía cubana, y que además, encabezaban un frente policlasista, se encontraron súbitamente con este dilema notable.

Entre el imperialismo yanqui que los agredía y las masas radicalizadas que se sumaron a la revolución, ellos optaron por apoyar la dinámica de las masas, la defensa de sus intereses enfrentadas al amo extranjero.

¿No creen que ambas realidades, la cubana de entonces y la venezolana actual, se parecen mucho? ¡Sorprendentemente mucho!. Lo que quiero destacar es la voluntad revolucionaria de dirigentes sin pasado ni concepciones socialistas. Ellos no temieron enfrentar a la bestia imperialista y vencerla en la acción. Por haber actuado de esa manera salvaron la revolución que apenas comenzaba. Así fue que ingresaron por la puerta grande de la historia. Si no, serían un recuerdo más.

Modesto E. Guerrero: Entonces están insinuando que Chávez y los dirigentes que lo acompañan en el gobierno y fuera de él, ¿están ante la misma responsabilidad histórica?

Ricardo Napurí: Contundentemente si. En Venezuela se han producido hechos que constituyen un enorme capital político y que no se deben perder. Han dado varios años de combate democrático contra el régimen “democrático” de la IV República, y de resistencias todavía limitadas al imperialismo y sus agentes nativos. El pueblo y los trabajadores han salido a las calles una y otra vez, para luchar por sus derechos y reivindicaciones. Han derrotado por primera vez en la historia un golpe, en menos de dos días, coparon cuarteles y palacios, paralizaron a la clase media derechizada y a la burguesía, e indirectamente también le propinaron una derrota al imperialismo en las calles.

8 meses después, en diciembre de 2002, soportaron un saboteo a la industria petrolera que los redujo a cocinar con leña, y derrotaron ese saboteo. Se han organizado democráticamente, participan activamente de la política, votaron masivamente su nueva Constitución, asisten a marchas y grandes actos periódicamente, es decir, han desplegado una energía revolucionaria impresionante.

En este camino han madurado aceleradamente su conciencia política de clase, tanto que se organizan y autodeterminan por la base.

Así estarán de entrenadas, que fueron, junto a los militares chavistas, el factor decisivo en la liberación de Chávez y su restitución al poder en 2002. Eso no se ve todos los días en la historia. No se si están concientes de esa fuerza actual y sobre todo, no sé si han sacado todas las conclusiones de su enorme capacidad política.

Todo el mundo reconoce que las masas y las vanguardias venezolanas están listas para entrar a la batalla en defensa de sus conquistas y por lo que consideran la defensa de “su revolución”. La organización de actividades multitudinarias desde junio de 2004, para que Chávez no sea revocado en agosto, es más que una demostración de esa capacidad política.

Nadie puede acusarme de exagerar. Este es el clímax que se vive actualmente. Aprovechar esta excepcional situación dependerá de las direcciones, pero principalmente por la entrada en escena de sus organismos de base. Más claro: del propio Chávez y del chavismo.

Modesto E. Guerrero: Como siempre ocurre con las revoluciones, no son decisiones fáciles.

Ricardo Napurí: Nunca lo han sido. El temor a la revolución siempre ha sido real. Si repasamos la historia estas sólo se producen cuando confluyen una suma de condiciones excepcionales. Es lo que se ha denominado el “salto cualitativo”. Y cuando hablamos de la dirección del proceso, como un factor decisivo, hay que bajar a tierra los peligros de la vida real, los obstáculos en el camino de la revolución.

Por ejemplo, ¿y si Chávez desaparece por cualquier causa, entre ellas el atentado? ¿Y si el camino del Referendo y los comicios presidenciales desvían el rumbo? ¿Y si Chávez duda ante su rol histórico actual y afloja, como hicieron Allende en 1973 o Perón en septiembre de 1955?

Si Hugo Chávez siguiera el “método” cubano no habría problemas. Pero si no lo sigue, ¿cuál sería la dirección alternativa? ¿qué organismos y hombres podrían integrarla? En un momento, en Bolivia, la COB constituyó un doble poder y tuvo la posibilidad de ser la dirección alternativa al gobierno del MNR. Nunca debemos olvidar los ejemplos que pueden servir, sean de América latina o de otros continentes.

Y los responsables políticos, sociales y sindicales y los organismos, deben recordar que a la correcta frase “ni calco ni copia”, conviene agregarle otra, también valedera: “el proceso histórico no espera ni perdona”.

Es decir, las revoluciones anuncian su presencia, quienes las dejan pasar tienen sanciones, y graves.

Notas

1. “Bonapartismo sui generis” es un concepto acuñado por el revolucionario ruso León Trotsky a finales en la década de los años 30, en discusiones con latinoamericanos. Está dirigido a interpretar un tipo de régimen surgido América latina y Asia (más tarde en África) en la época del imperialismo del siglo XX. Se limita a definir aquel modelo de régimen que se ordena alrededor del rol unipersonal de un líder, un presidente o un jefe de Estado, como mediador entre las clases internas y a su vez, entre su Nación y el imperialismo. Trotsky clasificó dos tipos de bonapartismos, el “reaccionario”, cuando reprime a las masas, y el “progresivo” cuando se apoya en ellas para resistir al imperialismo y/o a las oligarquías internas. El término alude al régimen instaurado por Luis Bonaparte en diciembre de 1848 en Francia, que disolvió las instituciones democráticas de la burguesía, derrotó al proletariado en las calles, ilegalizó sus partidos y dirigentes y concentró todo el poder del E stado en la figura presidencial, hasta ser proclamado Luis Bonaparte, el Napoleón III, nuevo Emperador de Francia.

2. “Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de dominio ideológico. Se compró la conciencia de destacados intelectuales aparentemente intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a los sectores más radicales del movimiento obrero. Se crearon decenas de revistas de cultura y arte en las que, desde una perspectiva aparentemente 'neutral' y 'libertaria', se atacaba y desprestigiaba a los intelectuales más comprometidos con su tiempo. Y cuando la trama de la corrupción no resultaba suficiente para imponerse, se preparaban las condiciones para el golpe de estado y el asesinato del enemigo”. “La CIA, su historia y su papel en el mundo de hoy”, de Manuel Medina Anaya y Cristóbal García Vera, publicado en Argenpress.info, 21/12/2003. Del libro “Algunas claves para entender el siglo XXI”, Canarias 2003.

3. Supraimperialismo fue una definición usada por el teórico marxista alemán, Karl Kautsky, dirigente de la II Internacional socialdemócrata. Aludía a una tendencia a la superconcentración del imperialismo que anulaba la competencia. Lenin se opuso a esa tesis en 1915, en su libro “Imperialismo, fase superior del capitalismo”. Napurí usa la palabra, no el concepto, para ilustrar el grado de diferencia entre Estados Unidos y los otros imperialismos, después de la caída de la URSS.

4. Alusión al sorpresivo desembarco de las fuerzas aliadas el 4 de junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, en las playas francesas de Normandía.

5. Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, fundada a comienzos de los años 20, fue el primer movimiento que abogó por la unidad latinoamericana contra el imperialismo. Promulgó un programa populista de cinco puntos: unidad de acción contra el imperialismo yanqui, unidad de América latina, industrialización y reforma agraria, además, internacionalización del canal de Panamá, solidaridad mundial con todos los pueblos y clases oprimidas. Luego el APRA degeneró para convertirse en un partido liberal, anticomunista y agente del imperialismo. (Tomado del libro: “Sobre la Liberación Nacional”, León Trotsky. Editorial Pluma, Bogotá, 1980).

6. Comisión Interna, es un organismo de base del movimiento obrero argentino, surgido con el desarrollo del peronismo y la reestructuración de la clase trabajadora de los años 40. Es el organo sindical más pegado a la base dentro de la abigarrada estructura burocrática del sindicalismo de este país.
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Entrevista a Fidel Castro Díaz-Balart: “Fidel tuvo una visión, y se ha hecho realidad”

Entrevista a Fidel Castro Díaz-Balart: “Fidel tuvo una visión, y se ha hecho realidad” La Vanguardia de España

Víctor-M. Amela
7 de Junio de 2004

Fidel Castro Díaz–Balart; hijo de Fidel, líder del programa nuclear cubano


"Tengo 54 años. Nací en La Habana. Soy físico nuclear, catedrático del Instituto de Ciencias Avanzadas y Tecnología y asesor científico del presidente del Consejo de Estado. Estoy casado y tengo tres hijos, Mirta (29), Fidel Antón (24) y José Raúl (19). Soy de izquierdas y soy ateo. Soy aficionado al ajedrez. Cuba está diseñando su futuro."

Víctor-M. Amela(VMA): -Cómo está su padre de salud?

–Ya se vio en el documental de Oliver Stone: parece que está bien, ¿no?

VMA: –¿No le ve usted a menudo?

–¿Qué es “a menudo”? Él es una estadista con altas responsabilidades más allá de las familiares, y eso exige un cruce de agendas...

VMA:–No me responde usted.

–¡Soy gallego, recuerde!

VMA:–Yo sólo quería saber si toda la familia Castro se reúne para la cena de Navidad...

–Procuramos seguir tradiciones españolas, pero él es un jefe de Estado con sus urgencias y necesidades... Como todos los mandatarios mundiales a ese nivel, imagino...

VMA:–¿Qué consejo de los que su padre le dio siendo usted niño hoy valora usted más?

–El que dio a todo el país en general: lo principal es la educación y la cultura, y, en particular, formar a hombres de ciencia.

VMA:–¿Siguió usted el consejo?

–El país entero lo siguió: si en 1960 el 50% de la población era semianalfabeta, ¡hoy es la producción intelectual el principal valor de la economía cubana!, una economía del conocimiento. Fidel tuvo una visión, un pensamiento estratégico que se ha hecho realidad: Cuba no vivirá de sus materias primas, pero sí de su producción intelectual.

VMA:–Le preguntaba por usted.

–En 1974 me licencié en Física Nuclear en la Universidad Lomonosov de Moscú.

VMA:–¿Le presionó su padre para estudiar eso?

–No se estudia algo así por presión paterna: es vocacional, exige mucho interés. Siempre me atrajeron las matemáticas, la física, entender la teoría de la relatividad: ¡ya en el colegio me llamaban “el Ingeniero Atómico”!

VMA:–¿Albergaban ustedes el proyecto de fabricar en Cuba su propia bomba atómica?

–Jamás tuvimos aspiración tan absurda, dada nuestra coyuntura geopolítica. Una bomba atómica no puede hacerse debajo de una cama. Y, además, nuestra lucha ha sido por la soberanía, ¡y jamás nuestra filosofía ha sido agredir a nadie: carece de sentido!

VMA:–¿Y para qué quiso ser físico nuclear?

–Desarrollé el programa nuclear cubano: una tecnología, formación de especialistas en varios campos, producción de energía...

VMA:–En el mapa energético cubano, ¿qué presencia tiene hoy la energía nuclear?

–Nula. Casi conseguí que generásemos nuestra propia energía electronuclear, pero lo impidió la pérdida de nuestro “partner” tecnológico (la URSS) y, sobre todo, el bloqueo de la ley Helms-Burton.

VMA:–¿La Administración estadounidense impide que Cuba goce de energía nuclear?

–Así es: se han aplicado a boicotear cualquier crédito para financiar ese programa.

VMA:–¿Y cómo generan ustedes su energía?

–Nuevos hallazgos petrolíferos y de gas nos proporcionan la energía eléctrica que queríamos generar con esa central nuclear.

VMA:–Usted, que estudió en Moscú, ¿qué sintió ante la caída de la URSS?

–Nostalgia y pena, por las bellas vivencias de mis días allí, en mi segunda patria. Ésta es sólo una valoración personal, humana...

VMA:–¿Y la valoración política?

–Seguramente había cosas que no funcionaban bien..., y lo cierto es que la historia se mueve de un modo impredecible.

VMA:–Ahora diríase que se mueve hacia un modelo de capitalismo global...

–No crea que hay modelos inmanentes, valores fijos. Hay muchos caminos para ir a Roma, y cada sociedad encontrará el suyo.

VMA:–¿Veremos un día a los cubanos ir a votar entre varias opciones políticas?

–Pudiera ser, o pudiera no ser... Hay un modelo que no es bien comprendido porque no cumple ciertas reglas que se pretenden universalmente válidas, esas que quieren imponerse ahora en Iraq. ¡Y no! No hay modelos universales, definitivos e inmanentes.

VMA:–¿Qué otros hay?

–Mire a China. un sistema unipartidista que ha introducido cambios, y le va bien. Están creciendo..., pero hay todavía 200 millones de personas sumidas en la pobreza.

VMA:–Pero en Cuba falta libertad individual.

–La libertad es el conocimiento de la necesidad. Es decir, hay que priorizar necesidades: primero, la subsistencia; segundo, la dignidad, la educación y la salud...

VMA:–¿Y la libertad de movimiento, cuándo?

–Las barreras las pone Estados Unidos, que apenas concede visados: sólo a intelectuales, profesores, ingenieros... A los demás con una ley criminal (la ley de ajuste cubano) los espolea a jugarse la vida para llegar allí.

VMA:–Pero oponerse a Fidel es ir a la cárcel...

–No: hay unas leyes, y se cumplen, como en España. Si quiere hablar de derechos humanos, podemos hablar de Guantánamo, de las cárceles de Iraq... ¡Ah, y el Gobierno de Estados Unidos ha intentado impedir que los científicos cubanos publiquemos en revistas científicas norteamericanas! ¿Acaso no es eso totalitarismo? ¡Hay mucho doble rasero!

VMA:–¿Cómo ve el futuro de Cuba?

–Soy optimista. Un 6,2% de nuestra población es universitaria (como en un país desarrollado). Hay un médico por cada 165 habitantes (y 15.000 médicos cubanos fuera de la isla), la mortalidad infantil es como la de Washington (seis por cada mil nacimientos), cada bebé tiene garantizadas sus 15 vacunas, diez de los productos de biotecnología de más uso se producen en Cuba...

VMA:–Ya, pero si la mejor gente se les marcha...

–En Cuba no tendrán el poder adquisitivo que afuera, ¡pero no todo es el dinero!: crearemos parques científicos, centros de excelencia que motiven a nuestros investigadores....

VMA:–Que sea para bien de todos los cubanos.

–Mire, el futuro no puede predecirse, pero sí diseñarse. Y lo diseñaremos los cubanos.

Entrevista a Michael Moore:

Entrevista a Michael Moore: "SÓLO ESPERO QUE BUSH SEA EXPULSADO DE LA CASA BLANCA"

Beatrice Sartori

Rebelión

Todo se puede esperar de Michael Moore. El orondo escritor y documentalista ha dado un paso de gigante en su carrera como portavoz de la conciencia política norteamericana con Fahrenheit 9/11. Tras sortear muchas dificultades, pero con el aval de la Palma de Oro de Cannes, el filme que denuncia los negocios entre la familia Bush y Bin Laden se estrenará el 25 de junio en mil salas norteamericanas. Excéntrico, incendiario y sin pelos en la lengua -como sus películas-, el autor de Bowling for Columbine ha hablado con El Cultural.

El documentalista y agitador norteamericano Michael Moore (Flint, Michigan, 1954) fue la estrella y vencedor absoluto del último Festival Internacional de Cine de Cannes, que siempre al compás de los tiempos se ha revelado como uno de los más políticos desde hace varias ediciones. En su particular guerra contra el presidente George W. Bush, hijo (o "el gobernador Bush" o "junior", como Moore le llama), el cineasta ha creado una pieza flamígera, al borde de la propaganda, con la que espera echarle del Salón Oval. Si con la incendiaria Bowling for Columbine logró la prohibición de venta de munición a los menores en las grandes áreas comerciales, con Fahrenheit 9/11, Palma de Oro en Cannes, quizá devuelva a los demócratas a la Casa Blanca. El 25 de junio se estrena en los Estados Unidos de América del Norte y el protagonista de la foto de las Azores va a acumular aún más problemas. Tras dos horas de espera bajo el achicharrante sol de la Costa Azul, El Cultural tuvo acceso a un encuentro con el orondo, hiperactivo y excéntrico Moore. En aquel momento, las poderosas distribuidoras de las productoras Disney y Miramax se abstuvieron de estrenar el filme. Es ahora New Line quien la lleva a las pantallas sin temer convulsiones políticas ni amenazas desde Washington. A nuestro país llegará a finales de julio de la mano de la distribuidora española Alta Films.

-Fahrenheit 9/11 se las tendrá que ver con Spiderman, Shrek y otros héroes populares.

-A mí lo único que me interesa es que la gente vea mi película antes de las elecciones para que no vuelvan a robar la elección presidencial al pueblo americano. No tengo otras preocupaciones en la cabeza. No busco un taquillazo sino que la historia de las íntimas relaciones de la familia Bush y la de Arabia Saudí, así como con la de Bin Laden, salga a la luz. Hay muchos jóvenes muriendo por los negocios que esta gente se traen entre manos.

-Se le ha acusado de hacer estas películas importantes para, de paso, hacerse rico.

-Siempre he creído en las normas que rigen el capitalismo. Bowling for Columbine hizo mucho dinero y creo que esta película también lo hará. Pero yo no he creado el sistema de mercado. Aunque me boicotean y lo seguirán haciendo... sobreviviré a los grandes holdings de la industria cinematográfica sencillamente porque les lleno las arcas. La política, la guerra o lo social les da lo mismo: sólo piensan en el dinero. Y es el dinero lo que les hará tragar con todo. Eisner y Weinstein se han bajado en marcha, pero ya llegará alguien. Vieron el impacto que el documental puede tener en la campaña electoral y eso les hizo salir corriendo.

La retirada de Mel Gibson

-También se ha encontrado con varios obstáculos para poder financiar la película...

-Sí, muchos. No es la primera vez que me sucede, pero en esta ocasión hay algunas novedades. Irónicamente, el primer dinero me vino de la productora Icon, de Mel Gibson. El se encargó de la distribución de Bowling... y ya entonces me anticipó parte del dinero para la siguiente, tratara de lo que tratase. Llegamos a un acuerdo y firmamos, pero más tarde vino un día a mi casa desde Roma, donde estaba rodando La pasión de Cristo, y me anuncia la ruptura del contrato dado que ha recibido una llamada desde la Casa Blanca anunciándole que será personan non grata si me financia. Así funcionan las cosas. Y después de Gibson me llamó Eisner desde Disney y luego entró Harvey Weinstein, de Miramax, que también ha salido corriendo. Así que desde el principio han tratado de que no hiciera esta película, y después, de no distribuirla. Disney la produjo y sin decirme nada, lo he sabido después, decidieron no estrenarla tras una reunión cuando comenzó la campaña presidencial. Y ahora me callo cosas pero anuncio que nada más estrenarla, hablaré mucho y de varios asuntos que quizá a muchos incomoden.

"¿Por qué hay que hablar de ataúdes y muertes, y de cuántos morirán o de si ocurrirá? No lo encuentro relevante. Así que, ¿por qué debería yo utilizar mi bella mente en estos temas y ver cómo mi hijo sufre?". Barbara Bush, esposa y madre de presidentes tuvo el valor de hacer esta declaración el 18 de marzo de 2003, antes de que su "sufriente" hijo anunciara la segunda guerra contra Irak. Mientras, su hijo se hacía un costoso corte de pelo antes de jugar al golf con un grupo de amigos millonarios. Todas estas escenas están en Fahrenheit 9/11, así como material inédito que le han pasado a Michael Moore periodistas de varios continentes, emisoras de televisión (por ejemplo, la británica Channel Four), freelancers y trabajadores que sacaron de sus puestos de trabajo ilícitamente material grabado. Moore es un hombre que busca que la polémica altere situaciones y comportamientos. Por eso muestra torturas sucedidas en la prisión de Abu Ghraib, antes de que estos vergonzantes sucesos fueran objeto de conocimiento, y revela las íntimas conexiones de las familias Bush y Saudí, que fueron reveladas en el excelente libro House of Bush, House of Saud, de Craig Under.

Esperando un vuelo

-Han transcurrido 15 años desde su primera obra, Roger and Me, acerca del daño que la empresa General Motors causó a su villa natal de Michigan. Fahrenheit 9/11 se originó en un incidente que le ocurrió a usted y su mujer en el aeropuerto LAX, de Los Angeles. ¿Es así?

-Correcto. Bueno, también y antes de empezar a rodar, fundé un periódico local, "Flint Voice", en el que daba caña a todo lo que se movía. Volviendo a su pregunta, sí. Estábamos mi mujer [Kathleen Glynn, también productora de sus películas] y yo esperando a volar a Nueva York cuando se anunció el comienzo de la guerra y la cancelación de todos los vuelos. Estábamos puteados, pero me ofrecieron dinero para cancelar nuestros asientos y los metí en esta película. Días después, me enteré que la familia Bush estaba usando el espacio aéreo y aviones privados para proteger a sus amigos de la familia saudí, incluso parientes de Bin Laden y de Sadam Hussein. ¡Aviones y espacio aéreo para ellos! Y se sabe que parientes de Osama Bin Laden viven estupendamente en mi país bajo la protección de la familia Bush.

-¿Cuáles son sus intenciones detrás de sus películas?

-¡Intentar cambiar pequeñas cosas que tengan significado! Yo rodé en Irak durante la guerra las cosas inimaginables que se ven en la película. No sabían quién era yo, ni que no era periodista. ¿No es fuerte? Ahora, después de las torturas de esa cárcel, sé que ya no son tan fuertes, pero cuando las rodé, hubo noches en que no pude dormir. Para mí, era inimaginable entre soldados que ejercían "ayuda humanitaria".

-Las imágenes de los muertos, de varios bandos, son casi imposibles de soportar. Hay voces que le llaman "no patriota".

-Mire, creo firmemente que es una película patriótica, norteamericana y honesta. Me considero el primer patriota de los Estados Unidos de América. Y no puedo por ello soportar la idea de invadir un país que no nos ha atacado y sólo para presevar los negocios secretamente ilegales de varias familias. Sin olvidar a los jóvenes, sobre todo hispanos y afromaericanos de familias trabajadoras, incluído el mártir Nick Berg, a los que el patriotismo les lleva a creer las arengas en el nombre de Dios del gobernador Bush, las falsedades de Condoleeza Rice, el tubito de las falsas armas de destrucción masiva, el bochorno de Colin Powell... eso sí, tiempo después, la sordera ante los derechos sancionados desde Ginebra y La Haya... ¡en fin! Los que me acusan de antipatriota votaron a Bush y saben que se robó la presidencia. Si le digo lo que pienso, es antipatriótico vitorear a un presidente que no lo es y que manda a jóvenes a una guerra en la que sólo defiende los intereses comerciales de su millonaria familia. Ninguna familia merece que nadie muera y eso incluye a los Bush.

-A concurso en Cannes, ¿es fácil ser un ciudadano norteamericano en Francia?

-Muy fácil. Francia es y siempre ha sido el primer amigo de mi país. Nos ayudaron en nuestra guerra de Independencia y nosotros pudimos estar el día D en Normandía para echar a los nazis. Todos estamos enamorados de París y de la cultura francesa. El idilio continúa.

-En el origen ancestral de Farenheit 9/11 se planteó hacer una comedia, ¿es así?

-Pensé en una comedia en la que dos familias, los Bush y los saudíes, comercian con armas a través de Suiza y Canadá. Iba bien y era divertida, pero sucedió el 11 de septiembre y lo cambié todo. Simplemente dejó de parecerme apropiado tratar aquello como si fuera algo gracioso.

Objetivo: los americanos

-¿Quién desea, por encima de todo, que vaya a ver la película?

-Creo que, sobre todo, mis conciudadanos norteamericanos. A ellos va dirigida la película en primer lugar. Sobre todo a los más jóvenes, para que crezcan sin ser engañados y que no mueran por mentiras e intereses económicos familiares.

-¿Qué cree que ocurrirá cuando se estrene?

-No sé qué pasará al día siguiente del estreno. Le dije ayer a mi mujer que lo consideraré el primer día del resto de mi vida. La repercusión en Cannes es fabulosa, pero mi objetivo es que algo ocurra en mi país. Antes del Festival, acudí a varias proyecciones de test. Había publicistas también y distribuidores internacionales. Muchos vinieron a chocar mis cinco llorando de alegría.

-Nadie de la Casa Blanca, supongo.

-Yo no sé qué decir ya. Sólo espero que ese embaucador y fraudulento presidente sea expulsado de la Casa Blanca. Al Gore no regresará, pero espero que John Kerry le vindique. Quiero que mi país demuestre que ya nunca más será posible robar unas elecciones, crear guerras en tiempos de paz y prosperidad y matar a jóvenes, mujeres y niños para ganar dinero. Hago estas películas para dar información y potenciar la democracia. Quiero que mis conciudadanos vean, reflexionen y tengan sus propias ideas. Y luego voten en conciencia.

-¿Qué piensa del cine que se está haciendo en su país?

-Casi todas las películas que salen ahora de Hollywood apestan. Y no digo títulos: están ahí. Son todas iguales, iguales, iguales. Pero todo Dios va a verlas. Ahora es ya una rareza encontrar algo original. ¿Dónde está ahora una película como Pee Wee's Adventure? Aquello fue lo mejor que le ha pasado últimamente al cine norteamericano. Hay un par de generaciones que ya no saben lo que es el buen cine.

-¿Planes para el futuro que pueda revelar?

-Sueño con saltar a la ficción... pero no todavía. Tengo dos proyectos en marcha. Todavía quiero rodar un documental acerca del conflicto palestino-israelí y otro sobre la industria del petróleo. En fin, ahora necesito buscar el dinero. No va a ser fácil...
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Entrevista al periodista cubano Randy Alonso Falcón

Entrevista al periodista cubano Randy Alonso Falcón "La Batalla de Ideas es una concepción estratégica de la Revolución con los jóvenes a la vanguardia"

Alina Perera Robbio
CubaDebate


Randy Alonso Falcón es uno de los hombres más ecuánimes y de buen carácter que conozco. Nunca lo he visto airado ni nervioso, ni siquiera en aquellos tiempos difíciles de los noventa en que yo cursaba el primer año de la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana y él era el presidente de la FEU del centro.

Por entonces lo más normal en mi generación estudiantil era guerrear por cualquier asunto. Agarrábamos un concepto, nos atrincherábamos en él, y la vida discurría en tensiones que solo cedían, por ejemplo, si gente como Randy entraba al aula a explicar alguna cosa. Él era como un punto medio que todos querían y respetaban.

Fui en busca del colega graduado en 1992, quien ahora tiene 34 años, para entrevistarlo por su larga experiencia como dirigente estudiantil y juvenil. Es miembro del Comité Nacional de la UJC, y coordinador de las Mesas Redondas, las cuales constituyen uno de los más de 170 programas de la Batalla de Ideas. Fue testigo del V Congreso de la Juventud Comunista, del VI, del VII, y estará presente en el VIII.

Para comenzar este diálogo llegué hasta su oficina. Prefirió conversar en otro lugar. Su espacio de trabajo parece un almacén de papeles apilados en torres altísimas; sus secretarias no dejan de moverse; los teléfonos no dejan de sonar. Le pregunté: "¿ Cuántas horas trabajas al día?". Lanzó una repuesta apurada: "¿Qué sé yo...?", y la enderezó en el camino: "15, 18, a veces 20". En otro lugar silencioso, como en un experimento al vacío, le hice la primera pregunta.

-¿Desde los días del VII Congreso hasta hoy, qué cambios más importantes, a tu modo de ver, se han producido en la organización juvenil de vanguardia?

-Creo que ha habido un cambio sustancial. Al Congreso aquel se llegó en medio de una revolución que apenas tenía un año. Hay que recordar los cambios producidos en la dirección de la Juventud en 1997, lo cual fue punto de partida para un trabajo en la organización, que tenía lugar cuando llegó el VII Congreso en 1998.

"Del Congreso surgió un debate bien crítico. La reunión fue muy analítica, con temas que tenían que ver con lo que nos tocaba como Juventud Comunista, y con el papel que los jóvenes estaban desarrollando en la sociedad.

"Recuerdo un debate muy importante sobre el tema de la Salud, y otro sobre la batalla ideológica. Fueron puntos de giro para lo que después ha venido siendo la UJC que como principio entendió algo clave: para poder organizar su trabajo con los militantes y con todos los jóvenes del país primero tenía que fortalecerse; y ahí estuvieron centradas las principales acciones de la Juventud inmediatamente después del Congreso, en garantizar que nuestras estructuras de base funcionaran, no solo que se reunieran, no solo que hubiera asistencia, sino que los militantes tuvieran tareas, que el comité de base se convirtiera realmente en una fuerza decisiva dentro de las escuelas y los centros de trabajo, que se convirtiera en un grupo de discusión, de análisis de la situación concreta de cada lugar y del país.

"Se emprendieron un grupo de acciones que son las que hoy nos permiten tener una juventud fortalecida en lo interno y con posibilidades de enfrentar las grandes tareas que la Revolución, poco tiempo después de aquel Congreso, entregó a la UJC.

-¿Cuánto crees que haya influido el nacimiento de la Batalla de Ideas en el nuevo estilo de trabajo que hoy tiene la organización?

-Muchísimo. Estaba releyendo en estos días lo que Fidel dijo en el VII Congreso de la Juventud, en diciembre de 1998. Todavía no habían secuestrado a Elián, no se había desatado la batalla por ese niño que se convirtió después en una batalla por todos los niños de Cuba, y ya Fidel en aquel Congreso esbozaba lo que sería la Batalla de Ideas, ya entonces utilizaba el concepto de Batalla de Ideas, y hablaba del papel que tendrían que desempeñar los jóvenes. Incluso me sorprendía cuando leía, que en aquel momento Bush todavía no era candidato a la presidencia de los Estados Unidos, faltaban casi dos años para que se hicieran esas elecciones, y ya Fidel aludía a la posibilidad de que una cúpula de ultraderecha, fascista, asumiera el poder en los Estados Unidos, y hablaba de estar preparados no solo para defendernos, sino también para desarrollar una Batalla de Ideas.

"Lo que estamos haciendo hoy fue acelerado por una circunstancia -el secuestro de Elián y la masiva movilización de nuestro pueblo-, pero estratégicamente era una concepción de la dirección de la Revolución que siempre vio en los jóvenes el baluarte de esa lucha. Yo creo que por eso no es casual que el 5 de diciembre fueran ellos los que con un altoparlante, encima de un jeep, en medio de la oscuridad de la noche frente a la Oficina de Intereses, dieran inicio a esa batalla.

"La Revolución lo que ha hecho con la Batalla de Ideas es poner en manos de la UJC los instrumentos, las tareas para asumir la relación con todos los jóvenes del país. La fuerza que hoy tiene la Juventud Comunista a través de los trabajadores sociales, es extraordinaria. A través de ellos llega, acompaña, es amiga.

"La Juventud puede asumir la batalla porque se había fortalecido internamente, pero la batalla contribuyó a que esa Juventud se fortaleciera aún más, adquiriera más membresía y tuviera mayor influencia entre todos los jóvenes del país".

-Que los cuadros juveniles deban prepararse mejor es uno de los temas más frecuentemente abordados en las asambleas provinciales. ¿Cuán grande es ese desafío?

-Creo que estamos en el mejor momento para los cuadros de la Juventud, pero también en el más difícil. Lo primero es porque la dirección de la Revolución les dio la posibilidad a todos los cuadros de la Juventud de estudiar hoy en las universidades. Casi el 50 por ciento de ellos es graduado de la educación superior. El resto han tenido la posibilidad de ingresar en la universidad, y están hoy estudiando.

"Lo difícil es precisamente porque hoy trabajamos por una sociedad cada vez más preparada, más culta, donde los problemas que tenemos que enfrentar son cada vez más complejos en el orden ideológico, en el orden político, incluso en el orden económico, y por tanto, para que un cuadro pueda establecer una comunicación con los militantes de la Juventud, debe tener cada vez mayor conocimiento. Fidel, en este tiempo de la Batalla de Ideas, nos ha enseñado que debemos prepararnos todos los días. Esa ha sido siempre su manera de trabajar y de poder enfrentar los retos, y ha sido lo que nos ha transmitido, junto a la certeza de que todo problema tiene solución (siempre y cuando se trabaje para encontrarla), y de que cada idea genera otras nuevas. Creo que ha sido extraordinario lo que Fidel ha aportado en esta etapa al trabajo de la organización en métodos, estilos de trabajo, conceptos nuevos.

"El reto de hoy va a ser más difícil mañana, porque todos esos niños que están en las escuelas aprendiendo con un maestro cada 20 alumnos, con computadora, con enciclopedia, serán los futuros militantes de la Juventud; por tanto, cada vez va a ser más complejo el debate, el análisis, y el cuadro juvenil tendrá que estar muy preparado para afrontar esa tarea".

-Hablamos mucho en estos tiempos de cultura general integral. ¿Cuál es tu definición de ese concepto?

-Creo que implica, en primer lugar, tener una cultura política. El hombre, como ser humano, es un ente político, participa de la política de una manera o de otra. Y por lo tanto adquirir cultura pasa necesariamente por la cultura política que yo veo muy asociada a la cultura histórica, a la cultura del conocimiento de las sociedades, a la cultura artística, pasa hasta por la manera de comportarse.

"Cultura general integral no es solo ir a una función de ballet, o escuchar música clásica o música popular. Pasa necesariamente por un conocimiento amplio del mundo, y por entender los fenómenos que en él acontecen. Me parece que ese es el modo como la Revolución está enfrentando el concepto de cultura general integral.

"Lamentablemente todavía tenemos a veces extraordinarios profesionales que conocen mucho de su materia, pero que están bastante alejados del conocimiento de la Geografía, de la Historia, de la política, y por lo tanto no pueden aspirar a una conversación amplia con muchos jóvenes.

"Cultura general integral es también alto grado de sensibilidad humana para unir voluntades y entender todo tipo de fenómeno social".

-Te he escuchado decir que el VIII Congreso de la UJC será un congreso de futuro. ¿Por qué?

-La Batalla de Ideas nos ha puesto a reflexionar sobre cómo será este país dentro de 10 ó 20 años. Cuando escuchaba a Fidel decir que dentro de diez años este país será el país más culto del mundo, o que los muchachos aprenderán tres o cuatro veces más de lo que habían aprendido, o que dentro de cinco o seis años la esperanza de vida será de 80 años, uno se da cuenta de que todo lo que estamos haciendo, en lo que estamos inmersos todos los días, y que a veces no da tiempo a mirar, tiene que ver con el futuro.

"Estamos sembrando la semilla de lo que será esta sociedad dentro de muchos años. Creo que hay cosas de impacto inmediato: lo que se está haciendo con las personas de la tercera edad, lo que se puede estar haciendo en el rescate de jóvenes de 20, 30 años. Pero lo esencial, la génesis de los programas, está encaminado hacia los niños. Cuando analizas bien, reparas en que la mayoría de esos más de 170 programas tienen como componente esencial a los niños que son los que van a hacer la vida política, económica y social de Cuba dentro de dos o tres décadas. Este país será otro, una sociedad mejor, más allá del bloqueo, las medidas, el intento de doblegarnos.

"Cuando un país dedica la esencia de su obra a los niños, está garantizando su futuro como nación. De eso se hablará en un Congreso que sin dudas será extraordinario, y en el cual se dará una cita histórica entre los protagonistas de la Batalla de Ideas y su estratega, que es Fidel".

-Te tengo una pregunta de colega: A tu modo, ¿qué significa ser buen periodista en la Cuba de hoy?

-Hacer periodismo en Cuba es bien diferente de lo que se hace en el resto del mundo. Trabajamos en condiciones excepcionales. Eso cambia la manera tradicional de hacerlo, y es algo que no veo como una limitante, sino como un impulso. Las condiciones extraordinarias nos pueden llevar a hacer cosas extraordinarias, o al acomodamiento.

"Creo que lo más importante para poder enfrentar el periodismo en estos tiempos pasa necesariamente por el conocimiento. Y lamentablemente no todos asumimos la profesión con esa voluntad martiana de querer saber desde el insecto hasta la nube. Soy de los que piensa que el periodista no puede tener compartimentos estancos. Debe saber de todo un poco. También hay que ser muy sensible, comprometido con el pueblo. Siempre debemos preguntarnos si lo que hacemos aporta algo al pueblo.

"Nuestro periodismo debe tener mucho de valentía. En las condiciones adversas en que lo hacemos, hay que crear las cosas de manera que ningún tema sea tabú, que no nos autocensuremos. Y creo que nuestro periodismo debe ser moderno, porque la Revolución no tiene nada que ver con lo arcaico, no tiene nada que ver con lo tradicional. Por tanto, hacer periodismo en Revolución también tiene que implicar maneras nuevas.

"Hay retos difíciles, hay cosas que a veces no logramos. Lamentablemente quedan por el camino por una u otra razón. Pero creo que lo más fácil es quedarse, y lo más difícil es seguir adelante.

"El desafío es hacer un periodismo mejor, que toque los temas que interesan al pueblo, y los de la alta política, y los del conocimiento más amplio para nuestra gente. Si todo se hace con sensibilidad, con valentía, necesariamente tendremos un mejor periodismo. Creo que todavía debemos seguir aspirando a eso. Y esa aspiración es justa."

2004-06-06
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